El Correo

La memoria del tío Hans

Un grupo 'desmonta' los bloques del Muro. Afp
Un grupo 'desmonta' los bloques del Muro. Afp
  • «La construcción del Muro me sorprendió de vacaciones en Castro Urdiales. Me angustiaba la idea de no volver a ver mi familia». El profesor Hans Rücker nos ayuda a recordar el grito de libertad que recorrió Berlín con la caída de aquella frontera de alambre de espino, miedo y hormigón

A quienes la vivimos de cerca, la caída del Muro de Berlín nos llevó a compartir una increíble sensación de júbilo y de felicidad ajena. Cuarenta años de división política y territorial y casi treinta de aislamiento con una barrera física infranqueable, con traumáticas separaciones de familiares y amigos, se vinieron abajo en una sola noche de manera pacífica. La primera vez que crucé el Telón de Acero en la histórica capital de Alemania fue en verano de 1972 y solo tenía 13 años. Para alguien que está al borde de la adolescencia y abandona por primera vez su país para vivir medio año en el aislado sector occidental de la ciudad, en casa de la tía Gloria y del tío Hans Rücker, un profesor alemán de instituto, resultó una experiencia inolvidable. En las casi dos décadas siguientes fueron numerosas las veces que pasé al otro lado, la última pocas semanas antes de aquel jueves 9 de noviembre de 1989. Dentro de la política de transparencia de Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética, invitaron a un reducido grupo de periodistas occidentales a visitar por primera vez la hasta entonces inaccesible base del Ejército Rojo en Jüterbog, al sur de Berlín: una población de 15.000 habitantes en la que también vivían 40.000 soldados soviéticos. Frente a los 100.000 militares estadounidenses, británicos y franceses emplazados en la Alemania libre, durante la Guerra Fría cerca de medio millón de reclutas soviéticos permanecían en alerta en la RDA, un país de solo 16 millones de habitantes. Todos se quedaron en sus cuarteles, a la espera de una orden que nunca llegó, durante la revolución pacífica que acabó con aquella trágica frontera de alambre de espino y hormigón.

Porque el Muro de Berlín no se cayó hace 25 años. Como bien dice el periodista germano oriental Stefan Berg, fue «arrollado» por los ciudadanos de la República Democrática, que después de meses de protestas contra un régimen comunista superado por los acontecimientos tomaron la palabra a uno de sus dirigentes y acudieron por miles a los puestos aduaneros, donde los guardias no se atrevieron a disparar. El responsable fue Günter Schabowski, portavoz del Comité Central del Partido Socialista Unificado, que aquella tarde del 9 de noviembre, en una rueda de prensa internacional, anunció la aprobación de una nueva ley que permitía a los ciudadanos germano orientales viajar libremente a todas partes, también al vetado, anhelado y rico Occidente. El papel que leyó Günter Schabowski omitía un dato fundamental. La ley establecía que la libre circulación no debía entrar en vigor hasta el día siguiente para que las autoridades fronterizas pudieran prepararse. La reacción fue inmediata. La televisión de la RDA confirmaba media hora después la noticia y la primera cadena de Alemania Occidental abría a las ocho de la tarde su principal informativo con el titular: «La RDA abre sus fronteras». Era el pistoletazo de salida.

El coronel de la Stasi

Donde antes podía correr la sangre por la bala de un vigilante se descorchó champán.

Donde antes podía correr la sangre por la bala de un vigilante se descorchó champán. / Afp

Primero fueron unos centenares de curiosos los que se acercaron a los puestos fronterizos de Bornholmerstrasse, Invalidenstrasse o Heinrich Heine Strasse, pero en poco tiempo los berlineses acudieron por miles para cruzar libremente al otro lado de su ciudad. Los guardias no pudieron aguantar la presión y poco antes de las diez de la noche dejaban salir, controlando todavía la documentación, a los primeros ciudadanos de la RDA por el checkpoint de Bornholmerstrasse. Treinta minutos antes de la medianoche, cuando solo en ese puesto fronterizo se acumulaban más de 20.000 ciudadanos ansiosos de recuperar la libertad, abrieron las barreras de par en par. Después sucedía lo mismo en los otros seis controles de Berlín por orden del coro nel de la Stasi, la policía política, responsable de la seguridad esa noche. Y así llegó la explosión de júbilo. Donde antes podía correr la sangre por la bala de un vigilante se descorchó champán, hubo cohetes en vez de disparos y abrazos en vez de detenciones. Todo en directo. Las escenas de felicidad, la gente bailando, las carreras de un lado para otro, los modestos Trabis cruzando a bocinazos la frontera y las caras de resignación de los guardias dieron la vuelta al mundo.

Decenas de miles de alemanes orientales cruzaron por primera vez el Muro esa noche y los días siguientes dejando atrás una sociedad en la que estaba prohibido viajar fuera de los países del Pacto de Varsovia, y a ellos con restricciones. Venían de un mundo donde rarísima vez podían comprar alimentos como plátanos o naranjas, las colas en los comercios eran interminables y donde para conseguir un Trabant -el Trabis de dos tiempos y 90 km/h de velocidad máxima- había que aguantar diez años de lista de espera o pagar cifras astronómicas en el mercado de segunda mano.

Esa noche fue una fiesta: los berlineses recibieron con los brazos abiertos a sus hermanos de la RDA. Los bares no cerraron y los locales cercanos al Muro repartieron cerveza gratis para brindar por el fin de la represión. La "invasión" fue ya masiva a partir del día siguiente y desbordante durante el fin de semana. Helmut Kohl, el excanciller Willy Brandt, que era alcalde de Berlín cuando se levantó el Telón de Acero, y las principales autoridades de Alemania Occidental celebraron ante el Reichstag, el histórico parlamento germano, el fin de la división.

«Fue la noche más feliz de mi vida. La más emotiva. Estaba en casa viendo los acontecimientos por televisión y no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo», recuerda mi tío Hans, profesor jubilado de Bellas Artes, al que el Muro le partió la familia. En la sala de su casa, en el barrio berlinés de Wannsee, en el antiguo sector estadounidense de la ciudad, regresa a 1989. Aquella revuelta pacífica le pilló por sorpresa, como al entonces canciller federal, Helmut Kohl, que ese día se encontraba de visita oficial en Varsovia (Polonia), y a la práctica totalidad de los alemanes. Hans Rücker había vivido durante los 28 años que existió la valla a muy pocos kilómetros de su hermano Eberhard, que residía en la vecina Potsdam, pero separados por esa barrera de hormigón levantada el 13 de agosto de 1961 como «muro de contención antifascista», que en realidad solo eran los límites de la cárcel en la que vivían los habitantes de la RDA.

El Muro, que convertía al sector occidental de Berlín en un enclave aislado, rodeado por los cuatro costados por la República Democrática Alemana, era una barrera infranqueable de 156,4 kilómetros con 302 torretas de vigilancia, una franja de seguridad llena de trampas y obstáculos, perros adiestrados y 11.500 militares con la orden expresa de disparar a matar contra cualquiera que intentase cruzarlo. Fue levantado en una sola noche: la del 12 al de agosto de 1961, sin previo aviso. Y al menos 239 personas perdieron la vida en el intento de escapar, el último de ellos el ingeniero Winfried Freudenberg, que el 8 de marzo de 1989 y tras conseguir rebasar la frontera a bordo de un globo casero de gas, se estrelló cuando iba a aterrizar en el sector estadounidense. Tan infranqueables como el Muro de Berlín eran los casi 1.400 kilómetros de la frontera interalemana, donde murieron otros 271 ciudadanos.

«Su construcción me sorprendió en España. Estaba de vacaciones en Castro Urdiales, hasta donde había viajado con un Volkswagen escarabajo, y no hablaba aún español. Me lo comentaron mis amigos españoles y la noticia me produjo un gran desasosiego», relata el tío Hans. «Me preocupaba cómo volver a la parte occidental de Berlín, pero más aun mi familia. Mi madre y mi hermano vivían en la RDA y me angustiaba la idea de no volver a verles nunca más». Hans Rücker pudo regresar al sector estadounidense de la ciudad, pero tardó casi cuatro años en volver a ver a los suyos. Hasta entonces solo pudieron comunicarse por carta: «En la Navidad de 1965 me dieron el primer salvoconducto para visitar Berlín Oriental. Nos juntamos allí, ya que ellos no podían de ninguna manera visitar Berlín Occidental». La situación mejoró a principios de los años 70, cuando el entonces canciller federal, Willy Brandt, y el jefe del Estado de la RDA, Erich Honecker, iniciaron una política de acercamiento entre las dos Alemanias.

Todo fue muy rápido. La apertura de la frontera austro-húngara en verano de 1989, por la que escaparon miles de alemanes orientales, la ocupación de la embajada de la República Federal Alemana en Praga (entonces Checoslovaquia) por cientos de refugiados de la RDA a los que finalmente se les permitió salir, las crecientes protestas ciudadanas, el derrocamiento de Erich Honecker como máxima autoridad en Berlín Oriental y la pasividad soviética propiciaron la desaparición del Muro.

Memoria de la tragedia

Pasados 25 años, los diez millones de turistas que llegan cada año a la ciudad tienen dificultades para encontrar los restos del pasado en una ciudad que ha cambiado radicalmente. Quien quiera contemplar un trozo de los casi 160 kilómetros de Muro que rodeaban la capital alemana solo puede acercarse a la llamada East Side Gallery, un tramo de apenas 1.500 metros de hormigón entre los barrios de Friedrichhain y Kreuzberg, pintado por un centenar de artistas internacionales como un homenaje a la libertad. O visitar el memorial en la Bernauerstrasse, donde se conserva la franja de la muerte en su estado original. O más céntrico aun, el trozo que permanece junto al museo de la Topografía del Terror, en el mismo lugar donde estuvo la central de la Gestapo nazi. Aconsejable es también acudir al Tränenpalast, el llamado Palacio de las Lágrimas por las despedidas que se producían a sus puertas. El pabellón-aduana, junto a la estación de tren y metro de la Friedrichsstrasse, cuenta con una exposición permanente sobre el minucioso y hasta siniestro control fronterizo germano oriental y los trámites que había que superar para cruzar de un sector a otro de la ciudad. Además, en el museo del Checkpoint Charlie se pueden conocer de cerca los ingenios y trucos utilizados por los alemanes del este para huir.

También tendrán ocasión de comprar un trozo. Volker Pawlowski vende unos 100.000 trocitos de muro cada año con certificado de autenticidad. Los precios oscilan entre 2,99 y 5 euros. En 1991 adquirió 150 metros del Muro, tres toneladas de peso, que halló en un almacén. «Es posible que la gente siga comprándolos porque el Muro es parte de la historia de Berlín y a la gente le gusta tener un poco de historia en sus hogares», dice este antiguo obrero de la construcción que se ha convertido en un próspero comerciante. Como él hay varios.

Sin embargo, en lugares tan emblemáticos como la Puerta de Brandeburgo los vestigios se han convertido en una simple línea adoquinada que recorre la calle: marca el trazado del Muro a modo de orientación. El más conocido monumento de Berlín sirve como referencia para comprobar los cambios arquitectónicos que ha sufrido la capital. Mientras duró la división, la puerta con su cuadriga de caballos se encontraba rodeada de solares vacíos en mitad de la franja de la muerte que cruzaba la ciudad de norte a sur. Hoy está escoltada por nuevos edificios, como las embajadas de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia o el pomposo Hotel Adlon, levantados en los últimos 15 años.

Igual ha sucedido con la Potsdamer Platz, la plaza más transitada de Europa en los años 20 del siglo pasado, convertida después de la Segunda Guerra Mundial en un gigantesco solar baldío de más de cincuenta hectáreas. Hoy concentra los rascacielos de Berlín, donde tienen su sede las principales multinacionales, lujosos hoteles y los cines en los que se celebra la Berlinale. También está aquí la torre Kplhoff, donde el ascensor más rápido de Europa sube hasta el mirador de la última planta a 8,65 metros por segundo. Desde arriba, es difícil imaginarse que hace veinticinco años un vigilante estaría a punto de apretar su gatillo.