El Correo

Refugiados en la cara más oscura de Europa

fotogalería

Jóvenes afganos se acercan a pescar a la costa cuando el tiempo lo permite para desconectar de la realidad de Moria. / BEATRIZ CAMPUZANO

  • Tras la firma del pacto UE-Turquía, cerca de siete mil refugiados y migrantes se hacinan en condiciones deplorables en una isla donde urge el asesoramiento legal y el apoyo psicológico

Cinco mil personas donde solo caben 800. Cercado con vallas de alambre y espinos. Custodiado por fuerzas militares y policiales. Es Moria, la indecencia de Europa. Su parte más inhumana, donde se vulneran los derechos humanos. No es de extrañar que la entrada a este campo de refugiados situado en la isla de Lesbos, en Grecia, esté vetada a los medios de comunicación. A nadie, a Europa tampoco, le gusta mostrar su cara más oscura. A pesar de las restricciones, este periódico ha conseguido acceder a su interior.

Es inhóspito. El suelo es rocoso, llueve y resbala. El aire mueve las lonas blancas con las que ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados) cubre las tiendas de campaña y en las que, a duras penas, los refugiados y migrantes se resguardan del frío. Estos toldos, al parecer, son la forma más efectiva que el organismo internacional ha encontrado para protegerles del invierno. Intento fallido. El termómetro marca dos grados bajo cero y los desplazados, sin embargo, caminan sorteando botellas de plástico con zapatos de verano. Sus pies se hunden en una superficie viscosa de tierra y agua, hasta terminar pigmentados de fango. Se esmeran en colocar piedras en las esquinas de las tiendas para sujetarlas, tienden la poca ropa en tenderetes provisionales y comprueban que, con la poca luz del día, sus lámparas solares se cargan para la noche. En Moria, no hay electricidad ni agua.

Son las ocho de la mañana y hace rato que muchos desplazados esperan, en un pasillo de medio metro de ancho delimitado por alambradas, su desayuno: un cruasán industrial y un vaso de té chai. Las mujeres forman una fila; los hombres, otra. La primera, despejada; la segunda, no da abasto. Avanzan poco a poco. Una joven subsahariana se cuela entre alaridos y quejas del resto, hasta que, con pasos firmes y violentos, consigue llegar al ápice de la fila. Moria no es lugar para la cortesía. Aún menos para las pocas mujeres, que cada día se ven obligadas a reivindicar su espacio en medio de tanta virilidad.

Los caminos que antes unían los habitáculos con las zonas comunes, como la guardería, los baños y las diferentes oficinas de registro oficiales, son ahora un terreno más de acampada. Las tiendas de campaña se apilan, se rozan unas con otras, sin guardar ningún tipo de orden. Moria tampoco es lugar para la intimidad. Dos carpas más espaciosas albergan a multitud de hombres solteros, cerca de doscientos en cada una, que duermen en sacos y sobre esterillas o palés a la espera de que les ofrezcan una parcela individual. Pero las tiendas de campaña han poblado hasta las inmediaciones de la zona de aseo, que desprende un olor acre, insoportable y agresivo y donde los lavabos se asemejan a abrevaderos para el ganado. Ya no hay más sitio.

Es un espacio militarizado. Custodiado por el ejército y fuerzas policiales, Moria tampoco es lugar para quien acarrea traumas por guerras, dictaduras o persecuciones. No se admiten protestas, reina la sumisión. Desde que, por diversos actos de desesperación, varios migrantes iniciaran disturbios y provocaran incendios, la única repuesta de las autoridades ha sido acallar las protestas por la vía de la coacción. ¿Cómo? Alzando más vallas, intimidando y aumentando el número de refugiados y migrantes encerrados en un módulo que sirve de cárcel dentro de Moria. «Las condiciones de vida en este campo no se pueden soportar de manera permanente y los que viven dentro no saben hasta cuándo van a estar aquí. Por eso se desquician y se rebelan», expresa Achilleas Tzemos, coordinador de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Lesbos.

Separados por verjas

Los megáfonos anuncian los nombres y apellidos de los siguientes citados para la entrevista con los servicios de migración. En Moria, todo se separa por verjas: una zona para familias con niños, otra para hombres solteros, una tercera para quienes acaban de desembarcar en la isla y la última para los que hayan desobedecido, hayan tratado de huir de este infierno o vayan a ser deportados. También las oficinas donde las autoridades atienden a los refugiados y migrantes están cercadas por vallas, desde que en diciembre del año pasado un grupo les prendiera fuego en un acto de protesta ante la lentitud de los procesos de petición de asilo. Hoy, cientos de desplazados se amotinan ante esta alambrada, exhiben su documentación y, agitados, esperan escuchar su nombre ante un militar que trata de apaciguarlos. Mientras, miran compasivos a un compañero, que sale de las oficinas esposado y escoltado por dos policías más jóvenes que él. Es probable que lo devuelvan a Turquía.

La tensión aumenta cada día en el interior de este campo de refugiados situado en una colina próxima a Mitilene, capital de la isla, y rodeado de olivos. «Es difícil dormir. Todas las noches hay peleas y robos», relata Hasid Azizi, un afgano de 25 años que intenta sobrevivir en Moria desde abril del año pasado. La semana pasada, un joven egipcio de 22 años y un sirio de 46 fallecieron en la misma tienda de campaña. Este lunes, las autoridades hallaron muerto a otro refugiado, un paquistaní de 20 años. Ni siquiera la prensa local se ha hecho eco de las verdaderas causas de los incidentes, porque el secretismo es una de las palabras que mejor define este espacio desolador. Aunque se barajan varias hipótesis, todas ellas dan crédito a la cruda realidad de Moria: muerte por hipotermia, suicidio o asfixia al intentar calentar sus tiendas con un cilindro de gas.

«En este campo hay conflictos por muchas razones. La primera, la convivencia entre personas de diferente procedencia, que por su cultura, política o religión pueden llegar a chocar. La segunda, la falta de capacidad y recursos para tanta gente, que producen ansiedad y estrés entre los refugiados», lamenta el coordinador de MSF en Lesbos. «Además, muchos enfrentamientos entre los propios desplazados se originan porque hay nacionalidades que, de alguna manera, tienen más facilidades que otras a la hora de conseguir la protección internacional, como los sirios, por ejemplo», añade Tzemos, coordinador de MSF en Lesbos.

Traumas psicológicos

Quienes desembarcan en Lesbos lo hacen con una maleta cargada de temores, que coge peso por la falta de información, la incertidumbre, las detenciones injustificadas y el estrés acumulado en esta espera sempiterna. «La forma en que la gente es recibida y asistida en sus llegadas puede inducirles serios problemas de salud mental, miedo, preocupaciones, enfado, tristeza, pesadillas, traumas y problemas de sueño. Todo esto puede hacer que revivan el pánico y condenarlos al riesgo de padecer trastornos psicológicos severos», constata el coordinador de MSF, tras haber decidido, junto al equipo de salud mental de la ONG, aumentar el apoyo psicológico a los refugiados y migrantes en la isla. «La necesidad de atención en salud mental es enorme. Las condiciones de vida en campos como el de Moria, donde la gente no se siente segura, les hace recordar lo que vivieron en sus países, muchos en guerra», afirma y añade que «la ansiedad y la depresión son los principales trastornos, ya que hay gente que llegó en abril del año pasado y todavía no se les ha informado sobre qué pasará con ellos».

A pesar de que en Moria, donde hasta la fecha se han dado varios intentos de suicidio, no se atiendan casos relacionados con la salud mental, los otros dos campos de la isla, Pikpa y Kara Tepe, tratan de ofrecer apoyo a personas vulnerables. El día a día en estos dos campos, gestionados respectivamente por voluntarios locales y el ayuntamiento de Mitilene, dista mucho del de Moria, a cargo del gobierno griego. Son pocos, en cambio, los que obtienen el estatus de vulnerabilidad que les permite vivir en este ambiente más ameno, donde en casetas de madera los refugiados pueden cocinarse su propia comida, los niños ir a la escuela y, en definitiva, vivir en una especie de normalidad. Pikpa y Kara Tepe se han convertido en comunidades de vecinos, donde las familias cooperan, se ofrecen apoyo y comparten proyectos futuros.

«La vida en Moria es muy diferente a la de Pikpa, no hay comparación». Yohannes Zerazion ya ha vivido un verano, un otoño y un invierno en Lesbos. Desde que pisó la isla el pasado junio, ha tenido tiempo para acostumbrarse a los cambios bruscos de temperatura. «En Eritrea hace calor todo el año. Aquí, el verano es sofocante y el invierno helador», comenta mientras se lía un cigarrillo. A su llegada, pasó varios meses en el campo de Moria hasta que, por problemas de espalda, consiguió el traslado a Pikpa. «En Moria no se puede vivir», repite entre calada y calada, aunque asegura que «es mejor» que vivir en Eritrea: «Lo peor que le ha pasado a África es la colonización. Nos separaron por países a su antojo, nos llevaron a la ruina y después no se encargaron de reconstruir la paz».

Johannes Zerazion es conocido entre los refugiados en Mitilene, quizá por su carisma o porque imparte clases de bisutería artesanal en el centro cultural Mosaik, un espacio abierto y participativo al que acude la gente local y las personas desplazadas para meditar, aprender inglés, árabe y griego y recibir clases de pintura, costura y manualidades. «Mosaik nos ayuda a desconectar y distraernos», cuenta Diago Tsehaye, también eritreo y que, a diferencia de su amigo, aún permanece en Moria. De fondo, en el taller, suena música reggae y Diago Tsehaye ojea su Samsung cada dos minutos, inquieto, a la espera de recibir la llamada que dé respuesta a su petición de asilo. Es la resolución que lo mantiene en vilo.

«La incertidumbre a la que se exponen los refugiados y migrantes es muy difícil de llevar. No pueden hacer planes, pierden el poder sobre su futuro», expresa el coordinador de MSF y hace hincapié en que en el contexto actual es «de máxima prioridad» centrarse en la atención de trastornos mentales. «Sin información ni asesoramiento, es difícil llevar una vida aquí», sentencia.

Asesoramiento legal

En el despacho improvisado de Lorraine Leete se suceden los golpes de realidad. Cuando llaman a su puerta y le dicen «voy camino a Alemania», respira hondo, mueve las manos con serenidad y cuenta hasta diez para buscar las palabras oportunas: «No, estás en Lesbos y lo estarás durante mucho tiempo».

«Han construido una prisión dentro de Grecia y lo han podido hacer por geografía, porque de esta isla remota no se acuerda nadie. Desde marzo, a los refugiados que desembarcan en Lesbos y otras islas del Egeo les espera un futuro difícil. Las fronteras están cerradas y esto se ha convertido en una cárcel», expresa esta abogada estadounidense de 35 años que desde septiembre coordina el equipo de Legal Center Lesbos, una fundación británica sin ánimo de lucro que ofrece apoyo legal a refugiados y migrantes en la isla. Cada día, asesora a una veintena de personas en una sala austera de cinco metros cuadrados y donde un cartel, colgado en una de sus paredes blancas, detalla los pasos a seguir para tramitar el asilo en la Unión Europea. «Necesitan información. Es imprescindible que los refugiados y migrantes conozcan la situación en la que se encuentran y sepan cuáles son sus derechos». Los consejos de Leete, que además de abogada se ha convertido en consultora personal de muchos desplazados en Lesbos, son las primeras palabras sinceras que escuchan quienes llevan meses de travesías, fraudes y espanto.

La entrada en vigor del tratado entre la Unión Europea y Turquía, el 18 de marzo del 2016, marcó un antes y un después en la gestión de fronteras europeas y el comienzo de un nuevo capítulo en el drama de los refugiados. La contención del flujo migratorio acordado con Erdogan a cambio de la desaparición del visado para los turcos que viajen a Europa, las expulsiones de demandantes de asilo desde Grecia y 6.000 millones de euros sellaron la ruta del mar Egeo. En la actualidad, poco queda de la estampa desoladora de desembarcos masivos que avergonzó a Europa hasta mediados del año pasado. Hoy, la realidad en Lesbos es otra: aprisionamiento, desesperanza y vulneración de los derechos humanos. «Es difícil saber cuántos refugiados y migrantes hay en la isla porque buscan cualquier vía para escapar de aquí», señala Lorraine Leete, que con resignación tilda el acuerdo de «intencional e ilegal». A pesar de las trabas, ACNUR estima que en la isla se aglomeran cerca de siete mil desplazados.

Con el apodado 'Pacto de la Vergüenza', que recibió numerosas críticas por parte de organizaciones humanitarias y la propia ONU, Europa cerró el 2016 con unas cifras que ruborizaron a los estados miembro: cerca de 360.000 refugiados y migrantes pusieron en riesgo sus vidas tratando de llegar al continente y el Mediterráneo fue escenario de 5.022 muertes, un 25% más que en 2015. En esta línea y en lo que va de año, los números siguen demostrando que quien huye de la guerra y del hambre no va a parar. Solo en el mes de enero, 3.899 personas han llegado por mar a Europa. 247 han fallecido en el intento. El Mediterráneo es un cementerio de lápidas sin nombre.

«Ahora, con la nueva legislación, quien llega a la isla, tiene que pasar por el campo de refugiados de Moria, identificarse y esperar tres o cuatro días hasta obtener un documento que ACNUR denomina 'registro simple'», puntualiza Leete. Durante el trámite de este primer título, los refugiados y migrantes permanecen encerrados en el interior del campo, bajo vigilancia permanente. Presos sin motivo, aguardan la autorización que les concederá el primer pellizco de libertad: pasear por Mitilene, capital de la isla. «Este certificado les da licencia para salir del campo de Moria pero no les otorga los derechos que les corresponden a los solicitantes de asilo. Ni el derecho al trabajo, ni a la vivienda, ni a casarse, por ejemplo. Tienen prohibido hacer todo lo que les permite una vida digna, y eso es lo que mantiene a la gente atrapada», denuncia la abogada, a quien se afianzan centenares de refugiados en Lesbos, y añade en tono contundente: «Este 'registro simple' los mantiene detenidos en la isla».

A la espera del salto a Atenas

Aunque nadie les advierta de que la mayor virtud en Lesbos es la paciencia, los refugiados y migrantes, siempre a la espera, se ven forzados a cultivarla. «Europa estipula que debe pasar un máximo de diez días hasta la emisión del llamado 'registro completo', un segundo documento que otorga los derechos que les corresponden a los solicitantes de asilo - incluyendo el derecho en unirse con familiares cercanos en paises europeos y en ciertos casos el salto a Atenas. Pero no pasan diez días, sino diez meses», denuncia la asesora legal, quien cada semana ve crecer la pila de casos sobre su humilde escritorio.

En los tres campos que se han habilitado en la isla y en antiguos edificios abandonados, multitud de refugiados y migrantes esperan meses a que las autoridades competentes -la Oficina Europea de Apoyo al Asilo, EASO, y el Servicio de Asilo Griego- les citen para la entrevista que determinará su futuro: reanudar el camino hacia la Europa continental o ser deportados a Turquía. La lentitud con la que se llevan a cabo los procesos de petición de asilo y el incumplimiento de las cuotas de reparto de refugiados pactadas por los gobernantes europeos conllevan el hacinamiento de miles de refugiados y migrantes en el país heleno. No pueden seguir adelante ni regresar. Están atrapados, y las cifras así lo avalan: de las 360.000 llegadas en 2016, Europa solo ha reubicado a 9.709 personas, 609 en España, según datos de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, CEAR. Además, Bruselas sostuvo en diciembre que volvería a acatar el Reglamento Dublín III, anulado en verano de 2015 y en virtud del cual los refugiados deben pedir asilo en su país de llegada a la Unión Europea. Volver a cumplir este tratado, piedra angular del sistema de asilo común, supondría el reenvío de miles de refugiados a Grecia, que tendría que gestionar las llegadas en un contexto de crispación política y social tras cinco años de crisis, una recesión, un paro del 25% y los tres rescates que han recortado sueldos y pensiones.

Deportados por nacionalidad

«7 de agosto de 2015». Sohel Minah recuerda al detalle la fecha en la que huyó de su país: Bangladés. También, con nostalgia y crudeza, la despedida de su mujer y su hija, de 5 años. Su historia solo es una más. Una de las tantas que pueden ser resumidas en persecución política, destierro y añoranza. «Soy ingeniero físico», se presenta con orgullo en el centro al que acude a recibir clases de inglés en Mitilene y saca de su cartera de cuero el carné de la empresa para la que ha trabajado durante años. Suspira. Se levanta del pupitre, que ocupa desde que llegó a Lesbos hace ocho meses, y señala en un atlas del aula el país donde desde joven, bajo las directrices de su padre, militó como líder local de la Liga Awami, actualmente en el gobierno. «La situación política de mi país y los problemas internos de mi partido me han obligado a escapar», explica. Hoy, ha trasladado su lucha política a la isla, donde dirige la comunidad de 250 bangladesíes que se confinan en Moria. Sohel Minah tiene un mensaje para Europa: «Debe ser un lugar seguro y brindar ayuda a las personas como yo. Si no estuviéramos en riesgo, no vendríamos aquí». Su dedo recorre en el mapa la distancia que transitó por avión, a pie, en patera y por 5.300 euros. De Bangladés a Irán, de Azerbayán a Turquía, hasta llegar a Lesbos, donde aún no ha tenido la opción de justificar su solicitud de protección internacional y probablemente no la tenga en un futuro próximo.

Refugiados y migrantes procedentes de Marruecos, Nepal, Pakistán y Argelia, entre las más de cuarenta nacionalidades que se han registrado en la isla, se suman a los de Bangladés en esta espera interminable que posiblemente acabará en deportación. «Los casos tienen que revisarse uno a uno y no por país de origen. Europa está ejerciendo una discriminación por nacionalidad y eso es ilegal», denuncia la abogada en referencia a casos como el de Sohel Miah.

«Cuando las autoridades entrevistan a personas procedentes de estos países, las detienen de forma acelerada. Sin tener pruebas reales de si representan alguna amenaza o sin comprobar su historial, solo por su nacionalidad, los detienen para deportarlos a Turquía», precisa Lorraine Leete. Bruselas, por su parte, excusa estas expatriaciones bajo el argumento de que Turquía es un país seguro, pero obvia que Ankara «solo da refugio a europeos y una protección temporal a los sirios». En medio de esta controversia, los refugiados y migrantes de las islas griegas son los únicos que pueden impugnar el argumento de la UE: «No, Turquía no es un país seguro para nosotros. Allí, nos vemos condenados a vivir en la calle y a muchos hasta los encarcelan», testifica Minah, mientras se acerca a su mesa y se vuelve a sentar. «Yo respeto la ley y a la Unión Europea. Pero necesito estar a salvo y que se cumplan mis derechos y en Moria esto es imposible. No hay capacidad para tantas personas», declara el bangladesí, que cada viernes se reúne con líderes de otras comunidades presentes en el campo para reclamar conjuntamente el cumplimiento de los derechos humanos. «¿Hasta cuándo estaremos así?», se cuestiona Minah.

Esta pregunta, que en los últimos meses se repite como un mantra entre los desplazados, el coordinador de MSF, la abogada de Lesbos Legal Support y los cientos de cooperantes que trabajan en la isla, aún no tiene respuesta. Europa se escandaliza pero no actúa, hace tambalear sus principios y desatiende las continuas denuncias por vulneración de derechos humanos en su propio territorio. Un territorio en el que crece la xenofobia y los movimientos de extrema derecha y donde, sin embargo, se desconoce que el 89% de los desplazados de Siria, Iraq, Afganistán, Eritrea y Nigeria se queda en sus países vecinos, como Jordania y Líbano. La mayoría no llega a Europa.

Lo que sucede hoy sobre el suelo de Lesbos es alarmante, pero tan solo representa una parte diminuta del drama de los refugiados en el mundo. 2016 ha batido un nuevo record: 65 millones de refugiados en todo el planeta. Cada minuto, 24 personas huyen de sus hogares, unas 34.000 personas al día, según el informe anual de ACNUR, 'Tendencias Globales', que desglosa las claves de desplazamiento forzado a nivel mundial. De forma paralela, y como poco paradójica, 2016 también ha sido el año en el que más fronteras se han cerrado, según el mismo organismo.

Ante estas cifras que sonrojan al mundo, ahora cabe preguntarse si es mejor atajar las guerras e injusticias desde el origen y evitarlas, o enredarse en pactos y tratados que a duras penas pueden reparar sus graves consecuencias.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate