Intemperie

Más de doscientas personas duermen cada noche en la calle

Intemperie
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

No es fácil saber cuánta gente duerme cada noche a la intemperie en una ciudad como Bilbao. Si lo piensan, muchas de esas personas son invisibles para nosotros incluso a plena luz del día. Aun así, hay quien trabaja a pie de calle con ellos y conoce bien ese reverso olvidado de la sociedad. El pasado enero se estimaba que había alrededor de 90 personas pasando las noches al raso en Bilbao.

Hace dos meses, en el pleno municipal de octubre, Udalberri presentó una propuesta para garantizar el acceso al empadronamiento de las personas en exclusión residencial y Amaia Arenal, su portavoz, cifró en «más de cien» los individuos que dormían cada noche en las calles de la ciudad. El concejal del área de Acción Social, Íñigo Pombo, no le corrigió entonces el dato, así que también podría servirnos de orientación.

Que esa cifra se haya duplicado en poco tiempo debería servirnos de alerta. El último recuento realizado por voluntarios y educadores eleva a más de 200 el número de personas que duermen ahora mismo en calles, cajeros, portales de Bilbao. Puede que el dato no sea exacto -hay al fin y al cabo algo muy paradójico en afinar al máximo el padrón de excluidos-, pero un incremento semejante no puede obedecer a un mero error de cálculo.

Sobre todo, si sabemos que los comedores sociales también están enfrentándose a un repentino aumento de usuarios. Hasta el punto de que están limitando a dos las tres comidas diarias que solían ofrecer. Es muchísimo mejor que nada, pero también es la demostración de que lo de las tres comidas calientes puede ser uno de esos mínimos que resultan indispensables solo en el plano teórico.

No sabemos si el aumento de gente durmiendo en la calle tiene que ver con situaciones coyunturales, quizá con esos flujos migratorios organizados de los que estamos oyendo hablar estos días, o si es sin más un enorme repunte de la pobreza en la ciudad. Lo que sí parece claro es que no es buena idea que se duplique el número de gente que no tiene otra que acostarse sobre el asfalto justo cuando más frío hace. Los albergues de la ciudad están casi llenos. El Ayuntamiento asegura que se hace lo que se puede y que al menos nadie está pasando hambre. El panorama general no resulta tranquilizador.

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