Inflamable

El centro de menores de Amorebieta vuelve a arder

Inflamable
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Uno de los problemas que tenemos con los centros de menores tutelados es que no son inflamables solo en el plano metafórico. Arden allí los colchones con frecuencia. A veces hay suerte y llega pronto un extintor. A veces la cosa se complica y tienen que ocuparse los bomberos. Es la clase de ruleta rusa en llamas que cualquier día acaba mal.

Ayer el centro de menores de Amorebieta sufrió un nuevo incendio que afectó seriamente a su planta superior. Hace un mes hubo que desalojarlo por otro fuego provocado. Quizá los bomberos se planteen dejar un retén fijo en Amorebieta, para no andar haciendo tanto viaje. Como si se tratase de una especie de maldición fundacional, el centro de Amorebieta sufrió su primer incendio en 2006, un mes después de que comenzase a funcionar.

Vaya por delante una obviedad: cuando arde un inmueble, el principal peligro es que sus ocupantes mueran. Sucede cuando lo que arde es un centro de menores inmigrantes y cuando lo que arde es un convento de monjas contemplativas. Quien, habiendo menores de por medio, necesite más argumentos en lo tocante a la responsabilidad moral, puede pensar en la posibilidad escasamente edificante de que se vea rodeado por las llamas un chico que no haya tenido nada que ver con el origen de un incendio.

A partir de ahí, no se entiende la política de silencio que la Administración adopta en lo tocante a estos centros, que terminan siendo algo así como el último fuerte del sistema. Resisten las oleadas provocadas por las mafias, la escasa solidaridad de otros territorios y el temor político a que los votantes se reorganicen en hordas enfurecidas, pero no en dirección al castillo del monstruo, sino al colegio electoral.

No hay duda de que todo asunto que implique a menores requiere de una cierta discreción, pero deberíamos saber cuánta gente hay en esos centros, con qué recursos se cuenta para atenderles, en qué condiciones trabajan los monitores y cuál es la eficacia general del sistema de acogida. En el mejor de los casos, esta clase de opacidad implica condescendencia. Y puede llegar a ser muy contraproducente, ya que oculta también los casos de éxito, que los habrá. Funcionarían como un extintor cuando el fuego prende y cuesta mirar hacia otro lado.

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