Hijos violentos

Más de cien menores reciben tratamiento tras agredir a sus padres

Hijos violentos
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

El quinto mandamiento establece la obligación de honrar a tu padre y a tu madre. Quizá hoy hubiese que añadirle uno de esos asteriscos aclaratorios: «Intenta al menos no insultarlos y golpearlos, que son tus padres, pedazo de animal». La especificación no sobra. Más de cien menores vizcaínos fueron atendidos el año pasado en un centro de la Diputación especializado en violencia filio-parental. Impresiona pensar cuántos casos similares no saldrán a la luz por vergüenza y sensación de fracaso. Advierten los responsables del centro foral que no hay que imaginar entornos desestructurados y biografías dramáticas. Más bien lo contrario: familias de clase media, padres formados, adolescentes que han crecido con sus necesidades materiales y afectivas cubiertas.

En esas casas del todo normales hay hijos que cometen el acto seriamente antinatural de insultar o levantarle la mano a sus padres. Es uno de los mandamientos cuyo incumplimiento no necesita de la existencia de Dios para ser pecado. ¿Cómo puede suceder? Los expertos hablan de jóvenes con problemas para administrar la frustración y de padres a los que el sentimiento de culpa y el rechazo de los modelos autoritarios les ha llevado a la sobreprotección.

Los expertos llevan sin duda razón. Piensen que tampoco se hace uno experto así como así. Pero al mismo tiempo habrá entre nosotros toneladas de adolescentes flojos de carácter que tienen padres escasamente estrictos y no transforman la cocina en un ring cuando descubren que para comer hay acelgas.

Los hijos siempre han chocado con los padres. Es algo intrínseco a la formación: discutir, desobedecer, dejar de hablar, tatuarte, decirle a tu madre que en lugar de una carrera vas a estudiar danza del vientre, preguntarle a tu padre si te puede plastificar en Sabin Etxea el carné de la CNT... El tiempo lo transformará todo en anécdotas para las sobremesas felices.

Lo terrible es que sean los puños de los hijos los que chocan contra los padres. Parece que ocurre más que nunca. Las familias que buscan ayuda hacen lo correcto. Porque el tiempo por sí solo no transformará eso en nada bueno. Pienso en el dolor de los padres. Pero más aún en los hijos creciendo y aprendiendo por las malas una lección muy seria: la peor acepción de imperdonable se refiere a aquello que tú no podrás perdonarte.

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