El Correo

Adiós a Manolita Chen, la reina del Teatro Chino

Manolita Chen.
Manolita Chen.
  • Solo siete personas han asistido al funeral de la vedete, que se casó con un lanzador de cuchillos y encarnó la picardía de una época

En la España del franquismo, el nombre de Manolita Chen representaba el pecado, la picardía, el reverso carnal y atrevido de una sociedad condenada a la represión. Manolita era la reina del Teatro Chino, con su prometedor lema de «piernas, mujeres y cómicos», y en general de todas aquellas carpas ambulantes que hacían llegar el erotismo hasta el último rincón de un país pacato y anticuado. La vedete murió el domingo a los 89 años en la residencia de ancianos donde residía, en la localidad sevillana de Espartinas, y su despedida ha servido para certificar el olvido al que estuvo condenada en las últimas décadas: solo siete familiares y amigos han asistido al funeral, con el insulto añadido de que algunos medios han confundido su biografía con la de un transexual gaditano que le usurpó el nombre para explotar su fama.

En su partida de nacimiento figuraba como Manuela Fernández Pérez, del barrio madrileño de Puente de Vallecas, pero lo de Chen no era un exótico vuelo de la imaginación sino su apellido de casada: de adolescente entró a trabajar como bailarina en el célebre Teatro-Circo Price y se enamoró de Chen Tse-Ping, conocido castizamente como Chepín, un lanzador de cuchillos y malabarista chino del que se rumoreaba –en falso– que había matado a su primera mujer en una tarde de mala puntería. «Cuando yo vi a ese hombre con ese cuerpo bailando los doce platillos y haciendo juegos orientales, me volví loca. Me encantaba cómo me besaba», recordaba Manolita en el libro ‘El teatro chino de Manolita Chen’, un detallado repaso a su trayectoria a cargo del profesor granadino Juan José Montijano Ruiz.

La llamativa pareja se casó en 1944: él tenía 41 años y ella, 17. La jovencísima bailarina se metamorfoseó en Manolita Chen y se incorporó a la troupe Chekiang, uno de esos nombres fabulosos que convertían los programas de espectáculos de la época en nutritivo alimento para la fantasía. De ahí surgió en 1950 el Teatro Chino, el gran proyecto empresarial de Chepín, en el que Manolita abandonó las tareas secundarias –como colocarse ante los cuchillos de su marido, un cometido que la aterraba– y ascendió primero a vedete y luego a mito. «Manolita era la locura», resume en el libro Fernando Esteso, uno de los incontables artistas que trabajaron en el espectáculo, como Marifé de Triana, Andrés Pajares, El Fary, Bigote Arrocet o Arévalo. «Era un mito que provocaba un auténtico paroxismo. Tenían que dar hasta ocho funciones diarias», ha destacado el biógrafo Montijano Ruiz, uno de los presentes en el último adiós a la diva.

Chotis sexuales

Manolita se reveló como una maestra del juego voluptuoso, que cargaba de tensión sexual sus chotis y sus pasodobles. En general, el Teatro Chino destacó por el atrevimiento a la hora de explotar el erotismo, lo que hizo de su propietario un pionero del destape. Entre sus admiradores se contaba el cómico inglés Benny Hill, uno de los grandes expertos mundiales en el negocio de destapar piel femenina, que en alguna ocasión describió el Teatro Chino como «un espectáculo maravilloso». Pese a la vigilancia atosigante de los censores, Chepín se las arreglaba para colar números tan osados como un ‘striptease’ de evidentes resonancias lésbicas.

Curiosamente, la desaparición de la censura marcó de algún modo el declive de aquellos espectáculos, que en el caso de Manolita Chen tuvo un componente casi inconcebible: en los 80, la competencia empezó a anunciar al travesti Manuel Saborido como Manolita Chen, hasta crear una confusión que nunca, ni siquiera ahora, ha llegado a disiparse del todo. El Teatro Chino se desmanteló en 1986, Chepín murió en 1997 y Manolita Chen ha pasado estos últimos años en la residencia de Espartinas, alejada del deslumbrante frenesí que caracterizó la mayor parte de su vida.

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