El Correo

Machu Picchu, de puño y letra de Antonio Banderas

Antonio Banderas posa junto a su hija Stella.
Antonio Banderas posa junto a su hija Stella. / Cosas.pe
  • El actor malagueño dejó plasmado en este relato que hizo llegar a la revista Cosas de Perú sus vacaciones con su hija Stella

Hace tan solo unos meses tuve la suerte y el privilegio de visitar el Perú por primera vez. Fue una visita profesional, pues estaba enmarcada dentro de las actividades promocionales de la empresa española de perfumería Puig, con la que vengo colaborando desde hace dieciocho años.

Fueron muchas las personas que, enamoradas de su país, despertaban en mí el impulso de acercarme más, para conocer en primera persona los detalles y las complejidades de un Perú multicolor, energético, lleno de una fuerza interna y toda la belleza que esta tierra ofrece.

De entre todas esas personas, fue una la que más me animó a tomar la decisión de adentrarme de una forma clara en el alma de Perú: Armando Andrade. El entusiasmo y la pasión con que me describió las bondades de su querida tierra terminó por despertar en mí el interés necesario para preparar una visita, que al día de hoy, que transcribo estas palabras desde mi ordenador luego de regresar, puedo asegurar que ha sido una de las experiencias más potentes y mágicas de mi existencia.

También me hizo entender que el lugar que debía visitar era Machu Picchu, la enigmática ciudad de pasado inca, y la forma de hacerlo era caminando desde el Cusco, otro de los históricos enclaves de esta civilización perdida en la noche de los tiempos.

Cuando tomé la decisión, le pedí ayuda para realizar este viaje de la forma más discreta posible, ya que no iría solo. Mi hija Stella formaría parte de la expedición, y quería vivir la experiencia intensamente con ella, pues le debo tiempo que no hemos podido pasar juntos por las salidas profesionales que debo hacer con frecuencia.

El viaje comenzó el día 15 de julio en la ciudad de Nueva York. Yo venía de Europa, y mi hija de Los Ángeles. Nos reunimos allí y volamos a Cusco al día siguiente. El ambiente que encontramos era de una actividad frenética. Turistas de todo el mundo cruzaban las calles que, por su carácter colonial, me recordaban las formas y los estilos de mi tierra española.

No relataré nuestro viaje a través del Camino Inca con el detalle de lo cotidiano. Pero sí diré que los cuatro días y tres noches que pasamos en la ruta hacia Machu Picchu se convirtieron, casi de inmediato, en una experiencia que combinó lo físico con lo espiritual, lo terrenal con lo telúrico, lo individual con lo colectivo.

No sé si los días se fueron comprimiendo o expandiendo. La percepción que tengo es ahora difusa en cuanto al tiempo transcurrido. Pero estos días fueron impregnándonos, como las gotas de lluvia que golpeaban nuestras tiendas cada noche hasta que, de repente, como si despertásemos de un sueño, nos encontramos frente a una escalera final que habría de conducirnos hacia la famosa Puerta del Sol, donde todo termina o comienza, una especie de prueba final, un guiño inca.

Pero al final de la escalera observamos un brillo conocido por mí: la lente de una cámara de video que nos apuntaba directamente. En este caso, una amenaza que podría interrumpir la pureza que buscábamos y que creíamos haber ganado.

Yo podía superarlo, pues forma parte de mi trabajo, de mi vida. Pero no quería que nadie le robase la intimidad al observar la ciudad que estuvo oculta por siglos a mi hija Stella. Así que rogué, supliqué, creo recordar que también grité que, por favor, nos regalasen ese momento. Solo ese momento. Debió de ser tan contundente mi petición que el individuo que manejaba la cámara accedió a dejarnos vivir ese instante de forma privada. Siempre se lo agradeceré.

Cuando subimos las escaleras y atravesamos la Puerta del Sol, iba tan atento a que no nos contaminara el momento, que no percibí dónde nos hallábamos. Pero, cuando me volví a mirar a mi hija, vi que dos lágrimas le rodaban por sus mejillas. Tenía la vista perdida en algo a mis espaldas. Poco a poco me giré y allí estaba. Como las aristas del tallado de una esmeralda, con una geometría irreal pero perfecta: Machu Picchu, el final de nuestro viaje.

También compartí lágrimas de emoción con mi Stella, mi compañera de viaje, quien siempre recordará que la primera vez que se asomó a este balcón peruano –por donde se ve parte del mundo y los sueños de su gente– lo hizo de la mano de su padre.

Machu Picchu, la ciudad inacabada, como los seres humanos a los que solo puede acabar Dios, cualquiera sea la idea de Él que uno tenga. Sí, por aquí han pasado Dios o los dioses, de eso estoy seguro.