La escultura

Se proyecto poner un busto de Fandiño en Vista Alegre

La escultura
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Que Bilbao no es una ciudad exactamente ajena a lo taurino también se demuestra por la antigüedad de sus clubes de aficionados. El Cocherito se fundó en 1910 y es uno de los más antiguos del mundo. El Taurino nació en 1928 y celebra este año su noventa aniversario. Ambas entidades -privadas, transversales y entusiásticas: ¡puro asociacionismo!- organizan durante el año un montón de conferencias, viajes y tertulias en torno a la afición que comparten sus miembros. Quien se sienta interesado por el mundo de los toros encontrará sus puertas abiertas. Al mismo tiempo, si usted lo que siente es aversión o indiferencia hacia las corridas de toros puede estar tranquilo: no es probable que un día cientos de socios del Cocherito y el Taurino le rodeen con pancartas por la calle para amedrentarle y gritárselo cerca de la cara: «¡Aficiónese!».

Ahora sabemos que el Cocherito, el Taurino y el resto de clubes de Bizkaia apoyan la iniciativa de la Junta Administrativa de Vista Alegre y la casa Chopera destinada a que Iván Fandiño, el torero de Orduña que murió en junio en el coso de Aire-sur-l’Adour, cuente con una escultura junto a la plaza de Bilbao.

Es la clase de noticia que a uno solo debería preocuparle en lo tocante a la inspiración del escultor. Quiero decir que no suena inexplicable que se coloque el busto de un torero delante de una plaza de toros. Sin embargo, lo primero que uno piensa al conocer que el homenaje a Fandiño va para adelante es cuánto durará ese busto sin ser pintado, dinamitado o arrojado a la ría, ejercicio inteligentísimo que tampoco sería la primera vez que se ve por estos lares.

Ojalá me equivoque, pero no creo. Se multiplican en nuestra sociedad quienes lo entienden todo como una provocación: narcisistas penitenciales atrapados en el espejismo de que su dignidad tiene que ver con el tamaño de su indignación. Las ciudades deberían ser lugares en los que los diferentes conviven, a veces tolerándose y más veces aún, las mejores, ignorándose.

Pero qué va. En Madrid, llegada la hora de sabotear el exterior de Las Ventas, se cubre de pintura incluso una estatua dedicada a Alexander Fleming, que no fue un banderillero escocés sino el descubridor de la penicilina. Las brigadas puritanas no deben de perdonarle al doctor esa manera suya de inmiscuirse en la vida privada de las enzimas.

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