El Correo

Dos empresas vascas que tienen empleo, pero no encuentran trabajadores

De izquierda a derecha, Luis Cañada, José María Candina, Begoña Etxebarria y Óscar Álvarez.
De izquierda a derecha, Luis Cañada, José María Candina, Begoña Etxebarria y Óscar Álvarez. / F. GÓMEZ
  • Responsables de Candina y Asaken revelan sus dificultades para hallar la mano de obra que necesitan

Es un aparente contrasentido pero así es la realidad. La existencia de una elevada tasa de paro -el 14,5% en el País Vasco, de acuerdo con los datos del Eustat- puede convivir perfectamente con empresas que no consiguen satisfacer sus necesidades laborales. Esto es, ofrecen puestos de trabajo y no consiguen candidatos para ellos. En unos casos porque la tarea resulta poco atractiva y en otros porque requiere alguna especialización, por mínima que sea, que el sistema de formación del País Vasco no ofrece y que sólo se puede obtener lejos y con un coste elevado.

Este es el caso de dos empresas vascas con actividades muy diferentes pero que tienen ese común denominador: ofrecen empleo y apenas consiguen respuesta. Ambas han recurrido a la Fundación Novia Salcedo, una entidad volcada precisamente en facilitar la incorporación de jóvenes al mercado laboral, pero siguen chocando con la cruda realidad. Algo, no funciona.

Una de las empresas, Biscay Ship Management, del grupo Candina, se dedica a proveer de tripulaciones a compañías marítimas de medio mundo. Tanto para la marina mercante como cruceros y barcos de apoyo logístico a plataformas marinas. De forma permanente hay unas 1.200 personas embarcadas y trabajando que han sido seleccionadas por esta compañía. Cada año, esta firma del grupo Candina realiza en torno a 4.800 contratos. Y aquí llega el problema: apenas el 5% proceden del País Vasco, pese a que la firma que gestiona los contratos tiene su sede en el centro de Bilbao.

Unos cuantos ‘colgados’

La segunda empresa que se encuentra con este mismo ‘handicap’ es una cooperativa curiosa, Asaken. fue fundada por un grupo de jóvenes que tenía la montaña y alpinismo su punto de conexión. Una afición que la convirtieron en trabajo, inicialmente para colgarse de cuerdas y limpiar fachadas, pero que ahora les ha llevado a asumir trabajos de mayor enjundia. Montar una parte de la estructura de la cubierta del Nuevo San Mamés, por ejemplo; revisar las palas de aerogeneradores en tierra o en alta mar también o, para ponerle un marchamo internacional a sus actividades, revisar las compuertas del canal de Panamá. Óscar Álvarez, ingeniero, director y uno de los fundadores de la firma admite que han tenido que retirarse «de un buen número de concursos convocados por empresas para trabajos como el nuestro porque no íbamos a ser capaces de atenderlo». Hoy son 70 empleados pero, admite, «si tuviésemos gente a la que poder contratar a medio plazo, con la formación adecuada, podemos llegar a dar trabajo a unas 500 personas».

Y, asegura Álvarez, el trabajo vertical ha comenzado a ganar terreno en muchas tareas «porque resulta mucho más competitivo que un sistema tradicional. Un ejemplo es la modificación de la cubierta de San Mamés que se va a realizar. Casi con toda seguridad habrá que utilizar esta técnica porque es muy difícil colocar grandes grúas sobre el campo de fútbol. Todo el sistema de drenaje quedaría destrozado».

Su problemática está claramente diferenciada. En el caso de Asaken, cualquiera no puede colgarse de una cuerda, a decenas de metros de altura del suelo, para realizar además una tarea muchas veces compleja. En el caso de los empleos en el mar, en contra de lo que pueda parecer, la barrera de entrada no es la titulación, ya que junto a capitales y oficiales «hay mucho empleo de cocinero, electricistas, camareros e incluso croupieres para cruceros -asegura José María Candina, consejero delegado de Biscay Ship- que no atraen a la gente aquí o simplemente que nos encontramos con carencias importantes. Para trabajar en una tripulación de un buque es imprescindible hablar inglés y aquí, de eso.... no andamos bien».

La competencia real

«También hay que reconocer que la Renta de Garantía de Ingresos -apunta de forma contundente José María Candina- es nuestro principal competidor. Aceptar 1.300 euros netos y libres de impuestos como cocinero en un barco quizá pueda parecer poco para un joven, pero si lo asume como una forma de aprender, coger experiencia para luego escalar en su desarrollo profesional entonces no es una cantidad tan despreciable. Y ese desarrollo profesional lo puede tener en el mar pero también en tierra. Es mucho mejor que aceptar una ayuda pública por no trabajar».

La formación es el punto débil que encuentra Asaken y ello pese a que el País Vasco ha sido tradicionalmente una zona estrechamente ligada a la montaña y donde el alpinismo siempre ha tenido muchos adeptos. «Nosotros -apunta Óscar Álvarez- hemos conseguido montar un centro de formación para la acreditación Irata», que es la que permite realizar trabajos verticales colgados de cuerdas. Un centro que utiliza las instalaciones del Museo Marítimo de Bilbao como base de operaciones, «pero eso no es suficiente», reconoce. Para realizar trabajos en plataformas marinas «se necesita la acreditación Bosiet, que es una formación de seguridad para viajar en helicóptero y para trabajar en aerogeneradores en alta mar, por ejemplo, se exige otra que se denomina Seasurvival». Y nada de esto se puede realizar en España, apunta el director de Asaken, lo que obliga a realizar los cursos en Holanda, con un coste extraordinariamente elevado.

Si existe la posibilidad de conectar las dos caras de la moneda -jóvenes vascos en paro y empresas que ofrecen empleo-, ¿por qué falla la formación? «De un lado -opinan Luis Cañada Vicinay y Begoña Etxebarria, presidente y directora de la Fundación Novia Salcedo- nos hemos encontrado con un gran desinterés en la Administración. Muchas veces hemos tratado de trasladarles la realidad de un mercado, el de las empresas, que demandan trabajadores que no encuentran aquí la formación que necesitan. Con toda seguridad estamos dedicando un buen puñado de recursos públicos a impartir formación en especialidades que, sin embargo, no tienen en estos momentos demanda». El lamento se transforma incluso en malestar. «En no pocas ocasiones, cuando hemos trasladado estas inquietudes a la Administración ni siquiera hemos recibido respuesta», asegura el presidente de la Fundación Novia Salcedo.