Urkiola despide a los últimos 'padrecitos'

Los dos sacerdotes se preparan para oficiar misa./Luis Ángel Gómez
Los dos sacerdotes se preparan para oficiar misa. / Luis Ángel Gómez

Joseba Legarza y Antonio Madinabeitia conocieron a Dios «entre los más pobres de Ecuador» y a su regreso rescataron el santuario del abandono

MANUELA DÍAZ

A Joseba Legarza se le entristece la mirada cuando recuerda el plato de pollo con arroz con que le recibían en las remotas aldeas de Ecuador hace ya 55 años. Apenas se podía acceder a ellas los seis meses de verano, cuando la lluvia daba una tregua, y el viaje duraba días enteros. «Nos recibían con los brazos abiertos y dejaban para la ocasión una pata de pollo, porque el ‘padrecito’ había llegado». Malnutridos y aislados, la visita de misioneros como el lekeitiarra Legarza o el vitoriano Antonio Madinabeitia era para ellos el acontecimiento más esperado del año. Llegaban con alimentos, medicinas y esa paz que todavía hoy, a punto de cumplir 85 años, emanan.

Ayer, decenas de personas les despidieron en Urkiola, retiro de los misioneros vascos, para iniciar otra nueva etapa en las residencias de sacerdotes de sus respectivas diócesis. Desde que el año pasado, con 101 años, el Obispo Emérito de la provincia de Los Ríos en Ecuador, Bittor Garaigordobil, abandonara el Abadetxe, eran los únicos sacerdotes que seguían en el santuario. Un acto cargado de emotividad en el que estuvieron presentes integrantes de la Comisión de Urkiola, el Consejo Pastoral, los Amigos de Urkiola y los casados en el templo, algunos de ellos unidos a Legarza desde hace medio siglo.

El lekeitiarra entró en el seminario con 13 años y fue ordenado sacerdote a los 25. Apenas estuvo cuatro años de sacerdote en la anteiglesia de Arakaldo y de allí saltó a Ecuador, el primer país al que se abrieron las Misiones Diocesianas. Más que la pobreza, a este hijo de la postguerra le golpeó esa mezcla de calor y humedad del trópico. «Me costó adaptarme, pero íbamos con ganas de cambiar las cosas. Eso nos daba fuerzas».

No recuerda haber pasado hambre o necesidades durante su etapa en misiones; pero tiene grabadas pequeñas escenas, como la primera vez que sintió un temblor en plena noche. O cuando durante la Eucaristía de Navidad empezó a escuchar tiros en la calle. «Padrecito no se asuste, nosotros mostramos así la alegría por que el Niño Dios ha venido a salvarnos», le explicaban sus feligreses. «Jamás sentí peligrar mi vida en los seis años que pasé destinado en Catarama, una localidad de 5.000 habitantes rodeada de una veintena de aldeas. Tras aquella etapa fue profesor en el seminario de Ambato, también en el centro del país. Una experiencia que guarda con cariño, «enseñando a jóvenes con ganas de construir el reino de Dios» y luchando contra las injusticias. Todavía ayer, esa sangrante dualidad entre ricos y pobres, hambre y abundancia, se deslizaba en su sermón. «¿Hacemos todo lo posible para acabar con la pobreza?», se preguntaba.

Su vínculo con Urkiola se remonta a 1970. La casa cural y el santuario eran auténticos coladeros por los que entraba el frío y el agua. Se encontró un templo a medio construir, herido por la guerra y la hambruna, y un entorno descuidado, rendido a la maleza. El y sus compañeros arreglaron el templo, «las manos llenas de sabañones. Decidimos no seguir con el proyecto de basílica diseñado a finales del XIX porque no concebíamos que Dios estuviera contento con un palacio cuando sus hijos pasaban hambre».

Los indígenas, desnutridos y aislados, les recibían con una pata de pollo, «todo lo que tenían», dice Legarza

Trabajando de basureros

Plantaron árboles, colocaron papeleras, construyeron los dos aterpes, diseñaron la red de senderos que llegan a las fuentes, ermitas y las tres cruces del calvario desde el que se ve todo el Duranguesado, el núcleo del primer Parque Natural de Euskadi. «Tardábamos dos días en limpiar todo lo que dejaban los visitantes el fin de semana, incluso me nombraron barrendero de Abadiño para compensarnos por la labor que hacíamos». Su entrega alentó una red de laicos en torno al Santuario.

Fue en Urkiola dónde Legarza conoció a Antonio Madinabeitia. El gazteiztarra, amigo de pocas palabras, pero con una sonrisa siempre en sus labios, llegó a Urkiola en 1987 con 54 años y después de pasar más de dos décadas en Ecuador. «Me necesitan», admitió. Se dedicó a visitar a enfermos, dar la extremaunción, oficiar bautizos y bodas. En Urkiola permaneció diez años para volver con 64 años a Los Ríos, «el lugar del mundo donde me he sentido pleno».

Temas

Durango

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos