La ilusión cala en el Duranguesado

Gaspar baja andando por Artekale camino al pórtico de Santa María a adorar al niño Jesús/Ignacio Pérez
Gaspar baja andando por Artekale camino al pórtico de Santa María a adorar al niño Jesús / Ignacio Pérez

La intensa lluvia no aguó el mágico desfile de los Reyes, que atrajeron a una multitud a su paso por la comarca

MANUELA DÍAZ DURANGO.

Con desparpajo y la lengua de trapo, Enara Peña, de 4 años, le entregaba a Gaspar un par de caramelos que ella misma había recogido del suelo en los soportales del Ayuntamiento de Durango. «He sido buena, ahora te toca serlo a tí», le espetaba después de largar su lista de regalos en la que con la modestia de su edad figuraba una cámara de fotos, unos rotuladores para pintar en «un estuche, que no se te olvide». A pesar de la lluvia, la cabalgata de Durango y Iurreta, que organiza Congregaciones Marianas y en la que tomaron parte medio centenar de pajes y voluntarios ataviados con chubasqueros, salió y no defraudó a niños ni mayores. La ilusión caló más que la lluvia en todos los pueblos de la comarca del Duranguesado que ayer recibieron a los Reyes Magos de Oriente.

«Hay que amoldarse al tiempo y salir a la calle solo por ver a los niños contentos», apuntaba María Cazorla que junto a sus nietos Nicolás y Pablo Teruel, de 8 y 5 años, esperaban bajo el paraguas en Ezkurdi el paso de las tres carrozas. Los tres son habituales a la cita, unos más que otros, y admitían que lo mejor son los caramelos que reparten. En total. 700 kilos de chucherías que fueron lanzando desde su salida en la calle Bixente Kapanaga hasta su llegada al frontón de San Fausto en Durango.

Algunos como Kai Romero, de 9 años, abrazaba con orgullo su bolsa llena de chuches que junto a sus padres y su hermano Ibai de 3 habían ido recogiendo desde Madalena hasta el Ayuntamiento. Su madre, Inés López, admitía que el tiempo no ha desanimado a los durangueses y iurretarras. «Es lo que hay y también es bonito que sea así», apuntó.

Sorprendida a la vez que ilusionada, Reina Sarabia, recién llegada de Argentina con el objeto de pasar estos días en familia, se maravillaba al ver la luz y el colorido de las carrozas. «En Argentina celebramos más Papá Noel y solo se organiza desfile en el centro de Buenos Aires». Era la primera vez que veía la cabalgata y no le defraudó. No en vano, según la organización, es la más antigua de Bizkaia, con más de un siglo de antigüedad. «Es especial por su cercanía, la gente va pegada a las carrozas y luego en Artekale Sus Majestades bajan andando hasta Santa María», apuntaba desde la organización Santi Ruiz.

Para Ane Luis, Naroa López, Jone Fernández, Naiara Barrenetxea y Jone Martín, de 10 años, es sin duda la mejor cabalgata, «aunque muy igualada con la Bilbao». Estas amigas del colegio San Antonio de Durango decidieron no sacar sus paraguas para poder agacharse mejor para coger los caramelos. «Nos da igual que llueva o nieve», bromeaban.

Paraguas al revés

A escasos metros, con más experiencia y haciendo valer el dicho de 'más vale maña que fuerza', varios aitites se aproximaban a las carrozas con los paraguas del revés para brindar de seguido a sus nietos la cosecha recogida al vuelo.

Uno de los pajes más veteranos, Rafa Canete, echaba la vista atrás, cuando en la villa los Reyes Magos salían en caballos, «dando coces o corriendo». Desde entonces han pasado todoterrenos, camiones, tractores y desde hace cinco años carrozas. Un cambio para bien, según la mayoría de los vecinos de las dos localidades. «Ahora es mucho más bonito, más trabajado», apuntaba Carmen Jabalera que también admitía que para ella un detalle de agradecer es que Baltasar sea negro y no le tinten la cara para simular otra raza. Y fue precisamente este Rey el más buscado en las tres paradas realziadas en Durango y Iurreta.

Sus Majestades, entre tanto, saludaban a los niños, recogían las cartas de última hora y endulzaban la velada desdoblándose para poder recorrer buena parte de los municipios de la comarca. «Lo que siempre me sorprende y me encanta es que muchos niños no piden solo para ellos, sino para sus padres», apuntó Baltasar.

Gaspar aseguraba que en los diez años que lleva viniendo a Durango últimamente lo único que quieren es la foto. Los más pequeños «están tan emocionados que no dicen nada». Melchor, por su parte, le recordaba a María, de cuatro años, que esa noche no olvidara dejar «un poquito de leche y de agua». Era la primera vez que veía de cerca a un Rey. Y aunque su barba «no picaba», estaba mojada.

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