La discoteca Moma reabre con un despliegue de seguridad sin precedentes

Los vigilantes de seguridad niegan la entrada a un joven y le aconsejan que «se vaya a casa».
Los vigilantes de seguridad niegan la entrada a un joven y le aconsejan que «se vaya a casa». / LUIS ÁNGEL GÓMEZ

El Ayuntamiento mantendrá hasta febrero las seis patrullas de policía que refuerzan a los vigilantes privados para atajar el ruido y las trifulcas

MARTÍN IBARROLA

Cuatro de la mañana en el exterior de la discoteca Moma. Un corro de chavales empieza a reír a carcajadas y a gritarse entre ellos. Israel Carrillo, jefe de la empresa de seguridad que controla el acceso a la sala y excampeón de boxeo, recorre los metros que los separan en menos de lo que dura un parpadeo y se dirige al agitador del grupo. «Te tengo fichado. No es la primera vez que te aviso. Como vuelvas a chillar te dejo sin entrar los siguientes ‘findes’». A veces tajantes, a veces dialogantes, los porteros del Moma dedican a la noche a silenciar a los clientes que elevan la voz o muestran conductas incívicas en la última manzana de Rodríguez Arias. La discoteca bilbaína lleva acumulados diez expedientes por exceso de ruido en lo que va de año y mantiene un duro pulso con los vecinos de la zona. Ellos tienen la misión de acabar con el problema.

Después cumplir cuatro semanas de cierre por sanción, la sala reabrió el jueves con la promesa de cumplir las medidas acordadas con el Ayuntamiento. Durante las cuatro horas en las que pincharon música comercial, los redactores de este periódico no eran los únicos ojos que vigilaban el acceso de la discoteca. Además de los tres porteros que montaban guardia en el exterior, allí se congregaron cuatro patrullas uniformadas de la Policía Municipal, otra de paisano, una más de la unidad de quejas vecinales, el guarda de seguridad del vecino hotel Ilunion, dos educadores de Gizagune (una fundación especializada en conflictos de convivencia) y el supervisor del Ayuntamiento que redacta los informes de evaluación donde se decide si se están respetando las medidas negociadas con los propietarios del local. Con semejante dispositivo, el ruido no sobrepasó el murmullo colectivo, como corroboraron los vecinos a la mañana siguiente.

«Durante los próximos seis meses mantendremos una serie de medidas para paliar el ruido y conciliar el derecho al descanso de los residentes con el ocio nocturno. El primer día ha funcionado perfectamente», declaró el primer teniente de alcalde, el socialista Alfonso Gil. Los recursos dedicados a mantener el orden forman parte de un programa al que han bautizado como ‘estrategia sonora’, que pretende eliminar los ruidos. «Estamos viviendo un ejercicio de mediación que nos puede servir como ejemplo para el resto de la vida nocturna de la ciudad», explicó Gil.

«Te lo pido por favor»

Un joven alto y de niqui rojo salía tambaleándose del interior del Moma pasadas las dos de la madrugada. A partir de esta hora ya no se permite la entrada de nuevos clientes. Israel Carrillo no le quita ojo y cuando trata de volver al interior respira hondo. «Los porteros de discoteca hemos dejado de ser agresivos. Ahora buscamos la educación, el respeto y actuamos con mucha paciencia», enfatiza las dos últimas palabras. No lo sabe, pero el chaval al que no deja entrar es un viejo conocido de la Policía Municipal. «Estás doblado. Te lo pido por favor, vete a casa». Ante la insistencia del joven, que balbucea incoherencias, Israel lo abraza y lo acompaña al final de la calle mientras lo tranquiliza. «Hemos dejado de ser simples controladores de entrada y nos hemos vuelto educadores, psicólogos y hasta padres. Hacen falta muchas tablas para impedir una y otra vez la entrada a un borracho». Los otros dos porteros que acompañan al encargado de la seguridad de la sala también son veteranos de la noche. En una ciudad pequeña como Bilbao conocen por nombre a muchos de los rostros que se agolpan alrededor del Moma. «Ese es un liante. Hay que vigilarlo», advierten dos horas antes de que el individuo en cuestión sea expulsado por molestar a unas chicas.

os porteros trataron de evitar los comportamientos incívicos.

«Entiendo que los vecinos deben dormir, pero nosotros también tenemos un negocio que sacar adelante. Acudimos a reuniones con la Policía y con el Ayuntamiento para llegar a un acuerdo que resulte beneficioso para todos. Nos aseguraremos de que no haya más ruido de lo normal y trataremos de educar a nuestros clientes para que se comporten de manera cívica», defendía el propietario del Moma, Luis Ángel Rodríguez.

Los policías municipales, por su parte, se encargaron de controlar que nadie orinase o consumiera bebidas alcohólicas en la calle. Para no dejar el lugar sin vigilancia en ningún momento, destinaron cuatro de las doce patrullas uniformadas que patrullan la ciudad por la noche. Según fuentes del cuerpo, existe un malestar creciente en la plantilla por considerar que se están convirtiendo «en porteros de discoteca» -otras dos patrullas vigilan la Mao Mao Beach de Zorrozaurre-. Los próximos meses se decidirá si las medidas ha sido suficientes para contentar tanto a los que quieren bailar como a los que tienen que dormir.

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