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Nadal y el dolor extremo

Rafael Nadal realiza un gran esfuerzo por devolver una pelota.
Rafael Nadal realiza un gran esfuerzo por devolver una pelota. / EFE
  • El legendario tenista balear, capaz como nadie de llevar el sufrimiento al límite en sus rodillas y pies, ha jugado con la muñeca dormida durante tres semanas, hasta llevar la articulación al filo de la rotura

«La mente es determinante a la hora de sobreponerse al dolor. Estoy convencido de que ningún jugador habría podido competir con los dolores de Rafael», reconoció en su día Toni Nadal en una conversación con este periódico. La fortaleza psicológica del balear lo ha convertido en un fuera de serie del circuito y una leyenda en Roland Garros, donde se ha proclamado campeón en nueve ocasiones. Esa incontestable virtud le permite vivir los encuentros con más perspectiva, gracias a una inmunidad casi absoluta ante el sufrimiento. Donde otros jugadores pierden los estribos o tiran la toalla, Nadal resiste. Sólo así puede jugar con una lesión crónica en un pie, someterse a una tortuosa terapia para recuperar su rodilla y jugar durante tres semanas con la muñeca izquierda a punto de romperse.

El número 5 del 'ranking' mundial ha rebasado el límite de lo que podía soportar su articulación y ha tenido que decir adiós a Roland Garros, donde partía como uno de los grandes favoritos junto con Novak Djokovic. El español se encontraba listo para conquistar París por décima vez y acabar con la hegemonía del serbio, casi intratable durante todo el año. Nadal, sin embargo, sufrió un grave revés hace apenas tres semanas, en los cuartos de final del Masters 1.000 de Madrid ante Sousa. La muñeca izquierda le falló en ese encuentro, que comenzó a fraguar su adiós en el Grand Slam de tierra batida.

De acuerdo con su forma de actuar, Nadal se sometió a un diagnóstico y evaluó si podía seguir compitiendo con la articulación dañada. Lo hizo a base de anestesia, con la conexión entre el brazo y la mano dormida, que tuvo consecuencias cada vez más dolorosas. Tal y como hizo cuando era mucho más joven -estuvo a punto de cambiar el tenis por el golf por una lesión crónica en un pequeño hueso del pie- y más adelante con sus lesiones de rodilla -se sometió al tratamiento del vitoriano Mikel Sánchez- y espalda -Abierto de Australia, 2014-, el balear confió en que el sufrimiento remitiría en algún momento. Llegó a probar sin anestesia en los cuartos de final de Roma contra Novak Djokovic, donde perdió por 7-5 y 7-6, a modo de examen para Roland Garros.

Rotura inminente

Nadal jugó infiltrado sus dos primeros encuentros del Grand Slam parisino, en los que superó sin contratiemos a Groth y a Bagnis. Pero un día antes de medirse a Marcel Granollers, el balear tuvo que despedirse de manera prematura y abrupta de uno de sus torneos predilectos. Si forzaba más su muñeca, corría grave riesgo de fractura. Su médico, en quien tiene una fe ciega, le aseguró que tarde o temprano se rompería, incluso antes de que finalizara el campeonato. «Rafa, no lo hagas», le imploró. Estas palabras sonaron casi como una revelación para Nadal, que ha confiado en el mismo doctor desde los 14 años. ¿De qué servía, por tanto, dilatar el peligro y la agonía si no llegaría en condiciones de disputar el trofeo?

A Nadal le dolió más despedirse en una rueda de prensa que jugar con la muñeca lesionada hasta la final. Este golpe supone un gran contratiempo para el balear, que ha concentrado sus temporadas en las citas de tierra batida y hierba natural. Roland Garros es el torneo que más opciones le ofrece, mientras que Wimbledon siempre será el máximo exponente del tenis esencial para el español. Al menos, tiene la garantía de que puede volver a competir al máximo nivel en su terreno fetiche, y la certeza de que es una de las grandes esperanza de regresar de Rio con una medalla olímpica.