El Correo

Alberto Zerain y el Nanga Parbat

Todo es rotundo en el Nanga Parbat: desde su nombre, sonoro y contundente, pasando por su significado (la Montaña Desnuda), hasta los sobrenombres con los que se le conoció a partir de aquellos inquietantes años 30 del pasado siglo: la Montaña Asesina, la Montaña de los Alemanes, la Montaña del Destino…

Chocando literalmente con las cordilleras vecinas del Karakorum y del Hindu Kush, el Nanga Parbat se eleva prácticamente 7.000 metros sobre el curso del río Indo, formando unos de los mayores y más salvajes precipicios de la Tierra. Ubicada en uno de los lugares geológicamente más convulsos del planeta, se dice de la Montaña Desnuda que es también la que experimenta un crecimiento más veloz, si exceptuamos las de origen volcánico, y a la vez una de las que sufre una mayor erosión. Todo es extremo en el Nanga Parbat. Desde finales del XIX, en sus laderas se dieron cita algunos de los alpinistas más audaces de diferentes épocas, si bien fueron las tragedias de los años treinta (26 alpinistas y serpas muertos en dos expediciones), las que la hicieron mundial y tempranamente conocida.

Era una época en la que muchos hombres iban a la montaña como después irían a la guerra: a vencer o morir. Era una época en la que muchos hombres fueron a la montaña como forma de prepararse para la guerra. Dicen que las montañas no son sino pedazos de roca y hielo, desprovistos de todo excepto de las emociones, los deseos, los sueños… que los humanos proyectamos sobre ellas. Esta es la montaña donde Alberto Zerain y Mariano Galván proyectaron los suyos.

En el Nanga Parbat se han sucedido retos de audacia extrema, como el de Mummery en 1895; luchas insólitas por la supervivencia, como en la primera ascensión de Messner allá por los 70 cuando desapareció su hermano Günter; ascensiones clásicas, de las habituales en los últimos años, y alguna excepcional, como la de Sandy Allan y Rick Allen en 2012: la arista completa del Mazeno, en estilo alpino puro, uno de los proyectos más ambiciosos y extremos que puedan acometerse en esta y en la inmensa mayoría de las montañas altas. Este era el proyecto de Mariano Galván y de nuestro amigo Alberto Zerain.

Un hombre singular, Alberto: de un «poderío físico portentoso», en palabras de Juanito Oiarzabal, nunca quiso vivir de la montaña. Tenía su camión y a él se dedicaba como profesión. Sin más escarceos con su pasión por las altas montañas que las expediciones, algunas de ellas realmente brillantes, que realizó. Como la del K2 o el Kangchenjunga. Diez ochomiles de los de verdad, con estilo, con elegancia. Cercano, sencillo, humilde. Vitoriano de origen y residencia, ciudadano del Himalaya, estaba enamorado de Zumaia, donde se soltó definitivamente con el euskera.

Fue precisamente allí, donde lo ‘vi’ por última vez, el viernes de la pasada semana. Alberto guardaba a Zumaia en lo más profundo de su privilegiado corazón. Afable, tranquilo y bienhumorado como siempre, nos saludaba desde el campo base del Nanga Parbat. Nosotros: Sebastián Álvaro, Juanito Oiarzabal, Joan Garrigós, Goyo Larrañaga, Bosco Garitano, Jordi Pons… y unas 150 personas más llenábamos la Sala Oxford. Zumaia es un precioso pueblo de Gipuzkoa donde, como en el Nanga Parbat, concurren también algunas circunstancias excepcionales: en su línea costera se encuentran dibujados cerca de 60 millones de años de la historia geológica de la tierra.

Tan visibles y en un orden tan perfecto como no pueden encontrarse en ningún otro lugar. El ‘Flysch’ de Zumaia es, desde el punto de vista del estudio de la Geología, el lugar más interesante del mundo. También es uno de los paisajes más hermosos del País Vasco. Y un municipio donde habitan algunas muy buenas gentes que, año a año desde hace nueve, organizan una de las carreras de montaña más bellas que puedan imaginarse, en el filo con el mar.

En cada una de las ediciones de esta carrera, un acto de homenaje a algún montañero ilustre, precede al pistoletazo de salida. Es una manera que la organización tiene de remarcar los mejores valores del alpinismo encarnados en sucesivos escaladores que se han ido alternando cada año, como homenajeados, en la línea de salida. El propio Alberto lo había sido hace tres ediciones.

«Esta vez estoy muy preocupado, Juanjo», me confesaba Juanito Oiarzabal, cuando no existía aún ningún motivo de alarma. Juanito, compañero de Alberto desde hace décadas, ha sido el homenajeado de este año. Y mostraba una preocupación real, como si de un mal presentimiento se tratara. Plenamente consciente de los riesgos que iba a correr su amigo, Juanito añadió un comentario que, si bien no recuerdo textualmente, sí subrayaba su peor temor: también, cómo no, por la ruta elegida, pero sobre todo por la firmeza, la determinación, el coraje, el pundonor, la entrega, la decisión con la que Mariano y Alberto iban a encaramarse a la arista del Mazeno.

Hemos sido unos cuantos alpinistas a quienes nos han honrado en Zumaia con el homenaje que el pasado domingo recibió Juanito. De todos ellos, Alberto ha sido el único que, además de otras cosas, también corrió la Zumaia Flysch Trail. Un ejemplo del modo que el ‘Zeras’ tenía de ver el mundo. Ayer, tras el último vuelo del helicóptero sobre el Mazeno, se acabó la esperanza. Alberto fue consecuente con sus concepciones audaces. Hay otros modos de vivir la vida. Pero es menos vida.

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