El Correo

Hasta que el agua quiso

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Rahm, sobre el verde de París. / ELCORREO

  • Jon Rahm progresaba a ritmo de remontada en París y aspiraba al -5 en el 16 cuando el juego se suspendió por las tormentas y le pasó factura

Fue bien servido de agua Jon Rahm ayer en el Open de Francia. Todos los jugadores, en especial los que arrancaron por la tarde, y más en concreto él que añadió a la intermitente lluvia y tormentón final su involuntaria querencia a contestar a la llamada de los juncos y arroyos. Se había apuntado como tarea ser más estricto en las salidas, coger más calles en este campo endiabladamente estrecho que se aleja de algunos escenarios americanos de ocho carriles en los que suele actuar. Cumplió a medias, pero el balance de su juego fue positivo, notable. Volvió a resolver a cara o cruz media docena de putts y el -4 provisional que llevaba en el hoyo 16, con opción de ampliarlo a -5, mantenía intacta su tendencia alcista en este parqué en el que los números rojos son los buenos y los líderes no están demasiado lejos, con un extraordinario Adrián Otaegui en -8 esperando acontecimientos.

Pero lo que son las cosas. Un parón inesperado pudo cambiar todo lo acumulado durante las cuatro horas previas en Le Golf National. Sonaron las sirenas que suspendían el juego cuando había alcanzado el green del 16 de un bolazo con label de morrosko y precisión de orfebre. La posibilidad de birdie y el -5 estaban a tres o cuatro metros con ligera caída hacia el hoyo. Una lástima que no le dejaran rematar la faena ya que aún no había comenzado a chispear. Todos a cubierto, cayó lo que no está en los escritos durante algo más de una hora y regreso a la actividad cuando volvió a hacerse de día superada la oscuridad de los nubarrones.

Se puso en acción con ese putt pendiente con la bola haciéndole la cobra a la cazoleta. En el 17, mala salida, que sigue siendo su lastre, y aunque en el trayecto hubo espacio para un tremendo approach desde una pequeña sima, el que parecía sencillo putt dedos metros no lo fue y restó un golpe a su cuenta de beneficios. Y pudo empeorar la cosa en el 18. Otra vez arranque en falso, con bola clavada en el rough. Se la jugó para no forzar una posterior aproximación infalible y su envío mutó en pelotita de malabares flirteando con el perfil a cuyo otro lado esperaban mamá pato y sus crías. Milagroso equilibrio desde que se quedó a dos dedos de dar en la diana desde una barbaridad incontable de metros. Él lo resume en una frase contenida: «Es golf».

Recuperando el inicio, Rahm se puso en marcha al mediodía con la sensación de tener el pulso ajustado. Había trabajado bien las salidas calentando y lo demostró con un bolazo marca de la casa desde el poblado tee del 1. Lástima que no sacara recompensa al riesgo, a lo lejos que facturó la bola. Buena línea en el putt, pero a un palmo del botín, algo que acabaría convertido en tónica en su segunda jornada. Para escozor inicial, su posición de privilegio ganada con la brutal salida quedó neutralizada con el par mientras Levy y Fleetwood, sus compañeros de trabajo, aumentaron su cuenta de birdies al primer intento.

Cuatro pares consecutivos en los que ya hubo de todo y faltaron las calles. En el 2 no hubo buena ejecución en el green, sin línea ganada. En el 3 primer chapuzón, aunque acabó en salpicadura. Bola al agua, pero jugable junto a un remanso y un enjambre de juncos. Postal idílica para todo menos para sacar de allí una bola de golf. El pedigrí le surgió y la recuperación le colocó en situación de no descartar la opción de birdie. Lo tuvo con un putt corto que se le cayó cuando parecía teledirigido a la cazoleta. Y en el 4 se cerró el preludio del birdie, de nuevo rozado y otra vez prologado por un envío al rough en ladera que provocó otra delicia de un chipeo formidable que provocó los primeros gritos personalizados entre el público. «¡Bien, Jon, bravo!». Aunque Alexander Levy, número uno francés y mejor colocado en el Open patrio, absorbía la mayor parte de energía, al de Barrika nunca le faltaron los aplausos y reconocimientos. A su paso se escuchaba hablar en español más que la víspera.

Notable el primer birdie porque en la introducción el rough (el espacio que continúa a ambos lados de las calles), cómo no, fue un ingrediente básico. Nada, esa vez, que no arreglara un putt de diez metros caligrafiado en su ejecución. Nació en ese instante una ráfaga de ‘casis’ consecuencia lógica del mejor momento de la jornada en las salidas. Dos calles perfectas y una bola a green en un par 3 como rampas de lanzamiento. La diferencia entre la bola y el hoyo se medía en dos o tres dedos. De tanto rozar el palo, nunca mejor dicho, el objetivo acabaría lográndose.

Momento perfecto para hacerlo, cuando se desdobla la jornada. Birdies en el 9 y el 10 de diversa factura. El primero de picapedrero. Ya le había hincado el diente el jueves. Se conocían. Mal drive que acaba con Rahm en sitio complicado. Juega conservador para recuperar la línea y preparar el ataque. Approach de doce metros en cuesta y la guinda al pastel con el putter. El siguiente, de manual. Salida perfecta, segundo golpe que bota y frena asomándose al hoyo y para adentro. Otaegui seguía mostrándose con -8 en los marcadores de cada green. Rahm ya iba por -4 y subiendo hacia la cota del donostiarra. Se le cruzó en el camino un gato negro, el maldito 13 que el jueves le cobró un doble bogey y ayer una bola al agua y el dropaje que prologó un golpe extra gastado. Pero lo recuperó en el 15 con un segundo bolazo que botó a menos de un metro de bandera. Agresivo, decidido. -4 reconquistado y llegó el agua, el parón, el frío. Y ya saben lo que ocurrió.

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