El Correo

Un tipo afable, gran alpinista y solidario

Alberto Zerain .
Alberto Zerain .
  • Nacido en Vitoria en 1961, supo ganarse el afecto de sus compañeros durante su larga trayectoria como montañero

Cuando el pasado mes de mayo Alberto Zerain hollaba el Annapurna (8.091 metros), su décimo ochomil, el mundo del alpinismo vasco se deshizo en elogios hacia la nueva gesta del montañero alavés, al que acompañaba el vizcaíno Jonatan García. Pero, entre las alabanzas por haber puesto a sus pies a la 'Diosa de la abundancia' siempre se mezclaban loas a sus virtudes como persona. «Fiel compañero», «un gran tipo, con el que todo el mundo quiere colaborar en sus expediciones», fueron algunas de las expresiones de compañeros de cordada. Esta admiración por sus valores personas se convierte hoy en dolor al confirmarse su desaparición en en Nanga Parbat, según todos los datos, alcanzado por una avalancha mortal.

Y es que este vitoriano (20 de agosto de 1961) había conseguido ganarse el corazón de quienes le trataron. Su primera gran ascensión fue nada menos que el Everest, el 16 de mayo de 1993, con la expedición ‘Gas Natural Everest’, siendo ese su primer ochomil y el primer alavés que lo conseguía. Dos años después, el 17 de mayo de 1995, hizo cima en el Makalu (8.485 m.), al día siguiente que el resto de la expedición encabezada por Juan Vallejo y Juanito Oiarzabal.

Afable en el trato, siempre de buen humor y solidario, una cualidad esta última de la que le gustaba presumir. «Siempre antepongo la ayuda a la cima», dijo en una entrevista con EL CORREO en junio de 2009 mientras se recuperaba en la clínica MAZ de Zaragoza de unas leves congelaciones tras haber conquistado el Kangchenjunga, su séptimo ochomil.

«Trampas en el camino»

Zerain ha encontardo su final mientras intentaba cargar en el zurrón su undécima cumbre de más de ocho mil metros en la carrera por hollar las catorce cimas más altas del mundo. «Es obvio mi amor y la atracción que siento por las altas cumbres», confesó en otra charla con este periódico en la que compartía sus sentimientos cuando se encontraba a solas con la montaña. «Es como si me hablara y me dijera lo que tengo que hacer en cada momento». Y advertía: «La suerte va contigo, pero hay muchas trampas en el camino». A sus 56 años, sólo veía en el horizonte conseguir los catorce ochomiles. Pero el Nanga Parbat se convirtió en su ascensión maldita.

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