El Correo
Ignacio Salas, en una imagen de archivo.
Ignacio Salas, en una imagen de archivo.

Muere Ignacio Salas, un espíritu indomable

  • Descubierto para el gran público en el programa 'Y sin embargo, te quiero', el exdirector de la Academia de la TV falleció ayer a los 70 años

Le conocimos treintañero y barbudo, con aquel programa de los domingos en el que compartía mesa (y barba) con el dibujante y humorista Guillermo Summers y Pastora Vega. En ‘Y sin embargo, te quiero’ (TVE 1983-85), el trío hacía un repaso con mucho humor a lo que podríamos ver durante la semana en la tele, un medio de comunicación que no podría entenderse en nuestro país sin Ignacio Salas (Bilbao, 1945). Hoy será incinerado en el tanatorio de San Pedro del Pinatar (Murcia), aunque residía en Orihuela (Alicante) desde que se retiró en 2006, cuando abandonó el cargo de presidente de la Academia de la Televisión que ocupaba desde 2000. Vivía solo, con sus gatos, y luchando contra el cáncer de pulmón que se le había echado encima. «La vida es breve y somos tiempo. Te haces viejo muy pronto y tardas mucho en hacerte sabio. Esto es un recreo fantástico. Porque vivir es lo que importa y las arrugas que aparecen por reír favorecen». Son las palabras que pronunció tras conocer su enfermedad, poco antes de jubilarse, y con las que ayer la Academia iniciaba su nota de reconocimiento póstumo.

Aunque en vida hubiera merecido más del que tuvo. Es lo que opina su compañero de siempre, su querido amigo Guillermo Summers: «Mi hermano», rectifica él. De hecho, hace solo unos días fallecía a los 55 años su sobrino, el actor y guionista Curro Martín Summers, «e Ignacio sintió mi pérdida como suya», desvela el dibujante. Él y Salas comieron juntos recientemente, y hablaron por teléfono hace solo dos días en lo que fue una despedida. Summers se había ofrecido en los últimos tiempos para ir a cuidarle, «pero él siempre rechazó la ayuda, nunca quiso molestar, ni a su familia. Se ha ido solo, sin hacer ruido, con la compañía de sus animales. En su día le quitaron medio pulmón y estaba bien, pero la enfermedad había vuelto y él sabía que le quedaba poco tiempo. Ha sido muy duro, pero lo ha afrontado con una entereza bárbara, autoaislado sin querer ver a nadie para no causar problemas, viviendo de forma espartana. Yo he perdido a un gran amigo, y la televisión, a una persona honesta y brillante, con mucho talento y capacidad de trabajo. Y se ha ido triste e injustamente olvidado, condenado al ostracismo, tenía un talento que no supieron valorar».

Su familia provenía de Orduña (Bizkaia). Su padre fue el general del aire Ramón Salas Larrazabal, pionero del paracaidismo español e historiador de la contienda civil con la ayuda de su mujer, Eulalia Lamamié de Clairac. Educado en un ambiente conservador, luego se convirtió en parte importante de la televisión pública en la etapa socialista.

Salas hizo muchos más que aquel divertido programa con el que empezó su larga relación personal y profesional con Summers: ‘Si te he visto no me acuerdo’, ‘Segundos fuera’, ‘No tiene nombre’, ‘Esto es Joyibú’, ‘Juego de niños’, ‘En paralelo’, ‘Entre dos luces’... Periodista, sociólogo y programador de TVE, además de presentador, realizó labores de redactor, reportero, locutor, realizador, guionista y hasta creativo publicitario; de hecho, se encargó durante años de los anuncios de Citröen.

Irónico y hábil de palabra

En 1996 dirigió el programa ‘Mañanas de primera’, presentado en TVE por Laura Valenzuela y su hija Lara Dibildos, y su último trabajo en la cadena pública fue como guionista y conductor del concurso cultural de La 2 ‘Al Habla’, donde a finales de los noventa se hizo cargo de la sección ‘El juego del diccionario’.

Summers lo define como un hombre pesimista con la situación actual del país y el medio de comunicación en el que creció, pese a ser su acérrimo defensor. Irónicamente hablaba de ello en el prólogo del libro ‘Religión catódica. 50 años de televisión en España’ (2006): «Tuve la envidiable ocasión de haberme convertido en un hombre de provecho porque nací antes que la tele y mi infancia transcurrió, lógicamente, alejada de su perversa influencia, pero cometí la torpeza de entregarme a esta profesión, intensa e insensatamente, y las consecuencias no han podido ser más fatídicas. Treinta y cinco años sin casco, sin antídotos y sin ningún tipo de protección son demasiados para permanecer inmune a su contagio. Por lo tanto, si además de idiota por oposición y cretino por afición, resulta que, durante dos legislaturas, he presidido su Academia por elección, mi grado de estulticia en el memonómetro de la estupidez debe alcanzar proporciones siderales». Diestro con la palabra y fino con la ironía, decía de la tele que «los más gallitos la pueden someter, difamar, amordazar, poseer, mancillar y maltratar, pero jamás la podrán dominar (ya saben lo que la cultura popular dice de las gallinas). Ni le sirvió al franquismo para perpetuarse, ni le garantizó la continuidad a la UCD, ni se sometió al PSOE, ni se casó con el PP, ni le ha resuelto la vida al mismísimo Berlusconi». Como su querida televisión, Salas también fue un espíritu indomable.