El Correo

Alegría afrocubana…

Chucho Valdés, durante su actuación en Getxo.
Chucho Valdés, durante su actuación en Getxo. / PEDRO URRESTI
  • Un Chucho Valdés más extrovertido y contento de lo habitual en él cerró con éxito el 41º Getxo Jazz en una carpa con las entradas agotadas y donde el público calificó su concierto de fabuloso, soberbio o sublime

El pianista culto Chucho Valdés (Dionisio Jesús Valdés Rodríguez; Quivicán, Cuba, 1941), hijo del añorado Bebo Valdés (el de las ‘Lágrimas negras’ junto a El Cigala), cerró el 41º Festival Internacional de Jazz de Getxo agotando las entradas con días de antelación y ofreciendo un concierto con numerosos tramos fascinantes que levantaron ovaciones intercaladas del respetable encantado.

Abrió la velada doble dominical el trío alemán Malstrom, ganador del concurso de grupos (se lleva 3.750 €, la grabación de un CD en directo, y un concierto en el festival B-Jazz de Lovaina, Bélgica), que desconcertó al respetable con su atronador rock (de lo progresivo tipo King Crimson hasta el post-rock) veteado con cavidades free jazz.

Los tres teutones mezclaban géneros, y lo mismo hicieron los cuatro cubanos: el líder Chucho, altísimo, con guayabera colorista caribeña y boina colocada como El Che, hacia atrás; Yelsy Heredia, el contrabajista con pajarita y sonrisa sempiterna; más Yaroldy Abreu a la percusión y El Pico a la batería. Los cuatro, además de yuxtaponer estilos, llegaron a fusionarlos por ejemplo 'El tango de Lorena', un híbrido de tango y blues, según describió Valdés, que también hacía el maestro con el grupo Irakere y que quizá fue lo más aplaudido de su intervención de 11 piezas en 93 minutos.

Nada más salir a escena, se le notó contento al generalmente serio, solemne, introvertido, impenetrable, distante y lacónico Chucho. Este domingo, en cambio, sonrió sincero, presentó con simpatía la mayoría de los temas (excepto dos) y concedió gran protagonismo a sus tres escuderos (aunque cortaríamos un solo de contrabajo y el de batería).

Un par de músicos espectadores se quejaron de que sonó mal (contrabajo empastado, piano demasiado tímbrico –pero así le gustará a Chucho, ¿no?-, batería poco destacada en la ecualización a pesar de que hacía muchas cosas destacables…), pero para la mayoría de los presentes no resultó punible la acústica de un concierto feliz, exuberante y por momentos clásico que transitó con naturalidad orgánica por numerosos estilos y que reveló en hora y media el universo caribeño, desde lo afro hasta lo culto. Altísimo y radiante (incluso más por la sonrisa que por la camisa policromática), Valdés abrió tanteando con un número polirítmico (danzón, clásica, cinefilia, funk… todo natural y con digitación rauda) al que habríamos cortado el solo de contrabajo (‘Son 21’, se titula según el setlist).

Marcando melodía

Y a la segunda ya dijo aquí estoy yo con 'El rumbón', trepidante y percusivo, con únicamente el contrabajo marcando melodía y las teclas restallantes aplicándose también al golpe. Chucho bromeó al presentar un tema «de música campesina, de country cuban music» (muy melódica, con piano realzado, y cajón peruano/español), y osciló hasta el otro extremo, como dijo él, con 'Amor / Love', a lo Clayderman o Camilo deliciosamente arquetípicos (al amigo Óscar Esteban ésta le recordó más a Cole Porter o George Gershwin).

Las piezas siguientes siguieron por las alturas: tralla exuberante y caribeña eyectó ‘Con poco coco’, original de su padre Bebo (aquí habríamos acortado o eliminado el solo de batería y de hecho estuvimos hablando; de música, ¿eh?), romanticismo fastuoso con transición al bolero desbordó su adaptación libre del ‘Preludio número 4’ de Chopin (buf, le quedó mucho mejor que todo el concierto del vasco-polaco Andrzej Olejniczak el miércoles bajo la misma carpa, y en pie Chucho recibió la consiguiente y merecidísima ovación), y su híbrido titulado ‘Conga-danza’, inspirado en el oriente cubano, una fusión de conga, jazz afrocubano o latin más contradanza, les quedó redondo, brillante, espectacular.

Presentó también el contento Chucho 'Caridad Amaro', su intervención en la película ‘Calle 54’ (aquí se puede ver la escena), y en ella resultó melódico pero cursó creciente y dramático como el cinéfilo habanero José María Vitier. Tras el mentado 'Tango de Lorena / Lorena’s Tango') más un medley de jazz americano, Chucho prolongó la buena onda con el bis 'Son andino', una mezcla de Cuba y los Andes donde nos invitó a bailar, donde el contrabajista risueño Yelsy Heredia empujó con sus cantos de timba cubana, y donde sobre el son se impuso lo andino por las alturas del cóndor.

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