El Correo

Presumido y buenista

fotogalería

Christian Scott / PEDRO URRESTI

  • Christian Scott, en quinteto completado por músicos excelentes, diluyó su talento en el collage modernista que llama 'stretch music', los cual se evidenció cuando sin herramientas electrónicos el combo ejecutó un número jazz de los de quitar el aliento

Buf, lo que costó contratar al cabeza de cartel de la segunda jornada de las cinco que componen el 41º Festival Internacional de Jazz de Getxo. El Aula de Cultura en primera instancia anunció a John Abercrombie (Port Chester, Nueva York, 1944), el guitarrista de guitarristas al que ya habíamos visto divagar sin tino ni fuerza en la Sociedad Filarmónica de Bilbao. Se anuló su actuación por razones de salud, y nos alegramos cuando se anunció al saxofonista free Pharoah Sanders (Little Rock, Arkansas, 1940), pero también al poco se cayó de la programación por causas sin aclarar del todo. Así que al final se optó por alguien más joven, por el trompetista Christian Scott

(Nueva Orleáns, Luisiana, 1983, o sea sólo 34 años). Tan joven y tan vigoroso es Christian que desde 2002 ha editado trece álbumes, colaboraciones aparte (con Prince, por ejemplo). No en vano, Christian presumió durante el show que había sacado dos discos este año y que el tercero estaba en camino.

Pues sí, más presumido que Cristiano Ronaldo pareció Christian, que salió vestido con una especie de chupa-marinera con capucha y mascando chicle (¡y es trompetista!). Tuvieron problemas con el sonido interior y él hacía gestos como que mandaba mucho, en plan Paquirrín. Y encima llevaba más oro que Daddy Yankee, por eso no fue muy creíble el segundo discurso de 8 minutos que nos soltó, el buenista: el de que en Nueva Orleáns, su ciudad, el hambre es real y con su abuelo, un gurú de los indios afroamericano de Luisiana, iba a repartir comida por los barrios pobres. Aparte, se quitó la marinerita con capucha a mitad del segundo tema para lucir palmito en camiseta y para tocar de perfil, como un faraón del jazz. Y al acabar el show salió a vender y firmar discos y a hablar con los fans, y comentó una señora a sus amigas: «No es por nada, pero es supermono el chiquillo». Hum… no, mejor no lo usamos de titular.

Pues eso, que el jueves, en la segunda jornada del 41º Getxo Jazz, la carpa de la Plaza Biotz Alai alcanzó sólo media entrada y se veían bastantes jóvenes. En quinteto, aunque estaba anunciado como sexteto (falló el percusionista previsto), a Christian Scott le dio tiempo a interpretar 8 piezas en 90 minutos, incluyendo –recuerden- más de un cuarto de hora con los dos discursos: el segundo sobre los pobres hambrientos de Nueva Orleáns y el primero sobre lo excelentes que son sus músicos, sus dos amigos de hace muchos años (al piano Lawrence Fields, un cerebrito al que conoció en la prestigiosa Berklee, que sabe mucho de músicas exóticas y las adapta al jazz, y que emborrona su finura teclista con mantos de pregrabados, y al contrabajo el mejor amigo de toda su vida, Luques Curtis, al que conoció hace 20 años en La Habana y con quien ha montado muchos grupos desde que eran muy pequeños), más los dos benjamines de la banda, con 22 años cada uno (el baterista que va a acabar con todos Mike Mitchell, que también usaba efectos electrónicos y que tiene cuatro extremidades ágiles y con una autonomía insólita, y la flautista Elena Pinderhughes, «the lady and the baby» de la banda, de la que ditirámbico el líder aseveró que cambiaría el sonido de la flauta y con quien en un par de ocasiones mantuvo conversaciones casi de novios al fondo del tablado mientras tocaban los otros tres; qué presumidos…).

El caso es que los cinco son unos músicos prodigiosos y lo demostraron cuando dijo el líder: «hasta ahora hemos hecho stretch music –así etiqueta a sus modernismos, debido al disco así titulado y editado en 2015- y ahora vamos a tocar jazz», y se lucieron en un hard bop postmoderno (con la primera conversación con la flautista al fondo, a la vista de todos). El resto del listado abusó de tales técnicas ‘stretch’, que es un collage, un pastiche que en Getxo juntó tramos disonantes (cada músico parecía que iba a su bola, y al final de dos o tres solos sobre un fondo casi caótico, ¡cómo aplaudió el respetable!) adherido, sostenido o pegado mediante bases sintéticas, un repertorio que atracaba el jazz clásico (resultó evidente la influencia narcótica de Miles Davis en los solos de trompeta) y lo trataba de modernizas con bases sintéticas (¡que a veces sonaban como sacadas de los años 80!).

Más efectista que moderno, el vanidoso chico de oro Christian Scott (‘El Rey del Nuevo Jazz’ le llaman algunos, dijo la presentadora del concierto) y sus colegas, todos con pintas de raperos, tuvieron problemas de sonido al principio que quizá desbarataron más su propuesta y los mejores momentos fueron (quizá por reconocibles) los que siguieron la estela de Miles Davis (‘The Reckoning’; aunque incluso el galo Erik Truffaz parece más sincero al recrear al arisco maestro), los números melódicos aptos para películas (‘Diáspora’) y el compuesto en honor de su abuelo, el feje indio, ‘The Last Chieftain’ (en el que el quinteto se adentró en escarpados terrenos post rock).

El guitarrista del viernes, el yanqui Dean Brown, nos dijo que para él la música debía hacer sentirse bien y ser bonita. La de Christian Scott optó por los retos técnicos personales (como Ronaldo haciendo más abdominales todavía) y lo bonito sólo se dejó notar en ciertos pasajes melódicos.

Temas

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate