El Correo

El infortunio del genio

Ataúlfo Argenta.
Ataúlfo Argenta.
  • Una biografía de Ataúlfo Argenta descubre la relación de episodios en los que el azar o decisiones equivocadas jugaron en su contra, hasta su muerte prematura

La de Ataúlfo Argenta, a los 44 años y cuando estaba a punto de dar el gran salto que debería haberlo convertido en el primer director de orquesta español con proyección internacional, podría figurar en lugar preferente en cualquier relación de muertes estúpidas. Alguien con su cultura y su conocimiento de cómo funciona un automóvil no puede poner uno en marcha dentro de un pequeño garaje e instalarse en su interior con una joven a... Da igual a qué. Cualquiera sabe que el dióxido de carbono que produce la combustión es una amenaza muy seria.

Aquella fría noche del lunes 20 de enero de 1958, el director de Castro Urdiales llegó a su chalet en Los Molinos, en la sierra de Guadarrama, acompañado por la pianista Sylvie Mercier, de 23 años. Juanita, la esposa del director, había viajado esa misma mañana a Suiza para someterse a una operación quirúrgica. La casa estaba helada y Argenta encendió la chimenea. Luego tuvo la maldita idea de esperar en el coche hasta que subiera la temperatura en el edificio. Por extraño que parezca, ni él ni la joven repararon en el riesgo que eso suponía. Así murió el gran director. Ella se salvó porque resistió algo más y comenzó a tocar el claxon hasta que acudieron en su ayuda. «Fue mi primer amor, mi gran amor», no se ha cansado de repetir. La muerte no era más que el golpe último, la última gran jugada del azar que tanto dio y tanto quitó al músico. Lo cuenta con todo detalle Ana Arambarri en 'Ataúlfo Argenta. Música interrumpida' (Ed. Galaxia Gutenberg), de reciente aparición.

Cuando Argenta nació en Castro Urdiales (Cantabria) el 19 de noviembre de 1913, su familia había descendido varios peldaños en su calidad de vida. De la holgura con la que habían vivido su abuelo y su bisabuelo paternos, uno catedrático de Farmacia en Madrid y otro cirujano en Béjar, y los maternos, más vinculados a la música, quedaba bien poco. En aquel año previo al estallido de la Gran Guerra, los Argenta vivían próximos a la pobreza. Sus inicios en la música fueron gracias al coro de la iglesia y más tarde a unas clases en el Círculo Católico a las que su padre le apuntó pese a su escasa religiosidad. Para dar mejores estudios al muchacho, la familia se trasladó a Madrid en el otoño de 1927, aunque el padre hubo de cambiar el modesto empleo de jefe de estación por un puesto administrativo en la oficina del ferrocarril, peor pagado.

Arambarri cuenta cómo en Madrid sus profesores le auguraban que no tendría grandes progresos en su carrera de pianista porque le faltaba disciplina, pero suplía esa carencia a base de talento y desparpajo. El mismo talento y desparpajo con el que 'salvaba' en las pruebas a las jóvenes cantantes en los momentos en que fallaban una nota durante un examen. Luego, se lo cobraba 'en especie'. El mujeriego Argenta ya daba muestras de su carácter en la adolescencia.

El libro.

El libro.

Su padre murió y los muy modestos ingresos de la familia se redujeron. El piano que había ganado en un concurso tuvo que ser inmediatamente malvendido para ganar unas pesetas. Aguantó poco en un empleo casi de caridad en la oficina del ferrocarril, se trasladó a Lieja a tomar unas lecciones de profesores como Armand Marsick –primer director de la Sinfónica de Bilbao–, regresó a Madrid para trabajar como pianista repetidor en el teatro Calderón y terminó colaborando con Salvador Bacarisse en un programa musical en Unión Radio.

La guerra lo sorprendió en el balneario de Mondariz, en Pontevedra, donde iba a tocar con un grupo. Con dificultades logró salir de allí y se instaló en Segovia, donde fue alistado por los nacionales. En ese momento, a nadie le preocupó que hubiese formado parte de algunas asociaciones artísticas y gremiales durante la República, un hecho que habría de pasarle factura más tarde.

En Segovia se casó con Juanita Pallares, su novia desde la adolescencia, con la que tendría cuatro hijas y un hijo, Fernando, gran divulgador de la música clásica. Apenas unas semanas después de la boda, otro golpe de mala suerte. A causa de una infección tiene que ser ingresado en el hospital de Palencia. La fiebre le sube tanto que está al borde de la muerte. Acababa de superar esa crisis cuando alguien lo delató, acusándolo de «marxista». En aquel tiempo, la carga de la prueba en un caso de esos recaía sobre quien se defendía y no quien acusaba, de manera que pasó cuatro meses en la cárcel de Segovia y luego fue sometido a un proceso tras el que le dejaron en libertad pero con la anotación de que «no era falangista» y resultaba «peligroso».

Un pianista alemán lo animó a ir a su país, para que supliera sus carencias técnicas y de esa forma dar impulso a su carrera. Lo hizo, con otro golpe de mala suerte: llegó a Alemania, sin hablar nada de su lengua –y apenas unas pocas palabras sueltas de francés e inglés– y en el momento en que ya no parecía tan claro que la guerra fuera a ser corta. Vivía en Postdam, cerca del palacio de Sans Soucci, tenía contactos con los mejores artistas de su tiempo, daba conciertos como pianista y ganaba un buen dinero, aunque no podía enviar nada a su familia, que vivía con grandes estrecheces. En 1942 dirigió una orquesta por primera vez en aquel país y en junio toda la familia se reunió en Alemania. De nuevo, un mal momento, porque ya eran habituales los ataques de la aviación aliada.

Montaje de algunas grabaciones sobre fotos de Argenta.

Cuando volvieron a España, el músico estaba flaco y demacrado como un Quijote doliente. Los médicos le aconsejaron que dejara de tocar el piano porque su organismo no soportaría el esfuerzo físico necesario para ello. Fue entonces cuando decidió seguir la carrera de director. Y aquí aparece la contrapartida de la buena suerte. La Orquesta Nacional estaba entonces en pleno proceso de formación y Argenta consiguió subirse a ese podio.

No fue fácil porque el mundo de la cultura –y más en concreto de la música– era entonces un reino de taifas donde unos protegían a otros a costa de tratar injustamente a los demás. Argenta estaba en mitad de ese fuego cruzado. Pero ya había llamado la atención fuera de España y su debut en París fue crucial para que se multiplicaran las ofertas. Tanto es así que su agenda se convirtió en imposible salvo para un superhombre, en un momento en que las facilidades para el transporte no eran las actuales. Su salud volvió a resentirse hasta el extremo de que pensó seriamente dejar la Nacional para dedicarse a dirigir en el extranjero, sobre todo porque tenía muy buenas relaciones con la Orquesta de la Suisse Romande y su nombre sonaba para sucesor de Ernest Ansermet. No renunció a nada y fue otro grave error.

En 1956, enfermó gravemente de tuberculosis. El director, que medía 1,86, llegó a pesar 56 kilos. Un esqueleto. Estuvo muchos meses alejado de los podios. Vio el rostro de la muerte, pero apenas cambió sus costumbres. Siguió fumando grandes habanos, trabajando a destajo y atendiendo todas las peticiones que le llegaban. En otro orden de cosas, no renunció tampoco a aventuras extramatrimoniales que él tomaba como divertimentos, juegos que para nada ponían en entredicho el amor que sentía por su esposa y su profundo sentido familiar. Arambarri cuenta que en una ocasión comentó: «Cada vez que dirijo 'Don Juan', todas las mujeres de la sala siente un orgasmo». La frase suena a exageración, pero era muy consciente de su enorme atractivo. La biógrafa del músico recupera el testimonio de una amiga que aseguraba que «no había mujer que se le resistiera: pianista, cantante, violinista; rubia, morena, joven o mayor; alta o baja. Todas caían rendidas ante su personalidad».

Una de ellas fue Sylvie Mercier, que lo conoció en Santander cuando tenía 16 años (y él, 38). Aquellos días de enero de 1958, Mercier estaba oficialmente tomando unas lecciones de piano del maestro. Cuando acabaron la sesión del lunes 20, decidieron continuar en la casa de la sierra, seguramente para evitar la mirada inquisitiva de los hijos. Fue el final.

A su muerte, la viuda recibió una pensión ínfima porque en la Administración el cargo de director de la Nacional no figuraba con coeficiente alguno de cara a esa prestación. Varias veces reclamó una compensación, pero la petición fue desestimada. Algo que no puede atribuirse a la suerte, sino a un comportamiento administrativo que Arambarri califica de «ofensivo» para con la familia del genio desafortunado.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate