El Correo

Glenn Gould, el heterodoxo

Glenn Gould.
Glenn Gould.
  • Un libro recopila entrevistas y textos del pianista canadiense, un genio a medio camino entre el ascetismo y la extravagancia

Uno de los mejores pianistas de la Historia consideraba poco interesante la obra para teclado de Schubert, Chopin, Schumann y Liszt; rebajaba la calidad general del catálogo de Mozart; prefería no tener que interpretar nada de Chaikovski, Rachmaninov o Grieg (pese a tener con este una lejana relación de parentesco) y sentía un escaso aprecio por la música francesa. Además, su carrera como concertista profesional duró menos de diez años y luego se retiró a grabar discos, la experiencia que, a despecho de las opiniones de todos sus colegas, consideraba realmente auténtica en lo artístico. De aquellos conciertos públicos se recuerda la silla que utilizaba para ponerse al teclado, mucho más baja de lo habitual, y que con frecuencia llegaba a la sala de conciertos envuelto en un grueso abrigo y con bufanda aunque fuera verano. Por supuesto, hablamos de Glenn Gould (Toronto, 1932-1982), de quien acaba de aparecer un libro que recopila textos y entrevistas en las que explica algunas de sus extrañas costumbres y sus heterodoxas opiniones artísticas. Hasta el título del libro comparte esa heterodoxia: 'Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico' (Ed. Acantilado). La edición corre a cargo de Bruno Monsaingeon, que lo filmó en más de una ocasión.

El libro es una magnífica aproximación a la personalidad de Gould a través de sus propias palabras. De esa forma, el lector descubre que, detrás de algunas de las llamadas 'rarezas' del pianista existía una razón. Por ejemplo, cuando nadaba con unos manguitos de látex que le cubrían hasta los codos, lo hacía porque padecía un problema circulatorio. Ese asunto relativo a la salud está detrás también de la costumbre de meter las manos en agua caliente antes de salir a tocar.

Su famosa silla le permitía el desarrollo de una técnica peculiar, ajena a todo lo que los estudiantes de piano han ido aprendiendo a lo largo de la Historia, como se recoge en el libro de Luca Chiantore. Solo tenía un inconveniente, y de él habla en el libro: no le permitía hacer los fortísimos como es debido. Por ello, no tocaba Chaikovski, aunque de todas formas su música para teclado -incluido su celebérrimo primer concierto, caballo de batalla de todo pianista- le parecía mal escrita. En cambio, las obras sinfónicas le gustaban mucho.

Tocando las 'Variaciones Goldberg', un año antes de su muerte.

Amante de la tecnología, Gould pasó los últimos años de su vida grabando sus obras favoritas en versiones discográficas que se han convertido en verdaderos objetos de deseo para sus admiradores. Pocas veces repitió alguna de ellas - al contrario que otros extraordinarios pianistas, y Martha Argerich es un buen ejemplo, que graban las mismas obras varias veces a lo largo de su vida-, con la excepción de las 'Variaciones Goldberg', una partitura a la que prestó una luz nueva.

En la sala de grabación se transformaba. Para él, la verdadera creación estaba en lograr la versión que quería con exactitud milimétrica. Si era la suma de varios registros 'pegados', daba igual. Lo importante era el resultado. En cambio, no se sentía del todo a gusto en el escenario.

Odiaba el rock, apreciaba el jazz solo en dosis muy pequeñas, sus compositores favoritos eran dos tan alejados en el tiempo como Bach y Schönberg y... creía que tocaba mejor el piano cuanto menos ensayaba con él. Otra herejía para quienes consideran - la casi totalidad de los intérpretes- que un solo día sin tocar ya se nota en una interpretación. Lo explica bien en el libro: Gould estudiaba la partitura en su cabeza. Y solo cuando la tenía ya completamente asimilada se sentaba ante el piano. Nunca demasiado tiempo. Tanto es así, que en algunas entrevistas asegura que nunca había tocado mejor una obra que cuando llevaba días, incluso semanas, sin acercarse a su instrumento.

Gran lector - le encantaban T. S. Eliot, Thomas Mann, Kafka y los rusos del siglo XIX-, amante de la música romántica pero no para tocarla, ascético en muchas de sus costumbres, estaba convencido de que la carrera de concertista es incompatible con una vida familiar y por eso no quería casarse. Tampoco lo hizo tras su retirada de los escenarios. Cuando le preguntaron cuáles eran los dos compositores contemporáneos más sobrevalorados lanzó otra de sus opiniones heterodoxas, quizá incluso extravagantes: Stravinski y Bartók, dijo.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate