El Correo

'La casa de las miniaturas', de Jessie Burton

Portada del libro.
Portada del libro.
  • Una joven contrae matrimonio con un rico comerciante de Ámsterdam a finales del siglo XVII y recibe el singular regalo de una impresionante casa de muñecas

Una joven hija de una familia con más abolengo que dinero contrae matrimonio con un rico comerciante de Ámsterdam que le dobla la edad. La boda es un acto sin relieve y sin fiesta, porque el esposo parte de inmediato a atender sus negocios. Un mes después, la muchacha llega a su nueva casa. Su marido sigue ausente, y cuando por fin regrese al hogar, continuará sin hacer acto de presencia en la alcoba conyugal. Mientras, la joven soporta el trato distante y altanero de su cuñada, la presencia inquietante de un esquivo criado negro y el tono a veces lenguaraz de la doncella.

Un día, recibe un regalo de su marido: una enorme casa de muñecas que de inmediato empieza a decorar recurriendo a un miniaturista. Hasta aquí, la historia con la que la británica Jessie Burton ha debutado en la novela es real. Petronella Oortman, que así se llamaba la muchacha, existió, estuvo casada con Johannes Brandt y este la obsequió con una casa que ahora se expone en el Rijksmuseum. A partir de ahí, ‘La casa de las miniaturas’ contiene una trama que ya elude los hechos reales. En cambio, lo que es también del todo verídico es el ambiente de vicio y corrupción moral imperante en una ciudad volcada en el comercio y en amasar y consolidar fortunas. Jessie Burton ha obtenido numerosos premios con esta novela y se ha convertido en una verdadera superventas en su país, derrotando a J. K. Rowling. El libro se ha traducido ya a 34 idiomas y está previsto que la BBC realice una miniserie.

‘La casa de las miniaturas’ es un drama con todas las de la ley. Una historia intensa de amor, sexo, hipocresía y codicia. La casa de muñecas ejerce de ‘macguffin’ para hacer avanzar el relato, pero el eje del mismo es en realidad la descripción de la vida en Ámsterdam a finales del siglo XVII. Una vida con virtudes públicas y vicios privados, porque tras esas ventanas sin visillos de las elegantes casas a la orilla del canal Herengracht se concentra el hedor moral que el párroco de la Oude Kerk, la vieja iglesia situada en el centro de lo que hoy es el Barrio Rojo, denuncia cada domingo. Los fieles lo escuchan con atención, pero olvidan todo en cuanto salen del templo. Eso sí, no dudan en sumarse con entuasiasmo al linchamiento de quien sea pillado en falta. Humano, muy humano.