El Correo

Crítica de 'La Bella y la Bestia'

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Tráiler de la película.

  • La película de Disney, protagonizada por una pareja hueca, es pan de oro sobre cartón piedra

¿Dónde está el contraste, la atracción animal entre opuestos, la violencia del original? Lo que queda del terrorífico cuento de hadas de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont es un espejismo del brillante musical compuesto por Alan Menken y Howard Ashman con evidentes cojeras de ritmo y subtramas paralelas que desvían la atención sobre la pareja hueca formada por Dan Stevens y Emma Watson. Pan de oro –en forma de CGI y capas de maquillaje VFX– sobre bostezos y cartón piedra que solo vibra cuando Luke Evans entra en escena para rebosar de carisma y negatividad un arquetipo sin el cual la película no tendría ninguna razón de ser, porque lo ocurre en el castillo maldito donde Bella ha sido raptada de los brazos de su padre, es una tosca ceremonia de cortejo resuelta desde la primera secuencia.

El empeño en el subrayado de la corrección política (el personaje interpretado por Josh Gad), y la lectura de un ortopédico manual de buenas prácticas para la visualización del empoderamiento femenino resultan en una historia de amor hablada en un lenguaje infantilizador que lejos de alertar a las espectadoras sobre los indicadores del machismo decide ignora esa amenaza.

Más allá de saldar la deuda con su ascendente disneyana (Gary Trousdale, Kirk Wise, 1991), 'La Bella y la Bestia', de Bill Condon, ofrece modestas dosis de asombro que encajan en el paisaje rutinario de lo espectacular como piezas intercambiables de una oleada de readaptaciones que se ha cobrado su pieza mayor en forma de una oda al conformismo más recalcitrante. Ni la anticlimática puesta en escena de la famosa escena del baile, ni los flashbacks metidos con calzador para añadir textura dramática a una teatrillo de la obviedad en el que las voces de Emma Thompson, Ewan McGregor e Ian McKellen libran varias batallas por su cuenta.

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