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Las sillas musicales

Las sillas musicales

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Si el amor se sustenta en una inocente (y a menudo infundada) idealización del otro, y se extingue cuando en la otra mitad descubrimos el reflejo de nuestras miserias, qué mejor elección que el de un hombre/mujer en coma como depositarios de un rosario de expectativas que no serán defraudadas hasta que esa otra parte despierte de su letargo. El argumento de ‘Las sillas musicales’ puede parecer ridículo, pero no lo es más que los poemas inspirados por musas imaginarias.

Con una mujer torpe y desorientada como príncipe de un desconocido con el que tropieza arrojándolo por accidente a un vertedero, la debutante Marie Belhomme fecha la inmadurez en un entorno próximo a los cuarenta, cuando aparecen los primeros síntomas de derrota en la carrera de fondo hacia la estabilidad emocional. Ahora bien, dudo que ‘Las sillas musicales’ hubiese sido posible sin Isabelle Carré, una actriz que borda un papel casi en las antípodas de las chicas burbujeantes y misteriosas que han servido de estímulo a una larga hornada de comedias románticas americanas. Ella es una chica insegura que falsea su edad y su estado de ánimo mientras trata de darle sentido a una vida en la que el trabajo es un viaje de humillación en humillación. Música y animadora de cumpleaños infantiles, en un accidente fatal Perrine encuentra la oportunidad de invadir el espacio vital y sentimental del tipo al que ha mandado a la cama de un hospital. Atrapada en una serie de enredos que darán pie para que Belhomme construya gags en los que se combinan efectividad y sencillez, Isabelle Carré enamora con la interpretación de una de esas mujeres anónimas que todos tenemos en nuestro entorno, Amélies decepcionadas con un arquetipo que las obligaba a fingir un estado de felicidad permanente.

Buena carta de presentación para una directora que destaca por su transparencia, concreción y sencillez.