El Correo
La señorita Julia

La señorita Julia

  • Teatro filmado

Los aficionados al teatro apreciarán sin duda esta nueva adaptación cinematográfica de la obra homónima del genial dramaturgo sueco August Strindberg, escrita en 1888. Los amantes del cine no tanto. ¿La razón? Sencillamente, porque la cineasta noruega Liv Ullmann (en su día una de las musas del director Ingmar Bergman) se ha olvidado de actualizar la obra en términos visuales. Además, traslada la trama a Irlanda, con lo cual pierde de alguna forma el ambiente claustrofóbico nórdico propio de la obra en cuestión. Así que Ullmann se limita a filmar de manera correcta el ‘tour de force’ interpretativo de Jessica Chastain y Colin Farrell.

La primera da vida a una aristocrática mujer, mientras que el segundo encarna a un joven sirviente con ansias de poder. Ambos juegan con fuego y de este duelo surge la crítica política, la guerra de sexos, la violencia psicológica y la servidumbre social. De hecho, la fuerte señorita Julia está educada como un hombre, mientras que el lacayo es tan despiadado como servil. Pero, de los dos personajes principales se puede sacar la siguiente conclusión: Los sueños de los más ricos bien pueden ser los mismos que aquellos de los más pobres.

En su momento August Strindberg sufrió indiscriminadas acusaciones de misógino, ya que llegó a escribir, «el culto a la mujer es el reducto supersticioso de los librepensadores». Y, al tiempo que se declaraba agnóstico, llegó a decir, «para mí que no creo en el más allá, mi hija era una garantía de inmortalidad, era para mí la única cosa eterna». En realidad, la naturalista obra de Strindberg rompía con la tradición romántica dominante en la época, por lo que se convertía a ojos vista en un peligroso revolucionario. Temas, ideas, reflexiones que permanecen agazapadas en los entresijos de la película, resuelta con una lentitud exasperante por la bienintencionada realizadora Liv Ullmann.