Muere Joseba Fernández, el guardián enamorado de Gaztelugatxe

Joseba Fernández se dedicaba en cuerpo y alma al cuidado de San Juan, una labor que veía «reconocida» por sus vecinos./MAIKA SALGUERO
Joseba Fernández se dedicaba en cuerpo y alma al cuidado de San Juan, una labor que veía «reconocida» por sus vecinos. / MAIKA SALGUERO

Joseba Fernández llevaba 39 de sus 87 años cuidando con mimo la ermita. Había recorrido medio mundo por mar, pero decía con orgullo que «no hay un sitio como San Juan»

Hizkuntze Zarandona
HIZKUNTZE ZARANDONA

Hoy el cielo ha despertado parcialmente nuboso en San Juan. Tímidos rayos de luz alumbran la ermita en honor a Joseba Fernández, su fiel guardián, que ha fallecido en un accidente de tráfico. Era su cuidador más veterano. A sus 87 años vivía por y para su pasión, Gaztelugatxe. Ayer, después de acudir a su cita con el médico por la mañana, volvió a visitar el templo de sus amores. De regreso a Bermeo, sobre las 10.30 horas, el 'Renault Modus' que conducía, se salió de la calzada. Los sanitarios no pudieron hacer nada por salvar su vida.

Joseba nació en Bermeo, en el seno de una familia acomodada. Sensato, entusiasta, entrañable cascarrabias y valiente. En el pueblo era una eminencia. Toda su vida se ha dedicado al negocio familiar, una empresa de barcos de arrastre. EL CORREO le entrevistó en 2016 y repasaba su peripecia vital.«De joven salía a la mar con dos buques congeladores que teníamos y, al cabo de los años, ya me quedaba en tierra y me encargaba de atenderlos para que estuvieran siempre a punto». Recordaba con gran cariño las maniobras frente al peñasco que realizaban los barcos cuando salían a faenar solicitando la protección de San Juan. Todavía hoy se puede ver este 'espectáculo', un privilegio a nuestro alcance que conviene descubrir.

Debido a los achaques, Joseba llevaba varios años sin subir la enrevesada escalinata -un vía crucis de 241 peldaños- que separa el peñón de tierra firme. «Tengo problemas de corazón y los médicos me han recomendado que no suba escaleras. Yo me acerco aquí y atiendo a la gente, limpio la carretera y el acceso…». Pero no le importaba. A él le valía con encargarse de todo el papeleo y explicar a todos los turistas que en cuanto hiciesen 'cumbre' debían de tocar tres veces la campana de la ermita. «Todo aquel que viene tiene que ir directo y hacer las peticiones al santo. Yo solía tocar tres veces, pero hay quien le da trece y de tanto tocar, una vez se rompió», recordaba.

Joseba era un padre loco con sus dos hijas, a las que transmitió su pasión. Viudo desde hace tres años, vivía con ellas, y les agradecía enormemente el cuidado que le dedicaban. «Bihotza y Mirelu seguirán preocupándose por San Juan cuando yo no esté. Lo tengo clarísimo. Están muy metidas y para mí es un auténtico orgullo», decía con gran cariño. Y es que Joseba no conocía otro lugar tan especial. «En el barco viajé mucho y he conocido muchos sitios, pero como San Juan, ninguno. Si no lo hubiese conocido, mi vida no habría sido igual. Le tengo fervor, un cariño terrible», decía muy emocionado.

Todas las mañanas se acercaba a la oficina que tenía en Bermeo y se encargaba del papeleo, de contactar con entidades, de las idas y venidas a diferentes administraciones, de organizar las bodas... Todo lo gestionaba él. «La víspera apunto las tareas que tengo para el día siguiente, porque la cabeza ya no me da para todo», decía en la entrevista. En ningún momento contempló la opción de jubilarse. «¿Y qué vas a hacer, pues? Con algo se tiene que entretener uno».

Para él, San Juan de Gaztelugatxe era mucho más que un islote que llama la atención de los turistas. Era el tesoro de su vida. Un flechazo que surgió en su niñez. «Siempre que venía le decía a mi madre que me comprase "sapatos" -decía con entonación en euskera-, porque luego utilizaba la caja para traer la comida y pasar el día. Me encantaba estar aquí horas y horas», recordaba con una amplia sonrisa. Por aquel entonces no se imaginaba que acabaría cuidando de ese rincón que le tenía maravillado.

Una eminencia en Bermeo

10 de octubre de 1978. Una fecha que tenía marcada a fuego en su memoria. Unos vándalos incendiaron el templo y arrojaron la imagen de San Juan contra las rocas. «Solo quedaron las cuatro paredes. Fue muy triste. Ramón Mendizabal, un cura de nuestra cuadrilla, propuso crear una comisión para recuperar la ermita. Ese mismo día empezamos a limpiar todo y con la ayuda de un arquitecto y un aparejador comenzamos la reconstrucción», rememora. Casi dos años después terminaron los arreglos y el 24 de junio de 1980, el día de San Juan, se inauguró el nuevo templo, el mismo que ahora contemplan los excursionistas.

Desde entonces hasta ahora, las obras y reparaciones no han cesado. Bien lo sabía Joseba. «La última avería grande fue durante los temporales de 2014. Un rayo nos quemó toda la instalación. Rompió las bases del tejado en el interior de la ermita y quemó toda la electricidad, hasta la de las escaleras», recordaba con resignación. ¿Y los pararrayos? «No funcionan aquí. Al resto de los voluntarios siempre les suelo decir que en cuanto vean un nubarrón... cierren la puerta y se marchen. Aquí no están seguros».

Solía llevar consigo una hoja manuscrita en la que se leían todos los costes que acarrea San Juan: «Arreglo de las escaleras, 34.000 euros; reparación del suelo de la plaza de la ermita, 28.000; focos, barandilla de acero inoxidable... Recibimos subvenciones del Gobierno vasco y la Diputación, pero no nos llega. De nuestro bolsillo tenemos que pagar 28.000 euros, así que nos toca andar pidiendo...». Joseba buscaba todo tipo de fórmulas para hacer frente a la factura, aunque algunas no tenían demasiado éxito: «El día de San Juan vendemos unos 6.000 escapularios. También he instalado una hucha soldada dentro de la ermita donde pone: 'Sacar fotos, 1 euro'. El otro día me senté allí para ver cuántos echaban y de 20 que pasaron, echaron dos...», decía resignado.

Las bodas también han sido una fuente de ingresos. En 2016 se casaron allí casi una treintena de parejas, varias extranjeras. Anécdotas a Joseba no le faltaban: «Algunos tienen cada cosa... es terrible -recordaba con humor-. Vinieron unos novios franceses para hacer el reportaje de boda, me pidieron el número de cuenta y todavía estoy esperando el ingreso. Otros recién casados de Italia me marearon para que les dejase entrar hasta abajo con el coche y luego me pidieron la dirección para mandar unas chocolatinas de su pueblo... no han llegado. Supongo que se habrán derretido».

Resulta muy difícil imaginar San Juan de Gaztelugatxe sin Joseba Fernández. La cuadrilla de bermeotarras que le ayudaban trabajando desinteresadamente tomará su relevo y seguirán cuidándolo con mimo. Por San Juan. Por Joseba.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos