La magia real inunda Gernika

Melchor, Gaspar y Baltasar poco antes de subir al tren camino de Gernika/Maika Salguero
Melchor, Gaspar y Baltasar poco antes de subir al tren camino de Gernika / Maika Salguero

Sus Majestades de Oriente conquistaron a niños y mayores en una cabalgata con masiva afluencia de público pese a la lluvia

JULEN ENSUNZAGernika

Sin hacerse esperar demasiado y con buena cara pese a la pertinaz lluvia y el cansancio acumulado por el largo viaje realizado hasta alcanzar Euskadi. Así acudieron sus Majestades de Oriente a su cita anual con los niños y mayores de Gernika. Repartiendo besos y saludos a todo el mundo. Conscientes de que no podían perder ni un minuto –tenían una agenda de lo más ocupada en Busturialdea y Lea Artibai– eligieron una vez más el tren para desembarcar a la hora marcada, poco más de las seis de la tarde. Saben, después de tantos años, que la puntualidad, salvo causa mayor, es una de las señas de identidad de la línea de ferrocarril que discurre por Urdaibai.

En los aledaños de la estación de la villa foral les esperaban impacientes cientos de vecinos para acompañar a la cabalgata. El pitido del convoy procedente de Bermeo fue la señal que todos esperaban. «¡Ya vienen, ya vienen!», apuntaba Aner saltando de alegría sobre los hombros de su padre al ver asomar al fondo as luces de las antorchas que portaban los pajes. Nada mas dejar el andén para enfilar la calle junto a su séquito y las bailarines de Ross Dantza Eskola, Melchor, Gaspar y Baltasar fueron recibidos entre vítores.

«Yo soy de Baltasar desde pequeño y quiero un selfi con él», aseguraban Ander y Paul junto a su cuadrilla de amigos. Finalmente cumplieron su sueño y no desaprovecharon la oportunidad de recordar a su «querido» rey mago que pasase «sin falta» por sus casas a la noche. «Hemos sido buenos», lanzaron. Casi, casi a la carrera, sus Majestades de Oriente se subieron en las carrozas para comenzar la cabalgata. Y es que la amenaza de lluvia obligó a la organización a recortar el recorrido y no había tiempo que perder aprovechando que había escampado.

Los carruajes de Melchor y Gaspar simulaban castillos, mientras que Baltasar, como no podía ser de otra manera, apostó por uno mucho más exótico y lleno de colorido. Simulando una gran cola de pavo real en el respaldo del trono y dos grandes colmillos de elefante en la parte delantera, despertó la admiración del público. «¡Caramelos Melchor, caramelos!», gritaban niños y mayores al paso de la caravana por la abarrotada calle Don Tello.

Los más ingeniosos, para no tener que agachar la cintura, optaron por abrir los paraguas del revés a fin de cazar todo aquello que caía a su alrededor. Al pequeño Mikel –dos años–, sin embargo, la lluvia de golosinas le pilló algo desprevenido en los brazos de su padre y uno de los dulces impactó sobre su cabeza. «Hemos venido desde Ibarrangelu, aunque por ahora es más de Olentzero», reconocía el progenitor, mientras intentaba consolar a la criatura.

A Bermeo en barco

La lluvia volvió a hacer acto de presencia en la recta final del recorrido, justo cuando los Reyes Magos dejaban la calle San Juan y enfilaban Aretekalea en dirección a Foru Plaza, donde se sacaron fotos con los pequeños y recogieron las cartas de los más rezagados. Su mensaje previo desde el balcón de la Casa de Cultura fue claro, una llamada a la reflexión y la solidaridad con los más desfavorecidos. «Vamos a intentar dejar todos los regalos que nos habéis pedido, pero recordad que hay muchos niños en el mundo que no tienen nada y también son felices. ¡Pensad en ellos!», sentenció Melchor.

Gaspar fue más breve con el micrófono y menos profundo en su discurso. Tras animar a los niños a «compartir las cosas» les pidió que se fueran pronto a la cama y también que dejaran «los zapatos bien limpios para poner los presentes», apuntó. Con anterioridad a su paso por las calles de la villa foral, los Reyes Magos sacaron unos minutos de su apretada agenda para acudir también a las dos residencias de la localidad y repartir caramelos entre los mayores.

En Bermeo, sus Majestades de Oriente, contra viento y marea, cumplieron con la tradición y llegaron por mar en la embarcación de la Cruz Roja. Pusieron pie en tierra en el muelle del Artza donde les esperaban sus lujosos carruajes y acompañados de un gran séquito apuraron el recorrido hasta donde la climatología se lo permitió.

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