cONFIRMAMOS QUE SE PUEDE VIVIR DEL AIRE

El Piscolabis

Creer que la calle en la que vimos nos pertenece es la antesala del suicidio económico

JON URIARTE

Falta la firma y sello de la OMS pero podemos confirmarlo: Se puede vivir del aire. Y sin salir de Euskadi. Ni de Bilbao. Tres buenas bocanadas y se acabó el comer. Eso deben pensar quienes ponen zancadillas al turismo. Sobre todo en un lugar que apostó por convertirse en ciudad de servicios y lleva cuatro días en ello. Qué rápido nos hemos hartado. No me refiero solo a los cretinos que manchan de pintura las oficinas de turismo o proponen acciones contra los visitantes. Esa chusma es basura. Cómo serán de estúpidos que todos los partidos les han criticado. Alguno con matices, pero nadie lo defiende. Salvo los lerdos que las ejecutan y suben a Internet y quienes les jalean. Aunque hay otros ciudadanos más sibilinos. Luego iremos a ellos. Antes hablemos de la idiotez de moda. Joder al turista.

Es la ocurrencia más imbécil desde que alguien en la Prehistoria creyó que era buena idea poner el pie bajo la pata de un mamut. Cierto que hay regiones donde se vendieron al turista macarra y ahora están pagando el precio de la avaricia cortoplacista. O que hay tierras en las que entra un veraneante más y se salen por los bordes. A eso hay que sumar prácticas, ilegales o alegales, que convierten el ocio visitante en problema. Bueno, no todos. Que los alquileres suban y no haya forma de dormir bajo techo no solo es culpa del foráneo. También, y sobre todo, de quien cobra un dineral por breves estancias. Y, casi siempre, en negro. Ojo que esto viene de viejo. Recordemos la frase «hacer el agosto». Lo que nos lleva a los años de turismo provinciano.

No había verbena en la que no asistiéramos a peleas entre los chavales del pueblo y los veraneantes. Que si nos quitan las chavalas, que si son pijos… Por el lado visitante tampoco ayudaban. A lo que deberemos añadir que en muchas localidades, también aquí, algunos comerciantes cobraban más al foráneo que al autóctono por una barra de pan. O puestos, como en cierta villa cántabra, hacían pagar al veraneante, y solo a él, todas las mejoras urbanísticas con impuestos desorbitados. Costó entender que una cosa es turismo sostenible y otra paletismo insostenible. Y en estas llegó la crisis industrial y buscamos reinventarnos. Había que cambiar el chip para esquivar la miseria. Además, como no hay mal que por bien no venga, se acabaron los humos.

Arreglar calles y mejorar en limpieza estaba bien. Y crear zonas verdes y paseos. Pero hay mucho experto de barandilla. Gente que lo critica todo. El Guggenheim nació bajo protestas y manifestaciones, muchas de ellas de personas que ahora sacan pecho como si el éxito del museo y su efecto fuera cosa suya. Algunos no lo olvidamos. Sobre todo quienes nacimos y vivimos en esa zona. Recuerdo a un vecino de Mazarredo que se quejaba de que ese monstruo le iba a quitar las vistas. Ojo que también se lo escuché a la madre de un famoso presentador de televisión sobre el BEC. Que la zona se revalorizara, su casa ganara enteros y el barrio pasara de dormitorio de contenedores a lugar de referencia era lo de menos. Qué rápido olvidan algunos que en Uribitarte los yonkis vendían los radiocasettes que robaban y se trapicheaba con droga. Y que en los 80 Mazarredo, Lersundi, Ajuriaguera o Heros habían perdido su antiguo esplendor. Pero pasaron los años y la cosa quedó coqueta. Con su perrito de flores y todo. El titanio dio brillo a Bilbao en general y a esta zona en particular. Había un problema, no lo neguemos. Aparcar. Además eran pocos los garajes. En Iparraguirre, por ejemplo, hasta la plaza San José solo hay dos. Total que la villa fue cambiando. Hasta que un buen día el ayuntamiento sopesó peatonalizar la parte de la calle Iparraguirre que da al museo. Y surgió la polémica. Una de tantas. No es políticamente correcto y sé que me generará problemas. Pero estamos para hablar claro. Y eso pasa por mostrar mi preocupación por un nuevo fenómeno. Las asociaciones y colectivos vecinales.

Lo hacen con la mejor intención, pero algunos sentimos una inquietud que crece al ritmo de sus acciones. Hoy cierran una discoteca o un pub y mañana evitan una peatonalización. Hasta aquí no parece que sea un problema. Pero sí. Bilbao no es nuestro. Somos de Bilbao, que es diferente. Vivir en una zona o barrio no quiere decir que sea nuestro. También del resto. Y, por supuesto, abierto al visitante. Eso dicta el sentido común. Siguiendo con el 'Guggen', hay quien debe creer que el museo es eso que han puesto para que paseemos con hijos, nietos o perros. Y claro, los turistas molestan. No al principio. Eran pocos y hacían gracia. Pero cuando no puedes tomar tranquilo donde siempre un pote o un cortado, empiezan a cabrear. Y si ríen o hablan fuerte mientras están en las terrazas, dan asco. Por eso algunos vecinos piensan que peatonalizar la calle supondría problemas de acceso a garajes, gente ocupándolo todo, orines en los portales… lo que viene siendo el Armaggedon. Al menos así lo aseguran estas asociaciones. Ah, falta otro detalle. Más bares. Y por ahí no pasamos. Que los tasqueros son Golums que solo piensan en hacerse con un tesoro. Lo de que paguen impuestos es lo de menos. Y que la economía de todos dependa de todos, da igual. Hay quien cree que su pensión viene de lo que cotizó en su día y no de lo que cotizan otros ahora. O no entienden que el comerciante, el hostelero y el sector del turismo, directa o indirectamente, acaban pagando nuestro sueldo y nosotros el de ellos. Así es el puñetero sistema, aunque a alguno no le entre en la cabeza. O quizá lo que quieren es que vivamos en los mundos de Yupi y recojamos chiribitas.

Lo intento. Pero no logro vivir del aire. Y no queda otra. Por un lado están los delincuentes que, con tal de quemar contenedores o hacer pintadas, se apuntan a la última moda del terrorista fashion. Y por otra, quienes quieren vivir en Bilbao como si fuera una cabaña en el monte o en el monte con los servicios de Bilbao. Que el metro llegue a mi puerta pero que el fosterito le tape las vistas al vecino. Que haya Aste Nagusia pero que las txosnas sigan en el Arenal. Si salgo una noche que el pub esté cerca, pero suficientemente lejos para que no perturbe mi sueño. Las terrazas bien, aunque en otra zona. Si el ayuntamiento monta actividades que sean las que me gustan y en el horario que me convenga. Siguiendo con el ejemplo de Iparraguirre, bueno sería que hubiera menos zona azul y más verde, para que los vecinos puedan aparcar y quien vaya de paso utilice los parking públicos, que para eso están. Y obviamente, que las normas de ruidos, horarios y usos se respeten. Por cierto, Ledesma es peatonal y no tiene botellón. Pozas sigue abierta a los coches y sus aceras son, cada vez más, asentamientos de litronas. Lo que echa por tierra algunos argumentos. De hecho, Jardines de Albia ha sido un macrobotellón inaceptable. ¿Siguiendo esa teoría había que eliminar los parques para que no haya botellones? Lo que habría que exigir es responsabilidades a las autoridades que han mirado y miran, incomprensiblemente, para otro lado. Porque para eso están las leyes y el sentido común. Pero eso no quiere decir que tengamos que convertir Bilbao en un balneario o en un jardín de infancia y que las calles tengan el mismo ambiente que un asilo.

Una cosa es defender nuestro hábitat y otra crear reinos de taifas que lo acabarán dominando todo. Porque pasaríamos de vivir según decisiones de políticos a hacerlo bajo las, acertadas o desacertadas, de un puñado de vecinos. Y preocupa. A los primeros les votamos. O no. Pero se pueden cambiar. En cambio los segundos nacen por generación espontánea. No se trata de peatonalizar o no una calle. Ni de cerrar un local o quitar unas canastas. Sino de algo más inquietante. Al final tendremos que pasear, disfrutar y actuar según sus normas. Lo siento, soy pesimista. Da igual ser turista o vecino. No queda a dónde ir. Los posibles destinos son peligrosos, pobres, intransigentes, horteras o aburridos. El mundo no tiene arreglo. Si Robinson Crusoe hubiese nacido ahora, al tercer mes le habría echado por un acantilado a Viernes. Y es que no hay nada como vivir solo… y del aire.

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