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El Gobierno sanciona el alquiler de una VPO como piso turístico

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PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Una comunidad de vecinos es un ecosistema en frágil equilibrio que se ve sometido, de un modo inevitable y cruel, a las pasiones humanas y las dramáticas corrientes de la historia. Una comunidad de vecinos es Gaza, Alsacia y Lorena, los Sudetes. Todo a la vez. Eso cuando las cosas no van mal. Porque en ocasiones las circunstancias sociales confluyen para complicar aún más la convivencia. Piensen, por ejemplo, en el auge del bricolaje y la popularización de los taladros inalámbricos. Los efectos de aquello todavía estallan hoy en las reuniones de propietarios. Con los pisos turísticos, pueden pasar cosas incluso peores.

El consejero de Turismo anunció ayer que se ha abierto un expediente sancionador contra el beneficiario de una VPO en Sopela que la alquilaba a través de Airbnb. La sanción puede llegar a ser doble y contundente: 10.000 euros por el lado turístico exento de registro y otros 40.000 por lo de la protección oficial, que es sin duda lo peor: recuerden que las VPO, además de trastero y garaje, tenían, en teoría, un fin social.

Al parecer, en Sopela todo se destapó por una «denuncia anónima». Y aquí llegan las malas noticias para la economía colaborativa en su versión chanchullera. Los vecinos también pueden llegar a colaborar, pero con el Gobierno. Si exceptuamos comunidades francamente originales, es imposible que un piso turístico pase desapercibido. Porque uno puede ser de naturaleza despistada, pero dos noruegos en sandalias y cargados de maletas no es algo que se te pasa por alto en el cubículo del ascensor. A partir de ahí, no resulta difícil comprobar si el piso del vecino expone la identificación que exigirá el Gobierno vasco o si, como ya exige el Ayuntamiento de Bilbao, está situado ese piso en la única planta permitida: la primera.

Que el propietario del piso de Sopela sea al parecer un candidato local de Bildu en las últimas elecciones municipales redobla la importancia del factor humano. La política es lo único que le puede faltar a la asechanza vecinal. Casi puedo imaginar al propietario de la VPO, tras detectar miradas en el descansillo, preguntando en las asambleas del último verano si de verdad era necesario estar hablando todo el rato de lo de la turismofobia y la gentrificación. «¿Y el fracking, chicos? ¿Por qué no nos centramos en el fracking?»

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