Casting de Gran Hermano en Bilbao: «Haré el salto del tigre, el mono y lo que haga falta»

Una de las aspirantes.
Una de las aspirantes. / Fotos: Manu Cecilio y Jordi Alemany

Unos 500 aspirantes esperan durante horas a las puertas del Hotel Meliá este martes para impresionar al jurado que preselecciona a los aspirantes a participar en la 18 edición del concurso

Jesús J. Hernández
JESÚS J. HERNÁNDEZ

Son las doce en punto de la mañana del martes y acaban de llamar al aspirante número 100 en el casting de Gran Hermano. La cola da la vuelta al Hotel Meliá y se pierde por Zubiarte envuelta en sueños efímeros y trajes pensados para llamar la atención. Abundan los adolescentes al borde de la mayoría de edad, pero no faltan los que han soplado ya 40 velas y cincuentones de espíritu jovial. El número 100 se llama Diego, tiene 20 años y ha convencido a una amiga para que le acompañe. «Llevamos desde las ocho menos cuarto aquí. Se ha hecho largo. Creo que ha habido gente que se ha quedado a dormir», asegura. Tras cuatro horas de espera, este fan del programa de Telecinco está dispuesto a dar lo mejor ante el jurado, que hoy recala en Bilbao en su gira de grandes ciudades por España. «No me pierdo una gala desde hace siete años y cada día me gusta más». A Irene la convenció él para apuntarse. «Al principio me dejaba llevar por las críticas de todo el mundo pero, después de verlo, supe que tenía que apuntarme».

No todos los que hacen cola tenían el casting a tiro de metro. Entre los 500 participantes que han pasado su prueba de fuego, muchos han recorrido cientos de kilómetros para estar aquí. Los gemelos Durán Pelayo han salido a primera hora de Santander. «Toda la vida nos ha gustado esto y queremos probar la experiencia». A Cristan y Omar les atrae la idea de «coincidir con gente desconocida y vivir sin saber nada del exterior». Traen en la manga una sorpresa para el jurado que se niegan a desvelar. «Somos fans desde Gran Hermano 10». De eso hace ocho años y a esas alturas sus padres aún decidían lo que podían ver en la tele.

«Voy a hacer el salto del tigre, el mono y lo que haga falta para entrar en Gran Hermano». Con ese espíritu indomable entra en escena Marina, una bilbaína de 44 años. «Vengo para ganar», advierte. Trabajadora de seguridad «de toda la vida», el paro le ha dado el último empujón para apuntarse. Sueña con irse Bilbao con su novia, Adriana, una empresaria de «quiromasajes y osteopatía» que se define como «emigrante española en Amsterdam». «¡Esta es muy cansina!» advierte a quien quiera escucharla entre risas.

En la cola hacen tiempo tirándose selfies mientras esperan que una trabajadora del programa les abra las puertas de su nueva vida. La bermeana Sarai Rivero, de 26 años, está lista para dar «un gran cambio a mi vida». «Conocerme más como persona. La vida es un reto, ¿no?», se pregunta. Comparte charla con María, una donostiarra de su edad que comienza a verlo cerca: «Lo que más me frena es que luego todo cambia y la gente habla de ti».

«Confidencial»

Pese a lo que pueda parecer, no todos son fans del programa. A Lilian González, expresentadora de una televisión local y locutora de radio, la han apuntado sus amigas hace tres días. «30 años, cambio de década y de etapa, toca revolución», bromea. Nadie diría que lleva tres horas de espera ahora que se zambulle sonriente «en una experiencia más para ver lo que pasa». Confía en que no le pregunten mucho por los entresijos del programa. «No soy seguidora de Gran Hermano. Solo lo he visto el primer año».

El veterano Manuel Ángel ha aterrizado en el Meliá desde San Vicente de la Barquera «por casualidad y por ver si hay suerte». Se ha levantado a las cinco de la mañana y casi acaba en San Sebastián. «Me he perdido una barbaridad, me lo han dicho en el peaje». «Me veo con posibilidades pero esto es una lotería», reconoce con esa madurez que dan los años. Fernando Fernández Moro (21 años) llega desde Salamanca con tres amigos que no se presentan. «Si gano los 200.000 euros, nos iremos de viaje», les promete con solemnidad. «Hacer cosas nuevas» y «romper la monotonía» son sus aspiraciones aunque le agobia la idea de «vivir tanto tiempo en un espacio tan pequeño».

De cinco en cinco, van pasando a una prueba que dura unos 15 minutos. Ángela Linares, 31 años, resopla al acabar. «He llegado a las siete de la mañana. Es confidencial lo que nos preguntan pero va sobre tu vida», relata. Sus ojos confirman que el programa «es un sueño». Y añade: «Yo quiero entrar porque todo el mundo me dice que no podré». Quizá ella tenga suerte.

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