La bola

El Ayuntamiento de Bilbao promueve las esferas gigantescas

La bola
Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Lo reconozco: Tania Doris. Fue lo que pensé al enfrentarme por primera vez a la enorme bola de Navidad que el Ayuntamiento de Bilbao ha colocado frente a sí, al comienzo del Campo Volantín, junto a la ría. Es una bola enorme, blanca, brillantísima. Su naturaleza exagerada tiene algo festivo y espantoso, burbujeante, cabaretero. Eso explica (espero) que al verla lo que apareciese en mi cabeza, descendiendo unas enrevesadas escaleras neuronales, no fuese Santa Claus, sino una vedette refulgente de brillos y plumas sicalípticas. ¿Que por qué esa vedette era Tania Doris y no algo más moderno, qué sé yo, Dita Von Teese? Pues por el franquismo, claro. Como todo.

El objetivo inmediato de la bola navideña municipal es decorativo. Su objetivo secundario es mucho más fino y perverso. Consiste en atraer a la gente para que se introduzca en el interior del volumen esférico. Venid, venid, entrad, acercaos. El reclamo que aguarda en el interior de la bola es poderosísimo, casi irresistible: la posibilidad de hacerse un selfi rodeado de lucecitas. Al ver lo maquiavélico de la celada, y una vez que Tania Doris ya había abandonado mi escenario cerebral, comencé a pensar que aquello, en realidad, era una trampa. Alguien debía de estar vigilando desde el Ayuntamiento. Por la ventana, tras los nobles cortinones, acariciando con el índice un botón rojo. Lo pulsaría, cerrando automáticamente las puertas de la bola, cuando entrase en ella el ciudadano que no paga las multas o hace chistes con lo de la ciudad de valores. A continuación, ese ciudadano caería por una trampilla y terminaría en alguna dependencia secreta. A su lado, aún engrilletado, un esqueleto perteneciente a la era Gorordo. Piénsenlo: teniendo el edificio consistorial un salón árabe, tampoco será tan raro que tenga unas mazmorras turcas.

Sin embargo, esta teoría mía resultó no ser cierta. Yo mismo pude comprobar cómo uno de esos ciudadanos poco ejemplares (no daré pistas aquí sobre su identidad) entraba en la bola gigante sin que nada malo le ocurriese. La verdad es que no tuve ningún problema para salir. Lo más curioso de todo es que la bola gigante de la Navidad está al lado de la Variante Ovoide de la Desocupación de la Esfera. Y uno se va de allí agradeciéndole a Oteiza, por primera vez y por comparación, la modestia, el pudor, la armonía, la discreción.

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