Bizkaia necesita niños

Es el lugar de España donde las mujeres tardan más en tener hijos, una situación que el Gobierno vasco quiere corregir con «un pacto de país»

Aner y Unax (24 días) no tienen hermanos. /FOTOS: YVONNE FERNÁNDEZ
Aner y Unax (24 días) no tienen hermanos. / FOTOS: YVONNE FERNÁNDEZ
Carlos Benito
CARLOS BENITO

Si pudiésemos viajar a la Bizkaia de hace cuarenta años, nos sorprenderían muchas cosas. A los más jóvenes, porque les descubrirían un país que solo conocen por referencias, tan distinto al actual que llega a tener algo de exótico; a los mayores, porque los cambios graduales hacen que las nuevas realidades se vayan superponiendo a las antiguas sin que nos demos a veces mucha cuenta. Por eso, al emprender mentalmente esa expedición a los comienzos de la democracia, vamos prevenidos para algunas diferencias obvias (las carreteras llenas de ‘Renault 5’ y ‘Seat 127’, la contaminación perpetua sobre el Gran Bilbao, la inexistencia de artilugios de ciencia ficción como móviles u ordenadores...), pero rara vez pensaremos en una de las transformaciones más profundas de nuestra sociedad: en las calles de aquella Bizkaia había muchos, muchísimos más niños.

En 1975, según las tablas del Eustat, se contabilizaron en el territorio 22.075 nacimientos. Era lo normal en aquella época: si sumamos los vizcaínos que vinieron al mundo en el 75, el 76 y el 77, nos salen casi 67.000. El año pasado, en cambio, las estadísticas recogieron 9.151 nacimientos. Para alcanzar aquella cifra que en los 70 se acumulaba en tres años, han hecho falta los últimos siete ejercicios. La caída de los nacimientos fue un fenómeno común a todo el mundo desarrollado, pero aquí (en toda España, en Euskadi y, en concreto, en Bizkaia) se experimentó de manera particularmente brusca, como un corte abrupto en la dinámica de décadas: entre 1977 y 1987, los nacimientos se redujeron a la mitad. A partir de aquel año, además, se empezaron a registrar cifras por debajo de diez mil, un listón simbólico que se volvería a superar entre 2006 y 2012, los años en los que se hizo notar la llegada masiva de inmigrantes, pero que ahora, en otro ciclo descendente, contemplamos de nuevo como una meta muy difícil de alcanzar. Nuestra tasa de natalidad en 2016 fue de ocho niños por mil habitantes, cuatro décimas menos que la guipuzcoana y punto y medio por debajo de la alavesa. En las tablas del INE, Bizkaia es la única provincia donde la edad media de las mujeres que tienen su primer hijo se sitúa por encima de 32; en aquella sociedad de hace cuatro décadas, superaba por poco los 25.

Eunate (9 años).
Eunate (9 años).

A nadie se le escapa que esta evolución de la natalidad es un reflejo de otros cambios radicales en la estructura de la sociedad: las madres de hoy suelen llevar vidas muy diferentes a las de hace cuarenta años y han tenido que adaptar la maternidad a esa nueva manera de ser mujeres, con una actividad laboral que a menudo convierte cada hijo en un reto, una bola más en unos malabares que ya antes resultaban complicados. A ello hay que sumar factores como la dificultad que encuentran muchos jóvenes para emanciparse y, por supuesto, el compromiso dispar de hombres y mujeres en la crianza. Además, por mucho que incrementemos la fecundidad, las cifras absolutas de alumbramientos de antaño seguirán siendo inalcanzables, ya que los padres de hoy son los hijos de aquella época de nacimientos escasos: es decir, hay menos padres y madres que hace unos años.

Pero el índice actual de 1,33 hijos por mujer (similar a la media española y por debajo del alavés y el guipuzcoano) plantea problemas de todo tipo. «La situación es muy preocupante –analiza Sara de la Rica, catedrática de Economía en la UPV–. El efecto de estos cambios comienza a vislumbrarse en la edad adulta, 20 o 25 años después, cuando esas cohortes mucho más pequeñas entran en el mercado laboral. Desde hace ya casi una década, la escasez de personas jóvenes es un hecho en Euskadi, y este fenómeno seguirá siendo un hecho inevitablemente en la próxima década».

Menos de los deseados

El Gobierno vasco ha identificado este asunto como una de sus prioridades. La consejera de Empleo y Políticas Sociales, Beatriz Artolazabal, insistió hace una semana en la urgencia de un «gran pacto» que permita mejorar las tasas de natalidad. «Más allá de lo relacionado con las pensiones y con la necesidad de recursos humanos de las empresas, la política del Gobierno vasco está dirigida a que nuestra sociedad tenga su continuidad garantizada y nuestra ciudadanía tenga las hijas e hijos que desee», desarrolla la consejera. Los investigadores del Sociómetro Vasco preguntaron el año pasado cuántos hijos querrían tener los ciudadanos si estuviesen libres de condicionantes laborales y económicos: el 45% respondió que dos y el 32% que tres o más, unos porcentajes que convierten la tasa de 1,33 hijos por mujer en la expresión numérica de un fracaso social.

Las frases

Beatriz Artolazabal. Consejera
«Es algo que no se hará en tres días, requiere un importante cambio cultural y social»Sara de la Rica Economista
Sara de la Rica. Economista
«Debemos ir hacia el modelo europeo de horarios laborales, que permita conciliar»
Unai Martín. Sociólogo
«Exige una gran inversión. Si no, tendremos políticas de parche o mediáticas, como las actuales»

El Gobierno vasco elabora actualmente su nueva estrategia y espera presentar en el primer trimestre de 2018 su cuarto Plan de Apoyo a las Familias. El anterior concluyó en 2015, y la evaluación realizada por el propio Ejecutivo autonómico ha reflejado varias de sus carencias: de los 307 millones de euros presupuestados para ayudas por nacimiento y mantenimiento de hijos, solo se gastaron 130; de los 205 millones para ayudas a la conciliación, se ejecutaron 136. La comunidad vasca destina un 0,72% de su PIB a estas prestaciones, frente a una media europea del 2,4%, aunque en esa proporción tan escasa influyen también las competencias del Gobierno central. En marzo, cuando el Ejecutivo de Urkullu anunció su propósito de incrementar en un 50% las ayudas por el segundo hijo antes de 2020, las asociaciones de familias restaron trascendencia a la novedad, al manifestar que se limitaba a compensar el «recorte encubierto» realizado hace dos años.

El futuro plan, según avanza la consejera, contemplará «acciones para mejorar las condiciones de las familias con hijos», que en gran parte son «medidas de sentido común, elementales» para garantizar la atención a los pequeños. Ahí interviene el «pacto de país» en el que han de implicarse los distintos estamentos de la Administración, pero también patronales, sindicatos y otras organizaciones. «Es algo que no se hará en tres días, pero que es necesario iniciar de inmediato –resume Artolazabal–. Estas iniciativas requieren un importante cambio cultural y social, hacia un carácter más abierto, evolucionado, igualitario y positivo». ¿Hay algún país que sirva de modelo? «Solemos fijarnos en los nórdico especialmente los comunitarios Suecia y Finlandia, por sus buenas prácticas, y en ciertos aspectos de Francia. También Holanda y Bélgica ofrecen iniciativas de interés, pero quizá el modelo más completo sea el de Francia». El país vecino puede presumir de una tasa de fertilidad asombrosa, de 1,96 hijos por mujer: es la más elevada de toda la UE (donde la media es de 1,58) y la última que ha superado en algún ejercicio la frontera mágica del 2, rozando la tasa de reemplazo de la población.

«Por supuesto que Euskadi debe fomentar la natalidad, pero los resultados se verían a largo plazo –asiente Sara de la Rica–. A más corto plazo, hay dos opciones que, en mi opinión, se deben contemplar. La primera es fomentar que las mujeres alrededor de los 30 años no abandonen el mercado laboral para el cuidado de sus hijos. Debemos ir hacia el modelo europeo de horarios laborales, que permita a hombres y mujeres conciliar su empleo con su familia. Y la segunda medida pasa por atraer jóvenes de otras regiones y países. Eso exigirá sin duda mejorar las condiciones laborales. Es muy urgente abordar la situación».

Ayudas sin efectos

Más allá de las secuelas indeseables del envejecimiento en la protección social, con esa bolsa común de la que muchos sacan y en la que pocos meten, cada vez se coloca más el acento sobre los derechos reproductivos, el ‘tener los hijos que se quieran tener’. Expertos como Unai Martín, sociólogo e investigador de la UPV, incluso refutan las advertencias más frecuentes: «No es verdad que las pensiones peligren por culpa de la natalidad, es ridículo pensar eso con las tasas actuales de paro juvenil: una mayor natalidad solo habría creado un paro mayor», argumenta. Pero sí recalca la necesidad de contemplar la crianza como un bien social cuyo coste debe ser compartido por la Administración: «Tenemos una estructura social tremendamente antinatalista que hace que las personas no puedan materializar sus deseos reproductivos. Una política que remueva los obstáculos actuales exige una gran inversión: si no entendemos eso, terminaremos con políticas de parche o mediáticas, como las actuales, sin apenas efectos en la natalidad. Hay que dejar de hacer cosas que se ha demostrado que no funcionan, como las ayudas directas por nacimiento, y elaborar una política estructural que vaya a las causas del déficit: vivienda, condiciones de empleo de los jóvenes, igualdad de género, educación de 0 a 2 años...».

También son expertos en todo esto, por vía directa, los padres de familias numerosas, que se muestran igualmente escépticos sobre el efecto que pueden tener las simples prestaciones económicas: «Unas ayudas u otras no fomentan la natalidad: hace falta un cambio cultural y social. Tenemos que hacer la apuesta todos, poner toda la carne en el asador y no ser cortoplacistas», plantea Natalia Diez-Caballero, directora de Hirukide, la Federación de Asociaciones de Familias Numerosas de Euskadi. Tener hijos, afirma, «no está de moda», hasta el punto de que los miembros de su colectivo se han llegado a sentir «un poco denostados» por su opción contra corriente. ¿No tiene algo de heroico criar cuatro o cinco hijos en esta sociedad nuestra? «A veces te lo dicen, pero no es heroísmo: es poner en la balanza de prioridades otros valores. Supone una renuncia a tu tiempo y también una renuncia económica, pero no cambiarías por nada el tener esa personita a tu lado. Te puedes arrepentir del coche que has comprado, hasta del trabajo que tienes, pero no de los hijos».

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