Bilbao recupera el espíritu de los viejos astilleros

Los voluntarios trabajan en la reconstrucción del bote. /Ignacio Pérez
Los voluntarios trabajan en la reconstrucción del bote. / Ignacio Pérez

Varios voluntarios construyen un bote auxiliar del 'Portu' en el Museo Marítimo

Jesús J. Hernández
JESÚS J. HERNÁNDEZ

Dicen que el último barco botado en los Astilleros Euskalduna fue el enorme mercante 'Bijelo Polje', que partió hacia la antigua Yugoslavia en septiembre de 1984. Pero la historia oficial quizá guarde un epílogo sorprendente. Una pequeña embarcación acaba de nacer en el mismo dique, aunque su tamaño sea mucho menor. Es un bote auxiliar de madera en el que trabajan desde hace meses una veintena de voluntarios, bajo la dirección de Jon Ispizua, uno de los últimos supervivientes de la carpintería de ribera.

Este grupo heterogéneo sigue escrupulosamente unos planos encontrados en un cajón olvidado del Museo Marítimo. Son documentos originales, los mismos que sirvieron en 1902 para construir el ganguil 'Portu', una nave destinada a Altos Hornos y que se encargaba de recoger la escoria del cauce. El 'Portu' fue curiosamente la primera embarcación botada en los astilleros. Y ahora los voluntarios tocan con sus manos la madera de una réplica exacta de su bote auxiliar, que tienen la intención de inaugurar solemnemente. «Servirá para enriquecer el 'ganguil'», que está expuesto en el dique seco, porque es «un barco de trabajo y poco vistoso», explica Ispizua, que estuvo empleado diez años en un astillero bermeano.

«Nuestra idea es un taller abierto por obras», revela Jon Ruigómez, director del Museo Marítimo y promotor de esta novedosa iniciativa, que quiere recuperar el viejo oficio de los calafates. Tienen ya acotada una futura zona expositiva que recreará un taller de ribera tradicional vizcaíno. «Tenemos una amplia colección de herramientas cedidas por un astillero. Algunos útiles del oficio habían desaparecido», admite Ispizua. Habla de la azuela –una herramienta que tiene una lámina cortante que sirve para desbastar– y los hierros de calafatear, una especie de cinceles que ayudan a meter la estopa en las juntas. El proyecto «servirá para conservar los barcos que tenemos de forma asumible, gracias a los voluntarios, alumnos de Formación Profesional y de la Fundación Peñascal, y siempre con la supervisión de profesionales».

La mayoría de los voluntarios son gente mayor, relacionada con el mundo del mar y que dispone ahora de bastante tiempo libre. Restauradores de museos, aficionados a la carpintería y marineros jubilados, entre otros. Los martes y jueves por la mañana, los modelistas retocan sus maquetas en la planta baja del museo, en la zona situada a la derecha del acceso principal. El resto de la semana, los voluntarios toman las instalaciones, aunque algunos van solo por la tarde o los días que pueden.

Javier Sánchez Eguíluz, de 62 años, se apuntó poco después de aceptar una jubilación parcial como restaurador del Museo Vasco. «Lo más difícil fue entender los planos, pasar del papel a la realidad. Yo he trabajado mucho la madera, pero a otra escala. Allí con bisturí sobre piecitas y aquí a lo grande», resume. A su lado trabaja Xabier Amezaga, de 61 años, que navegó desde los 21 años por media Sudamérica con buques petroleros. «Yo sabía la teoría, porque estudié náutica, pero me faltaba la práctica. Aquí hemos empezado desde cero y es un lujo».

Una moneda de 1937

Han respetado las viejas tradiciones marítimas. El bote lleva en la proa dos figuritas religiosas de plata (la Virgen de Begoña y la del Carmen) y en la popa una moneda, concretamente una de dos pesetas acuñada por el Gobierno vasco en 1937 y donada por un voluntario. «Se quería que los santos guiasen el barco y que la moneda atrajera el beneficio económico, porque la pesca entraba por la popa», recuerda Ispizua. Cuando acaben este primer proyecto, se atreverán con un pequeño bote de vapor y sueñan con construir una lancha de pesca que se hizo en 1903 en Euskalduna. «No queremos hacer barcos por hacer, porque nuestro plan es darles uso dentro de lo posible», anuncia Ruigómez. Y es que quieren verlos algún día por la ría.

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