Los árboles de las familias necesitadas se llenan de regalos

Varios niños, con sus regalos./MANU CECILIO
Varios niños, con sus regalos. / MANU CECILIO

La Fundación Gota de Leche, en colaboración con la Parroquia de San Felicísimo y los franciscanos de Irala, entregan 970 juguetes a 200 niños en el Hotel Indautxu

MARTÍN IBARROLA

Por segundo año consecutivo, la Fundación Gota de Leche se ha asegurado de que ningún árbol de Bilbao pase las navidades sin regalos. Unos 200 niños –más del doble que la pasada edición– esperaban esta mañana en el Hotel Indautxu a que apareciese el Olentzero, que ha repartido un total de 970 juguetes. Entre lloros, risas y miradas nerviosas, los menores de la Villa que viven en riesgo de exclusión han recibido una dosis de ilusión, o dicho de otra manera, balones, tableros de ajedrez, muñecos, sonajeros, pompas de jabón y muelles saltarines. Cada uno de los pequeños, de entre 1 y 12 años, se ha llevado a casa una bolsa de la Fundación Athletic con hasta cuatro regalos en el interior.

Personas nacidas en Bilbao, otras que llegaron hace pocos años, madres solteras, padres con ocho hijos... Esta iniciativa, financiada con la recaudación de la lotería solidaria de Navidad, ha convocado a las familias necesitadas que frecuentan la parroquia de San Felicísimo de Deusto y la comunidad de San Antonio de los Hermanos Franciscanos de Iralabarri. Sus coordinadores, el padre Román y el hermano Toño, se mostraban contentos de poder ayudar a la gente «que vive situaciones muy complicadas en estas fechas». Precisamente, los religiosos creen que esa «inestabilidad» ha provocado que muchas familias no pudieran llegar al encuentro, aunque los organizadores aseguran que harán llegar los regalos a sus casas igualmente.

«He trabajado toda mi vida, pero desde que di a luz a mi hija, todo se ha vuelto muy difícil. Soy madre soltera y encontrar un trabajo que se adapte a los horarios escolares de la niña no es fácil», explica Verónica Serban, una madre rumana de 28 años que llegó a Bilbao hace una década y ahora vive con su hermana y su madre. «Menos mal que tengo la niña más guapa y buena del planeta. Intento que no sepa cuándo estoy triste, y días como este no cuesta tanto. Lleva ya unos días esperando los regalos del Olentzero», explica Verónica, mientras su hija le abraza las piernas sin poder ocultar una sonrisa de emoción. «Si no fuera por esto, solo tendría la muñeca que le regaló mi hermana».

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