Anclas, droga, pistolas... y cabezas decapitadas

Los buceadores del GEAS, además de cuidar de los vestigios históricos, inspeccionan infraestructuras críticas y buscan fallecidos y pruebas de delitos

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

Es día de inspección y la soleada mañana de otoño, sin pizca de viento y con el mar como un espejo, hace pensar a los profanos que puede ser un día óptimo para ver con claridad lo que se esconde bajo las aguas. ¿O no? «Nunca se sabe...», indican los efectivos del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas que van a realizar la revisión. Son cuatro -aunque sólo se sumergen dos, ya que otro es el patrón y el cuarto un buceador de seguridad- y siguen a la embarcación de Salvamento Marítimo Provincial por El Abra, donde hay otros seis miembros de la Guardia Civil. Al cabo de unos minutos, llegan a un punto donde reposa un mercante hundido. «Es aquí», dicen. Paran los motores y señalizan el punto con una boya. Los GEAS se sumergen y, a la media hora, salen. Todo en orden. «El mar trabaja mucho», indica uno de los efectivos del cuerpo. Pero sólo han apreciado eso, los cambios naturales. Nadie ha tocado nada.

«Hoy se veía muy mal, sólo a unos 17 centímetros. Muchas veces tienes que ir palpando, por eso vamos los dos cogidos, por si hay algún problema», dice Alberto Hernández Girón, guardia civil del GEAS. En los días de mejor visibilidad, pueden apreciar mejor «anclas, cañones, ánforas... y monedas, pero muy pocas veces», y también cómo los barcos hundidos se han convertido en auténticos biotopos, con peces y algas reclamando esos dominios que ha dejado la historia bajo el mar. «Al final, son arrecifes. Entre los restos vemos morenas, congrios y hasta coral, pero no como el de las pelis, ¿eh?», describen los GEAS. ¿Algún susto con alguno de esos peces de dientes afilados y mal humor? «Noooo, la vida submarina no es agresiva, es defensiva», aclara Hernández. En ocasiones, según afirman, ven escenas maravillosas... y otras veces no tanto. Porque el fondo marino es una caja de sorpresas. «Te puedes encontrar cualquier cosa. Motos, carros de la compra, cajas de Coca-Cola que se habrán caído de algún barco...», enumera Jaime Beltrán López, sargento jefe del GEAS de La Rioja.

«'A palpas'»

Esta actividad se suma a otras tareas que lleva a cabo este grupo, como la inspección de infraestructuras críticas -las de combustibles-, la vigilancia frente a actividades terroristas, el rescate de personas, la seguridad de competiciones deportivas y las labores de Policía Judicial Subacuática, es decir, la búsqueda de pruebas que han acabado en ríos, en pantanos y en el mar. Fardos de droga que lanzan los delincuentes antes de ser pillados, cuchillos y pistolas usados para cometer asesinatos... «A veces se ve tan poco que se tarda una hora en inspeccionar 15 metros y lo haces prácticamente 'a palpas'», indican los buceadores, que, al volver a tierra, se desprenden de su equipo mientras repasan anécdotas de su trabajo. «Una vez, en un pantano, buscando armas de un crimen, casi a ciegas, se encontró una cabeza, decapitada», desvelan. Y lo más sorprendente: no estaba relacionada con ese crimen. «Debajo del agua, no sabes qué te vas a encontrar. Cuando buscas algo concreto y lo encuentras, el corazón se dispara», aseguran. No es una afirmación poética, es una verdad biológica que se recoge en la monitorización de sus constantes vitales.

Según indican los miembros del GEAS -que no tienen edad de jubilación mientras sigan pasado las pruebas físicas a las que les someten cada tres meses, «algo que no pasa en ninguna unidad de España»-, la fuerza física es fundamental para desempeñar su trabajo, pero aún más la mental, ya que a veces bucean en condiciones penosas y claustrofóbicas y han de sacar cuerpos de personas fallecidas que han permanecido sumergidas. «Estas situaciones requieren mucha psicología. Durante las búsquedas de fallecidos, puedes ser tú el que acabe con la incertidumbre de los familiares, con los que puede que hayas entablado relación», indican los GEAS Beltrán y Hernández. Es lo peor de su trabajo, ¿verdad? Ambos se miran y tratan de explicar con palabras algo que quizá sea difícil de entender: «Sí y no. Es algo muy duro y una alegría a la vez, una mezcla de ambas cosas -afirman-. En los casos en los que la familia ya asume que la persona desaparecida está fallecida, el hallazgo del cuerpo es para ellos un descanso y el final de una tensión terrible».

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