El Correo

Cierra Casa Jesús, el bar donde los jamones colgaban a la vista de los clientes

Los jamones ambientaban la barra con el aroma a grasa.
Los jamones ambientaban la barra con el aroma a grasa. / E. C.
  • Las tasca de Gordóniz hizo historia con una barra repleta de gildas, cuadraditos de tortilla de patata y montaditos de bonito picantes

Casa Jesús se ha ido de la misma manera que el café La Granja: sin previo aviso. Bajó la persiana hace unos días tras colgar en el escaparate un cartel con un teléfono de contacto y dos palabras que atenazan la existencia de numerosos bares y restaurantes: ‘Se traspasa’. Otra leyenda ha vuelto a caer en desgracia en una ciudad que se ha acostumbrado a despedir históricas enseñas de la hostelería.

El establecimiento del número 6 de la calle Gordóniz era una de las barras señeras de Indautxu. Con casi medio siglo de historia, fue una de las últimas grandes tascas que aún quedaban en pie. Poseía una estampa quizá algo demodé, pero conservaba el sabor de lo auténtico. Para muchos, era el bar ‘de los jamones’. Una hilera de ‘patas’ ibéricas bien ordenaditas colgaban del techo desparramando un embriagador aroma a grasa sobre la misma barra. El jamón fue el principal ingrediente de este negocio familiar, pero no el único. Entraba por la vista porque colgaba ante los ojos de los clientes, pero el local hizo fama con sus tostas, cuadraditos de tortilla de patata bien fresca y jugosa, montaditos de bonito con divisa y, por supuesto, sus populares gildas, embajadoras de la casa.

El espectáculo de los hielos

Siempre muy picantes. Lo normal era salir de esta taberna con la lengua ardiendo, pero con unas ganas locas de volver. Casa Jesús era un espectáculo a la hora del vermú, cuando los cuatro camareros mostraban su destreza y comenzaban a lanzarse los hielos con las pinzas. Milagrosamente todos caían en el interior de los vasos.

Fueron muchos años repitiendo una escena a la que se entregaban con una estética como ya no se ve en la villa: con impolutas camisas blancas y fajas rojas. Una iconografía muy bilbaína que rendía culto a otra fiesta: la de los toros. Miles de aficionados tomaron por costumbre hacer una parada a la salida de Vista Alegre tras las corridas de agosto. Si entrar era una misión imposible del gentío que había dentro, siempre quedaba la posibilidad de tomar algo apoyados en los toneles de fuera, donde la clientela fumaba a gusto o bien le daba a la sangría en las calurosas tardes de verano.

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