El Correo

Un error policial impide aclarar una desaparición en Basauri durante 15 años

Vista de la playa de Sopela donde apareció el cuerpo sin vida de Rubén.
Vista de la playa de Sopela donde apareció el cuerpo sin vida de Rubén. / p. urresti
  • Rubén, que salió de su casa en febrero de 2001, ha permanecido como un cadáver sin identificar en el cementerio de Getxo hasta el 4 de noviembre

Cada vez que entra y sale de casa, su madre dirige su mirada a la fotografía de Rubén. Su retrato está ahí desde hace tanto tiempo que es difícil recordar cuándo lo colocó en la mesa del recibidor. Lo que sí sabe es lo que siente cada vez que lo mira. Hasta hace poco, cada vistazo venía acompañado de sentimientos de angustia, tristeza e incertidumbre que dejaban paso a una pregunta. El mismo interrogante que le ha carcomido durante 15 años, 8 meses y 16 días: ¿Dónde estará mi niño?

La última vez que se vio a Rubén fue el 20 de febrero de 2001, justo el día que celebraba su 21 cumpleaños. Salió de casa de sus padres, en la localidad vizcaína de Basauri, a las once de la noche. Rubén, el mayor de tres hermanos, un chaval cariñoso e inteligente, tal y como le definen quienes le conocieron, dejó una carta de despedida para sus padres. Era una nota inquietante, ya se intuía que algo terrible podía pasar, pero que tampoco era concluyente. Básicamente, porque de forma enigmática dejaba la puerta abierta a ponerse en contacto con ellos en el futuro. Pero se esfumó, como si se lo hubiese tragado la tierra.

A sus padres, como le pasaría a cualquier familia en estas circunstancias, se les vino el mundo encima. Les invadió una profunda preocupación que no dejó de crecer en los días siguientes. Dos días después de encontrar la nota de despedida, acudieron a la comisaría de la Ertzaintza de Basauri para denunciar la desaparición. Les dieron todos los datos de los que disponían. Y se marcharon a casa a esperar noticias. Sus padres, según fuentes de su entorno, acudían todas las semanas a la ertzain-etxea. Preguntaban si había alguna novedad. Si tenían alguna pista. Algo a lo que agarrarse. Y siempre recibían la misma respuesta. «No sabemos nada». La misma contestación hasta que un día un agente les dijo que no hacía falta que fuesen a la comisaría a preguntar, que si había alguna novedad ya se pondrían en contacto con ellos.

Los padres de Rubén, emigrantes que llegaron a Euskadi a mediados de la década de los 60 en busca de un futuro para su familia, obedecieron y se fueron a casa. A esperar. Quizá su hijo, como se decía por Basauri, se había marchado a Brasil en busca de una nueva vida para dejar atrás sus problemas.

El 7 de marzo de 2001, sólo 17 días después de la desaparición de Rubén, una persona encontró un cadáver flotando a diez metros de la playa de Sopela. Este periódico dio la noticia del hallazgo al día siguiente. El cuerpo, que fue rescatado por la Cruz Roja, estaba en un avanzado estado de descomposición y no fue posible identificarlo en ese momento. La Ertzaintza abrió una investigación y el Juzgado de Instrucción número 5 de Getxo inicio las diligencias judiciales para tratar de aclarar lo ocurrido.

La Ertzaintza, según confirman fuentes del Departamento vasco de Seguridad, envió a Madrid las huellas de Rubén. Según un informe remitido al juzgado, la Guardia Civil también trasladó el 22 de marzo al Departamento de Identificación del Instituto Armado varios dedos del cadáver y el pulpejo del indice derecho con el objetivo de que fuesen sometidos a un proceso de regeneración dactilar para lograr su identificación. Pero no fue posible. Y el 15 de diciembre Rubén fue enterrado en Getxo en una tumba sin lápida como un cadáver sin identificar. Sus padres no sabían nada de esto. Todavía no había pasado un año desde su desaparición. Y a veces pensaban que quizá regresaría a casa el día menos pensado.

Malestar

Pero los meses pasaban y Rubén no aparecía. Los años se convirtieron en una década. Hasta que el teléfono sonó el pasado 1 noviembre en casa de sus padres. Era la Ertzaintza. En todos estos años no habían llamado nunca. Unos agentes acudieron a su casa y tomaron unas muestras para cotejarlas. Apenas tres días después, el 4 de noviembre, cuatro ertzainas volvieron a su domicilio a darles la noticia, a explicarles que en realidad su hijo había aparecido sólo 17 días después de que dejase aquella nota de despedida. Habían pasado 5.737 días desde su desparación. 137.688 horas de incertidumbre.

¿Cómo es posible todo esto? Según un informe de la Guardia Civil enviado al juez, la identificación de Rubén fue posible hace escasas semanas cuando, durante un cotejo rutinario, «se detectó» en los archivos de desaparecidos «una denuncia activa grabada recientemente por la Ertzaintza». Fuentes del Departamento de Seguridad insisten en que, a partir de la actualización de los listados y protocolos de desparecidos de los últimos años, la Guardia Civil hizo un «repaso» de los casos que estaban sin resolver y se pudo poner nombre y apellidos al joven basauritarra.

En todo caso, las mismas fuentes subrayan que en 2001 los medios técnicos eran mucho más limitados. Apenas se hacían pruebas de ADN y las comprobaciones de las huellas eran mucho más rudimentarias. No obstante, admiten que, en general, las denuncias sobre desapariciones se llevan «con mucho más rigor» en todos los ámbitos y reconocen que el malestar de la familia es «entendible».

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