Txistularis a la batuta de un alicantino

La Plaza Nueva acogió el evento./Pedro Urresti
La Plaza Nueva acogió el evento. / Pedro Urresti

El Gran Alarde revienta la Plaza Nueva y empapa de sentimiento a 3.500 personas

MARÍA DE CASTRO

Cuando los músicos de la banda municipal de txistularis de Bilbao ocuparon ayer sus asientos en el escenario, la Plaza Nueva ya estaba abarrotada. Encontrar una silla vacía entre las 850 que el Ayuntamiento había puesto a disposición del público resultaba una tarea imposible, así que muchos optaron por encaramarse a muretes y farolas. Quedaban pocos instantes para que arrancase el Gran Alarde de Txistularis, que cada año señala el principio del fin de la Aste Nagusia.

En el momento en que el reloj del frontón de Euskaltzaindia marcó las 13.00 horas, el director José Rafael Pascual extendió su batuta americana y por un instante se hizo el silencio. Ni rastro del tintineo de copas de txakoli y conversaciones expectantes que recorrían el lugar hasta entonces. Después, las notas de ‘Iparragirreren bi kanta’ empezaron a brotar del centenar de instrumentos que se agolpaban en el escenario y se creó una atmósfera casi tan electrizante como el cielo encapotado que se cernía sobre los 3.500 espectadores del acto. Durante una hora, mayores y pequeños se dejaron envolver por las voces de los miembros de la coral de San Antón, que acompañaron al sonido de los txistus, gaitas, metales, guitarra, bajo, batería y teclado. El tono nostálgico que impregnaba el ambiente con las canciones en memoria a Xabier Lete se disipó cuando las artistas invitadas, Maixa e Itziar, aparecieron en el escenario y pusieron al público a bailar a ritmo de trikitixa. «Antiguamente le llamaban el instrumento del infierno, porque la gente se ponía a danzar como loca con ese compás tan acelerado», comentaba un espectador a una joven.

Al anochecer

Cerca de ellos, la txupinera y la pregonera bailaban y correteaban en torno a Marijaia, que alzaba sus brazos al aire junto al escenario. La fiesta estaba en plena ebullición y ni siquiera las gotas de lluvia que empapaban el pavimento poco antes de las 14.00 lograron templarla. Los paraguas brotaban como setas mientras cuatro dantzaris desplegaban su arte entre canción y canción.

La cita aún deparaba más sorpresas, pues una veintena de niños del coro de la ikastola Begoñazpi trenzó sus voces con las de la coral en el tramo final del concierto, donde resonaron los versos euskaldunes de ‘Munduko Loreak’. El momento álgido se produjo cuando los txistus entonaron las primeras notas de ‘Badator Marijaia’ y la plaza se vino abajo.

Hasta el director, José Rafael Pascual, coreaba a viva voz la letra. En los meses anteriores estudió con precisión cada palabra de cada canción, ya que es de Alicante y no domina el euskera. «Es muy importante entender lo que estás dirigiendo», confesaba poco después. Su esfuerzo se vio reconocido en el estallido de aplausos del público, que se puso en pie pidiendo otra. Dicho y hecho. Maixa e Itziar despidieron a la multitud con ‘Iluntzean’ (‘al anochecer’). La canción, que habla de días que languidecen, puso el broche a unas fiestas que, como Marijaia, volverán a renacer.

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