Tarde de toros en la Aste Nagusia de Bilbao: Una corrida espléndida de Domingo Hernández

José Garrido en un molinete de rodillas a uno de su lote en la faena de muleta.
José Garrido en un molinete de rodillas a uno de su lote en la faena de muleta. / FERNANDO GÓMEZ

BARQUERITO

Una corrida de Domingo Hernández muy voluminosa, armada y seria, talluda y ancha, con mucha plaza, las hechuras propias del llamado toro de Bilbao. De prontitud y movilidad notables a pesar de su promedio de 580 kilos. No fue tanta la entrega como la movilidad. Toros de lámina tan pareja que parecieron de una misma reata -todos, salvo el primero, del hierro de Garcigrande-, pero la conducta no fue la misma. Cromos casi al calco. Solo el escaparate. Una prueba de ganadería larga.

El tercero, que se llamaba ‘Treinta y siete’ con letra latina, de muy buena nota, fue el mejor de los seis. Galopó de salida, se empleó de bravo en el caballo y pareció pedir hasta un tercer puyazo después de haber ido al primero corrido y por su cuenta. No hubo otro que tanto se empleara en el peto. Ni siquiera el quinto, que empujó fijo pero solo en el primer puyazo. Ni el cuarto, que tomó una segunda vara testimonial.

Ese tercero arreó en banderillas. El Juli hizo un quite de corte muy oportuno cuando el toro perseguía al banderillero Manuel Larios. Toros tan vivos tienden a descomponerse. No fue el caso. Brindó al público José Garrido, que volvía a Bilbao con la vitola de sus dos importantes triunfos de hace un año. Dos triunfos, por cierto, con toros no muy distintos de este ‘Treinta y siete’: un bravo sobrero de Fuente Ymbro y un toro torrencial de Torrestrella. Temperamentales los dos. Más que el que Garrido tenía ahora delante pidiendo guerra, pero no tanto.

El toro vino a reclamo sin duelo, atacó, humilló y repitió, se empleó con el mismo son en el muletazo largo, abierto o suelto, que en el obligado o de recorte, en la trinchera y en el de pecho, por arriba y por abajo. Y por las dos manos. El ritmo fue constante. Garrido, que se había estirado con cierto desgarro al capear, estuvo muy firme. Tuvo que tomar aire entre tandas a partir de la tercera o la cuarta porque el motor del toro no daba respiro. Una buena tanda con la zurda, tres por abajo y el de pecho. Más a gusto con la diestra, porque el toro no parecía pesar tanto por esa mano.

Planteada fuera de las rayas o entre ellas, estaba la faena hecha y vibrante cuando Garrido decidió seguir. Seguir fue forzar la postura y perder pasos, que antes no. Un aviso antes de la igualada, ¡Ay!, un pinchazo y, soltando el engaño, una estocada con vómito. A las dos fieras del año pasado se las había merendado a bocados Garrido. Tres orejas. El 37, muy aplaudido en el arrastre, se llevó puestas las dos suyas. El estilo y el aire del sexto de corrida fueron la cruz del gran tercero: violento, sonaron los estribos en el caballo de Óscar Bernal, tan buen jinete como piquero, bravucón, encelado con Manuel Larios después de buscarlo por debajo de los vuelos del capote de brega, la cara arriba, viajes inciertos. Pues a este lo tumbó Garrido de una estocada de excelente ejecución.

Sin contar a ese sexto, el de peor nota de la corrida fue el único que llevaba el hierro de Garcigrande, primero de la tarde y enlotado con el de más trapío de los seis, un cuarto que, con menos kilos que los demás, imponía como ninguno y fue ovacionado al asomar. El garcigrande, gazapón y remolón, fue sometido por El Juli a una faena justificatoria pero tensa, de mucho muletear sin que pasara nada. Con el cuarto fue manifiesto el empeño de Julián, que remataba feria. Lances de manos bajas sin eco. Tal vez porque el toreo a la verónica de Diego Urdiales del miércoles ha puesto el nivel imposible.

La faena de El Juli, muy resuelta, y calculada de antemano porque el toro se había picado lo justo, no terminó de romper ni de armarse del todo. Muy bonitas las banderas de apertura, serio el gesto de irse a los medios Julián, y de encajarse, pero el toro, de más a menos, pedía más paciencia o calma que ataques. Los muletazos de trazo largo por debajo del pitón lo dejaron casi seco. Al tercero de serie dejó de llegar. Deriva de la faena: de uno en uno los muletazos. Salvo un gracioso final: por banderas otra vez, dos circulares cambiados y un arrimón previo a la igualada con el que no contaba nadie. Un pinchazo, una entera trasera soltando engaño, un aviso -largo el trasteo- y un descabello. Y corriendo para Almería donde hoy torea la corrida de Zalduendo.

Muy ausente Talavante cortó por lo sano con el quinto, que arreó en banderillas sin freno y parecía una amenaza, y solo se dejó ver en el inicio prometedor de faena con el segundo, a pies juntos, en tres tandas más rehiladas que ligadas, vertical la planta, talones hincados en la arena. Respondió el toro, que fue de los buenos pero reculó cuando sintió a Talavante tan ajeno de repente. Una buena estocada.

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