Román, la gran revelación

Juan Leal sufrió un revolcón en su primer toro.
Juan Leal sufrió un revolcón en su primer toro. / Pedro Urresti

A algunos toros de la corrida del domingo les faltó la nota distintiva de la fiereza de los Miura

BARQUERITO

Los seis toros de Miura fueron aplaudidos de salida. Los seis tuvieron plaza. No sólo porque cinco de ellos dieran en báscula más de 600 kilos. No por el peso, sino por la estampa, el cuajo y toda la traza. Tres cárdenos y tres negros, que se abrieron en lotes distintos. El sexto, Jarrero, uno de los cárdenos, fue de monumental trapío. El más alto de la semana, y el más largo, y uno de los más armados también, pero toro de singular armonía. El último de la feria, pero uno de los mejores si se hace el recuento del casi medio centenar jugado y visto.

A la corrida le faltó la nota distintiva de la fiereza, no a todos los toros de la casa, pero sí a unos cuantos. Chispa fiera tuvo el quinto, zancudo y esbelto, el de hechuras más en miura antiguo -los cuernos anillados tan particulares, muy astifinos pitones- y el de más mutante carácter: de largo vino con velocidad de crucero y descompuesto, y en corto, aunque fijo en el engaño, pegó trallazos al tropezar engaño, y con tanta fuerza que los enganchones se escucharon como choquetazos, porque el toro no topaba, sino que embestía con la cara a media altura.

La nobleza fue norma general. Dejó de ser rareza exótica hace tiempo en la ganadería. Pero pesa la leyenda, que se mantiene viva a la hora de esperar y cortar casi todos los toros en banderillas. Se afligieron tres rehileteros, pero, a cambio, hubo cuatro que se reunieron, cuadraron en la cara, sacaron los brazos y clavaron arriba: Marco Leal, Raúl Martí, Manolo de los Reyes y El Sirio. Seis pares, a quinto y sexto, de gran arrojo. El primero de los dos de Martí al sexto toro fue extraordinario.

Y extraordinario fue el suceso vivido con ese toro: una faena de Román de ritmo, acento, ideas, ajuste y temple nada comunes. Y un toro pronto, ganoso y entregado, que en nobleza ganó a todos. A los de esta miurada y a los tres victorinos de mejor nota del pasado miércoles, que sorprendieron por nobles a casi todo el mundo.

De admirar en la faena de Román fueron unas cuantas cosas. El modo de embraguetarse con un toro de semejante volumen y tan seria envergadura. La colocación, propia de un torero de vuelta y no de ida o recién llegado como él, la propia también de los que conocen el fondo o las variantes de los miuras, y eso que era la primera vez que los toreaba Román. La elección de terrenos y distancias, fuera de las rayas y en paralelo, ni encima ni lejos, ni al hilo ni al pitón contrario. La ligazón, porque no perdió ni un paso, ni se le fue una zapatilla. La firmeza y la soltura. La pureza de abrochar series con el obligado de pecho y no provocarlo. La calma en los toques y remates. Y la gracia natural, que en su caso es reconocido atributo desde su aparición como novillero hace bien poco.

Naturalidad e improvisación

Fue faena por las dos manos, pues por las dos consintió el toro, pero las tandas con la izquierda parecieron de mayor calado. La naturalidad y la improvisación fueron sello del trabajo en dos grandes remates. Primero, ligar el de pecho con un recorte y un desplante de rodillas. Y luego, cuadrar el toro con muletazos a dos manos por alto cosidos con una trinchera y un natural frontal. La espada entró por donde debía y entera. El toro murió de bravo.

La aparente facilidad con que estuvo toreando Román tuvo al principio algo fría a la gente, que se había asustado mucho con el derroche de temeridad de Juan Leal en el quinto toro, pero la música arrancó a tiempo. La mejor música fue, con todo, la de la propia faena. Guinda de un abono de Corridas Generales pródigo en toros de nota pero calidades distintas. Ese toro último fue ovacionado en el arrastre.

No solo la revelación de Román, puesto y sereno con un tercero de corrida aplomado hasta la exageración, ningún celo. También, en otro nivel, la resolución, la frescura y el descaro de Juan Leal, que, temeridades aparte, llegó a torear con exquisito sentido en la distancia corta tanto a un noble segundo que se quedaba a media embestida pero sin buscar como al difícil quinto con el que terminó apostado en distancia cero, jugando a los péndulos y encajándose entre pitones. Muy valiente. Una estocada de jugárselo todo -pitonazo en el pecho- para rendir al quinto fue de la piezas mejores de la tarde.

Entre esas piezas contaron en serio los naturales a cámara lenta que Saúl Fortes le pegó al primero de la tarde, aplomado y desganado, embestidas humilladas perezosas. Una docena de muletazos casi a tenaza. De tremenda seriedad. Por el empaque a suerte cargada. Un cuarto de inmenso porte, altísimo de agujas y de mortecino embestir no dejó a Fortes repetir la jugada.

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