Clásico Urdiales, moderno Roca Rey

Roca Rey remata una serie con un pase de pecho.
Roca Rey remata una serie con un pase de pecho. / Luis Ángel Gómez

Al final del paseíllo se guardó un minuto de silencio por Dámaso González. Destocadas las cuadrillas, en pie la plaza entera

BARQUERITO

Se corrió por la mañana la noticia de la muerte de Dámaso González, el último torero romántico por ser el último cuajado y forjado en las capeas de los pueblos que llegó a figura del toreo. Muletero largo, poderoso y valiente, creador de un sentido renovado del temple, las distancias y terrenos, torero vocacional y, además de todo, gran hombre de bien, de verdad querido y admirado sin reservas por todos sus colegas y por la torería toda. Al final del paseíllo se guardó un minuto de silencio. Destocadas las cuadrillas, en pie la plaza entera. A la memoria del gran Dámaso brindó Diego Urdiales la muerte del segundo toro de la tarde. Ponce hizo un doble brindis del cuarto: primero, al público, y luego, al cielo. A Dámaso.

Desigual de hechuras, abierta de familias, la corrida del Puerto trajo dos toros de soberbio remate, que se llamaban casi igual, ‘Malaguino’ y ‘Malagueto’, segundo y cuarto de sorteo. Para Urdiales y Ponce, respectivamente. El uno superó la barrera de los 600 kilos. El único que lo ha hecho en toda la semana. El otro se plantó en los 560, no estaba tan lleno, era más bajo. El ‘Malaguino’ fue toro mantecoso, cargadísimo de culata, atacado, un cuello más que sobresaliente, seria pero proporcionada la cara. El ‘Malagueto’, que salió con pies, estaba muy astifino pero también recogido.

Si hubo dos y solo dos toros emparentados por la sangre, esos dos fueron. En las contadas ganaderías de encaste Atanasio que sobreviven ajenas a la ola Domecq -El Puerto, Valdefresno, Dolores Aguirre-, se respeta la costumbre de preservar las reatas por el nombre. Los dos toros tuvieron bondad. El cuarto, gran fijeza en el caballo. El segundo apretó de salida, cobró un primer puyazo severo y, aunque brusco de partida y en alguna protesta suelta, se fue dando poco a poco y, no siendo sencillo, acabó entregado. El buen trato de Urdiales fue decisivo: ni un tirón, paciencia y sereno encaje cuando el toro tardeó o desparramó la mirada, o cuando tocó tirar de él casi a tenaza porque fue de son no incierto, pero sí irregular y un punto reservón. Bien construida una faena de series más cortas que largas, ligadas, todas tramadas con las ideas claras y bello el dibujo de los muletazos empastados que fueron la mayoría. Hubo un recorte a pies juntos espléndido. De rancio toreo casi descatalogado. Una buena estocada.

LA FICHA

8ª de las Corridas Generales
Nubes y claros, templado. 11.500 almas. Dos horas y media de función. Un minuto de silencio en señal de duelo por la muerte de Dámaso González. Seis toros de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo Fraile).
PONCE
Saludos en los dos.
DIEGO URDIALES
Una oreja y silencio.
ROCA REY
Silencio y una oreja.

Al cuarto le hizo Urdiales un quite breve de dos delantales y media. De caro color los tres lances. Después del quite y de dos excelentes lances de brega de Mariano de la Viña, el toro pareció el mejor de lo que se llevaba de corrida. El tercero, que sacó genio y se blandeó o dolió en el caballo, se rompió por el tendón la mano derecha y no llegó entero ni a los diez viajes. El primero, molido a capotazos de doma antes y después de varas, muy llorón -no paró de bramar o mugir-, aguantó hasta siete u ocho tandas en paralelo con las tablas y entre rayas. No fue nunca obligado, Ponce le perdió pasos tal vez para tenerlo en la mano o sujeto y por eso la faena fue de tono menor. El toro escarbó a última hora. Rareza de la sangre Atanasio. Un pinchazo sin soltar una estocada sin puntilla.

A ese cuarto de tan prometedor aire le bajó mucho las manos Ponce en una apertura casi en cuclillas de tan abierto el compás y en muletazos que fueron demasiado castigo para el toro. Una tanda segunda de buen dibujo y vertical compostura. De pronto se encogió en gesto afligido el toro, que salió casi roto de los muletazos sueltos de dos intentos discretos con la zurda, se sentó en un tirón y se derrumbó. La música siguió tocando como si tal cosa, el toro tardó en alzarse, perdió las manos más veces, se dividieron las opiniones cuando Ponce pretendió seguir y también cuando, una estocada notable y toro arrastrado entre pitos, se fue hasta casi los medios para rendir reverencias y más reverencias. Después del minuto de silencio por Dámaso lo habían sacado a saludar para subrayar de nuevo su éxito del viernes, las dos orejas de un toro.

Más bronco que agresivo

El quinto fue toro de genio más bronco que agresivo, cobardón y violento, pegó tornillazos y gañafones sin cuento. Huido y escupido de los caballos de pica -la gente no aceptaba la única solución, la de saltarse las rayas el picador de turno-, esperó en banderillas y fue en la muleta el toro de peor nota y más peligro de la semana. Volvió grupas más de una vez y dos. Se llamaba ‘Caraseria’. Para apuntarse la reata.

La secuencia de esos tres toros y su circunstancia -tercero, cuarto y quinto- cambió el humor de la gente y, en cuanto el sexto claudicó de salida y después de picado, rompió un airado coro de palmas de tango. Abanto y corretón, el más estrecho de los seis, pero muy en el tipo original de Atanasio, ese toro iba a cambiar el signo de la cosa. Roca Rey acertó a sujetarlo antes de varas en los medios con lances de mano baja. La lidia a la defensiva de la gente de cuadrilla no ayudó y, sin embargo, el toro rompió a embestir enseguida.

En los medios, encajado y firme, muy seguro, precisos los toques de ligazón, Roca Rey se templó muy al aire del toro y, en cuanto pudo, acortó distancias. Asustó a la gente con los cambiados por la espalda intercalados o los circulares contrarios a pulso, convenció con un arrimón casi impecable y, sobre todo, respiró a gusto, descolgado de hombros, muy suficiente y dueño de la escena. Con él la gente. Y la banda: una afinada versión del Martín Agüero, música tan de Bilbao. Y, en corto y por derecho, una excelente estocada hasta el puño.

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