Concierto de Boney M. en Aste Nagusia 2017: Fiebre del sábado noche

Uno de los momentos del concierto./LUIS ÁNGEL GÓMEZ
Uno de los momentos del concierto. / LUIS ÁNGEL GÓMEZ

Sofisticada y efectiva verbena tropical y discotequera en una Pérgola llena, sudorosa, mixta y feliz con la franquicia actual de Boney M., el grupo caribeño que vendió más de 150 millones de discos desde Alemania

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El sábado, el octavo de los nueve días de Semana Grande, era el último de la oferta oficial de conciertos municipal. Había cuatro propuestas: los rastafaris buenrollistas catalano-alaveses Green Valley en el alejado Parque Europa; el pop de consumo de Kiko y Shara marcando el listón artístico más bajo de la triunfante explanada de Abandoibarra; los madrileños Freedonia con su vocalista vallecano-guineana Mayka Sitté cantando soul en la Plaza Nueva; y nuestra opción, la más transversal y coreable, lalalá: Boney M. en una Pérgola llena, cantarina y feliz de la vida.

Aprovechando el 40º aniversario de la fundación de la banda, en 1975, y aún a rebufo del lanzamiento del ambicioso disco recopilatorio ‘Diamonds’, vino a Bilbao una franquicia, una de las cambiantes formaciones de este exitoso producto de consumo discotequero. Por supuesto, sin su líder escénico: el difunto Bobby Farrell, muerto en un hotel San Petersburgo,Rusia, en 2010, a los 61 años, de un ataque cardíaco tras una actuación. Pero la empresa Boney M. puede seguir abierta y lo hace con un anónimo y efectivo aunque inofensivo sosías bailongo del hechicero original, nacido en Aruba y luego instalado como DJ en Alemania, más tres afro vocalistas femeninas: una original, la jamaicana Liz Mitchell, a la que acompañan Patricia Dick (en la alineación desde 2016) e Yvonne Michèle (desde 2012).

Escoltados por cuatro músicos uniformados de pulcro y sencillo blanco, los cuatro vocalistas y bailarines condujeron un show de 20 piezas (contando dos instrumentales) en 90 minutos exactos. La banda tenía pegada, aunque de fondo sonaba un tanto desordenada y simple (¿serían cuatro músicos alquilados provisionalmente?), y el show se mantuvo todo el rato por lo alto, con coreografías sencillas tipo pajaritos por aquí, coros chupados (‘hey ho uh ah’ uno de los más difíciles), los vistosos bailes del miembro masculino que parecía un hombre de goma, la comunicación con el público (una de ellas chapurreaba español), muchas tonadillas reconocibles e inolvidables, y bastante aire de villancicos.

A las 11:30 exactas, la hora anunciada, la gente se puso a silbar reclamando a los artistas. Tras un instrumental con guiños y palmas rasputinescas, salieron ellas tres ataviadas con abigarrados ropajes ‘animal print’ (cebra, leopardo…), y él elegante y espigado, de blanco y con un turbante, y atacaron el ‘Rasputín’, con el macho del lote cantando severo como Leonard Cohen. Siguieron el ecologista, pacifista y buenista ‘We Kill The World’ (‘Estamos matando al mundo’, se podría traducir), con su aire de góspel pachanguero, y lo unieron a ‘Don’t Kill The World’ (No matemos al mundo), más poderoso, guitarrero y roquero, en plan suite de Meat Loaf, con sermón del sultán («No dejéis morir a la Tierra») y la parroquia con las manos ondulando en alto igual que en la víspera en M-Clan.

Entonces saludaron: «Gabon, Bilbao, ¿cómo está?». «Caliente, caliente», respondió el sultán mientras se secaba el sudor con un pañuelo. Continuaron con un ‘Malaika’ melódico y turístico coreado por muchísima gente y que resonó a sudafricano vía Johnny Clegg & Savuka, y con ‘I See A Boat On The River’ y sus marimbas falsas, emuladas con el teclado (recordemos que los cuatro cantantes fundadores de Boney M provenían del Caribe: dos de Jamaica, una de Montserrat y él de Aruba). Esta pieza se soldó a una de las mejores de la noche: la roquera ‘Gotta Go Home’, con el sultán bailando cual resorte.

«Buenas noches, Bilbao. ¡Más fuerte! No te oigo. Tenemos más. ¿Quieres más?», insistieron, y roquearon con ‘Belfast’. «Somos muy contentos por esta aquí con ustedes esta noche», agradecieron, y aportó el sultán en inglés y castellano: «Quiero decir por Barcelona: ‘no tengo miedo’», y las tres chicas solas interpretaron el ‘Sunny’ con soul discotequero alegre y potente, con los violines imitados por los teclados.

«Mucho calor. Bailando, gozando, cantando», comentaron ellas sofocadas, y no añadieron el ardor de los focos, la condensación de la carpa, la temperatura de la velada, la fiebre del sábado noche… Y habló el sultán: «Sin mujeres no hay vida», y se marcaron un ‘No Woman No Cry’ de Bob Marley con primera parte a capella. «OK, ahora necesito ‘ayudo’. Es muy fácil», y sonó su éxito ‘Brown Girl In The Ring’, con sus lalalás y su aire de villancico tropical, con marimbas también. «¡Olé!» exclamaron al acabar.

‘Kalimba de luna’ fue la del estribillo «hey, ho, uh, ah», y nos sorprendieron con ‘Ritmo de la noche’ de los belgas Mystic (hum… ¿esta fue la canción que les oímos cantar de vacaciones en Brujas en 2015 a unos más elegantes Boney M.?), y el villancico evidente y fuera de temporada ‘Hooray Hooray It’s A Holi-Holiday’ se adornó con coreografías simples y televisivas. Presentaron a sus cuatro músicos («son muy buenos… y guapos») a ritmo de funk, y versionaron con corrección el infeccioso ‘Blurred Lines’ de Robin Thicke.

Acabó está y al mirar atrás se veían decenas de rostros sudados y brillantes de contentos, muchos de mujeres. ‘Ma Baker’ («ma-ma-ma-má») les quedó tan bien que se hicieron un selfie al acabarla con nosotros al fondo, luego hicieron un rock-blues tinaturnesco con lalalás y manos arriba a lo Enrique Iglesias (decía algo de «price to pay»), y se despidieron en falso con ‘Rivers Of Babylon’, con la gente cantando en inglés en esta sofisticada verbena tropical. Y la parroquia pidió bis, porque sabía que faltaba un tema: ‘Daddy Cool’, con el sultán bailando primero robótico luego ondulante, y ellas cantando y filmando con sus móviles, orgullosas del gentío entregado que tenías a sus pies. Muy bien Boney M.

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