Concierto de Amaral en Aste Nagusia: ¿La alegría de la fiesta?

Un momento de la actuación. / PEDRO URRESTI

Amaral, con sus letras de desistimiento, vulnerabilidad y autoindulgencia, aportaron el contraste textual a la Semana Grande en una explanada de Abandoibarra tan transversal como impenetrable por la humanidad compactada, apretadísima

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El domingo, segundo día de fiestas, la opción entre los conciertos municipales nocturnos parecía clara: Amaral en Abandoibarra. De hecho, lo debió de pensar así todo el mundo, pues la explanada se llenó hasta atorarse, estaban prietas las filas y brotaban conatos de discusiones entre recién llegados que trataban de atravesar los muros humanos formados por espectadores que habían llegado antes y no se movían ni un milímetro, defendiendo su sitio. Nosotros atendimos el show desde unos 150 metros, pero se oía bien y desde la cuestita en la que paramos oteábamos todo el escenario, aunque un árbol nos tapaba la pantalla lateral. Al poco de llegar pensamos en el día en que Malú, en 2014, llenó el mismo espacio sobrepasando todas las previsiones y se vivieron tantos momentos de pánico entre gente que entraba y gente que huía, con desmayos y miedo por los niños. No obstante, el domingo no llegó la sangre al río.

Esa noche descartamos del programa oficial el tradicional concierto reggae amenizado por Don Carlos, ex Black Uhuru, que seguro llenó la Plaza Nueva, y el entretenimiento nostálgico de La Pérgola nominado Fórmula 70/80 y suministrado por Guillermo Garmendia, ex Los Mitos, grupo pionero del rock en Bilbao. Así que acudimos a Amaral (Zaragoza, 1992), que ofrecieron un macroconcierto con ambientación y escenario luminoso apto para reinar en la noche del Festival Bilbao BBK Live.

Ah, hubo un prólogo inesperado donde se profirió contumazmente eso que ha prohibido la RAE de ‘todos y todas’, y ‘vosotros y vosotras’, a cargo de tres personas: el televisivo Joseba Solozabal, que informó de que Amaral no acostumbran a ofrecer conciertos al aire libre (con entrada libre, se refería), que sólo había hecho esta temporada dos excepciones, en Bilbao y Madrid, y que el concierto era «en apoyo del colectivo LGTB»), y presentó a la concejala de la cosa en Bilbao, que no abrió la boca, y al alcalde Aburto que, como dijo un señor anónimo a nuestra espalda, nos soltó ‘un mitin’, preconizando que Bilbao es una ciudad abierta y deseó unas fiestas sin homofobia y sin agresiones sexuales.

Antes, según accedíamos a Abandoibarra por la pasarela de la Universidad de Deusto, se veía la marea humana y se sabía que sería misión imposible acceder a las primeras filas. Y esta vez sí detectamos policía protegiéndonos en plena alerta terrorista 4: un municipal que hablaba por teléfono móvil con la cabeza gacha y con un elemento muy disuasorio: un pañuelo azul de Aste Nagusia, como si fuera la roja capa de Superman. Y así, con la masa apretada y sin posibilidad de moverse, discurrió un macroconcierto de 22 canciones en 117 minutos abiertos con la intro del ‘All Tomorrow’s Parties’ de la Velvet Underground y cerrado con la outro celestial del ‘Moon River’.

Todo lo del medio cursó de modo satisfactorio, un tanto lineal aunque levemente ascendente, con trallazos diseminados y con Eva Amaral, elegantísima con su vestido vaporoso y estilizado (escote abisal, espalda desnuda…), bailando y agitándose cada vez más. Ella, Eva, ejerció de lideresa absoluta, a veces se le escapaba la primera persona del singular al hablarnos (yo, yo, yo en vez de nosotros), y el miembro masculino del dúo, Juan Aguirre, no se manifestó más que en una ocasión: para decirnos ‘eskerrik asko’ al salir en el segundo y definitivo bis. Amaral oficiaron en quinteto, sonaron muy bien (a 150 metros se notaba todo), y al espectáculo grandioso le ayudaban las imágenes de los vídeos y las luces del tablado.

Tras el mitin, rematado por Solozabal con un exagerado «tenemos las mejores fiestas del mundo» (bueno, porque no habrá estado en las de Gante, Bélgica, modelo que habría que copiar e importar), Amaral abrieron con la luna y el faro en el fondo del tablado mientras interpretaban ‘Unas veces se gana, unas veces se pierde’, con coros ululantes a lo Arcade Fire y frases idiosincrásicos del pelo de «el pánico al fracaso me detiene». El indie folk ambicioso y comunitario se percibió en ‘Revolución’, y más transicionales parecieron en ‘Kamikaze’, con su estribillo de «y dime siiii…», coreado por la gente y demostrativo de su capacidad para llegar a la masa con la directa sencillez de su pop.

Y antes de la cuarta canción nos habló Eva: «Eskerrik asko. Muchísimas gracias, Bilbao. Somos Amaral y estamos muy orgullosos y felices de estar aquí, en esta plaza maravillosa, al lado del Guggenheim, que es uno de los pocos sitios en los que no habíamos tocado en esta ciudad. Es un sueño cumplido». Y entonó ‘Salir corriendo’, otro ejemplo de sentimentalismo vulnerable, de emotividad en el fondo inmadura, de una tristura interior que contrasta con la alegría a veces forzada que se vive en fiestas.

Luego cayó el tema de indie astral que titula a su último disco y gira, ‘Nocturnal’ (2015), un tour que ya pasó por Miribilla de pago y atrayendo a bastante menos gente, y una bola de discoteca apareció en pantalla en ‘Lo que nos mantiene unidos’ («cada vez más indefensos, cada vez más secos»; jo, Amaral eran la alegría de la fiesta, digamos con ironía). La tanda formada por el folk épico de ‘Cuando sube la marea’, el tono fronterizo, español, andalusí de ‘Días de verano’ (muy coreado por la gente, en plan Las Grecas, con una espectadora a mi vera cantándola a alguien por el móvil), ‘El universo sobre mí’ (con Eva soplando la armónica) y ‘500 vidas’ (con ella bailando y moviendo mucho los brazos desnudos) les quedó bastante bien, y es que el concierto iba ascendiendo subrepticiamente.

En ‘Estrella de mar’ pensamos que las visuales de esta gira son mucho mejores que los dibujos de la anterior (‘Hacia lo salvaje’, 2011) y en la misma pieza fueron apareciendo pasajes de dance y trance bailongos. La gente charlaba en corrillos y no pudimos entender lo que dijo Eva al presentar el folk pop ‘La niebla’, pero sí cuando a la siguiente espetó la lideresa: «ahora os necesitamos, necesitamos muchas voces», y cantó ‘Moriría por vos’, con el público apareciendo en la pantalla del escenario. La acabó y halagó Amaral: «Nos dejáis sin palabras, de verdad, muchísimas gracias. No sabemos ni cómo hablar», y enlazó con su canción ‘Cómo hablar’, uno de los mejores momentos de la velada, otro buen retrato de la cotidianidad firmado por Amaral, una canción realzada por muchos coros de la peña.

Esta pieza abrió el mejor pasaje del concierto, estirado con ‘Hoy es el principio del final’ («Y si pudiera congelar el tiempo y volverme cenizas / Y deshacerme cuando sople el viento») y otro culmen que fue el pop generacional ‘Marta, Sebas, Guille y los demás’ (la de «son mis amigos»). Acabaron con la épica ecológica de ‘Hacia lo salvaje’, con epílogo post-funk bailongo, y la primera de los bises fue ‘Llévame muy lejos’ («de este país sin corazón», con el público ondeando los brazos en alto), y la segunda una celebérrima muy celebrada y coreada por el respetable, y contenida y sentida por Eva: ‘Sin ti no soy nada’ (el cénit de su vulnerabilidad, el hit que les hizo famosísimos y les permitió romper el techo de cristal), momento previo al segundo bis con la trágica ‘Nadie nos recordará’. Hum… seguro que a Amaral les recordará mucha gente. Y ese concierto junto al Guggenheim, también.

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