«Es matar moscas a cañonazos. No tiene sentido y, además, resultaría tremendamente incómodo porque supondría que tienes que acarrear todo el día con él. Cuando vas en bici y cuando no. Lo único que van a conseguir es que desandemos el camino andado y que la gente acabe aparcando la bici». La rotunda valoración sale por boca de Paco Camacho, un vitoriano cincuentón que cada día, desde hace unos cinco años, cubre unos dos kilómetros a pedaladas para acudir de su casa al trabajo.
Aunque admite que la posibilidad de que el casco se convierta en un requisito obligatorio para subirse al sillín no le hará bajarse de él, apuesta a que «muchos lo harán». Y no es el único. La medida, introducida en el borrador del Reglamento General de Circulación presentado por la Dirección General de Tráfico para su discusión en la esfera política nacional, ha levantado una polvareda. El propio Ayuntamiento de Vitoria, al igual que otros consistorios, prepara ya alegaciones a la nueva normativa.
Sandra Maiztegi, quien se mueve por Vitoria feliz desde que decidió hacerlo a una media de 15 kilómetros por hora, acaba de regresar de visitar a unos amigos a Holanda, el paradigma de las dos ruedas. «Como sabe todo el mundo, allí la mayor parte de la población se desplaza en bicicleta desde hace décadas. Está bien regulado y el uso del casco es voluntario. ¿Por qué no nos fijamos en lo que hacen los que más saben en lugar de improvisar?», se pregunta enojada.
«Ejemplar» Vitoria
Desde Gasteiz Bizikleteroak recuerdan que el experimento fracasó de manera estrepitosa en Australia, donde la obligatoriedad se saldó con un 40% de abandono de la bicicleta como medio habitual de transporte y una reducción de sólo un 1% en los accidentes. «Se quieren curar en salud porque la mayoría de la ciudades no está preparadas para el uso masivo de bicicletas. Sin embargo, Vitoria ya va muy avanzada en ese aspecto. El calmado del tráfico que se está realizando en algunas calles es la mejor labor de prevención en materia de accidentes», asegura Rubén Rodríguez.



