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Las nuevas torturas chinas

Salen a la luz los brutales métodos que los esbirros de Bo Xilai, el político del Partido Comunista caído en desgracia, utilizaban en los interrogatorios

22.12.12 - 02:14 -
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El pato que flota. Podría ser el nombre de la última creación culinaria china, pero se trata de una postura más bien incómoda. Maniatado, quien está obligado a sufrirla es colgado de los barrotes de una ventana, de forma que los dedos de sus pies rocen el suelo pero no le permitan apoyarse. Así ha de permanecer días en los que es privado de sueño. Su único descanso llega cuando cae desmayado, y, poco a poco, las cadenas van rasgándole la piel y la voluntad.
Desde tiempos inmemoriales, la tortura china ha sido sinónimo de brutalidad infinita. Y parece que en el siglo XXI nada ha cambiado, porque el descrito anteriormente es solo uno de los métodos de interrogatorio, quizás el menos terrorífico, del decálogo que utilizaban en 'cárceles negras' y centros ilegales de detención los esbirros de Bo Xilai, ex secretario general del Partido Comunista de China en Chongqing y protagonista del mayor escándalo político del país tras la masacre de Tiananmen.
Varios medios de comunicación se han hecho eco estos días de las maneras en las que Bo llevó a cabo su particular cruzada contra el crimen organizado. La comenzó en 2007, se saldó con el arresto de miles de personas, y le proporcionó el mayor apoyo popular de cualquier líder local chino. Claro que la población no conocía cómo Bo y su jefe de Policía, Wang Lijung, conseguían las confesiones que luego se traducían en decenas de sentencias condenatorias. Y nadie sabía que en realidad, Bo y su mujer, Gu Kailai -condenada a pena de muerte suspendida-, eran los más mafiosos de toda la ciudad.
Daños irreversibles
Según el periódico de Hong Kong 'South China Morning Post', entre los detenidos se encuentran hombres de negocios como Li Qiang, que fue forzado a permanecer sentado durante 76 días en 'la silla del tigre', un rudimentario mueble de madera al que estaba encadenado de pies y manos. Durante la mayor parte del tiempo, una bolsa le cubría la cabeza, y los primeros cinco días no recibió alimento alguno ni se le permitió ir al baño. Li Qiang terminó firmando un documento en el que aseguraba haber recibido sobornos, pero su pesadilla no acabó cuando lo soltaron: continúa sufriendo daños irreversibles en la columna.
La investigación ha ido más allá, y ha descubierto que los casos no solo se cerraban con confesiones obtenidas ilegalmente, sino que también se fabricaban documentos incriminatorios y se negaban a los acusados los derechos fundamentales, recogidos en la legislación china. Ahora, muchos se preguntan si estas torturas eran exclusivas de un político que fue demasiado lejos, o si por el contrario, resultan habituales en todo el país.
La mayoría de la gente se decanta por la segunda opción. No en vano, a pesar de la censura, ayer circulaba por el ciberespacio una espeluznante viñeta que recrea el decálogo del horror de Bo Xilai. «Luego nuestro gobierno se atreve a señalar a Guantánamo», denunciaba un usuario de Weibo, el Twitter chino. «Posturas como el 'cordero asado' -en la que se obliga al detenido a 'abrazar' un tubo con brazos y piernas- son completamente inhumanas, propias de la China de antiguas dinastías», replicaba otro.
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