Qué presión de vida, me siento observado desde que nací! Primero fueron mis padres, que me observaban constantemente para que los peligros acechantes no hicieran mella en mi desarrollo. Luego los profesores de los colegios e institutos por los que desfilé; ellos me vigilaban para que mi conducta fuese, en todo momento, encauzada por el sendero de la gloria que yo esquivaba con arte y empeño. Paralelamente a las vigilancias de mis tutores, los familiares y los impuestos por el sistema educativo, siempre estaba Dios, que todo lo ve y todo lo sabe desde su omnipresencia y ayudado por su corte de ángeles y seres de luz que me enfocaban para que no cayera en manos del mal. Por si no fuera poca la vigilancia que uno soportaba, la cuadrilla de amigos ejercía su presión en todo momento; había que dar explicaciones de todos los movimientos que uno hiciera, sobre todo si se trataba de acercamientos al sexo contrario. Al mismo tiempo que ocurría todo esto, el sistema sanitario lleva un control de mi evolución como probable enfermo; no faltan las revisiones periódicas y las recomendaciones para pasar los controles de calidad de un cuerpo que se deteriora desde que nacemos. A los dentistas ni los menciono, pero ahí están también. Vigilancia rigurosa de los vecinos desde los visillos y los patios; de los conocidos de vista que conocen a algunos de tus familiares o amigos; vigilancia de los radares de tráfico; de los amigos de Facebook y de Twitter, a ver mis contactos, mis amigos, mis referencias; mucho satélite apuntando al tejado de mi casa; mucha vigilancia de mi banco, que en cuanto aprecia un leve incremento de mis ganancias, me ofrece, siempre por mi bien, un producto diseñado expresamente para mí; vigilancia de las compañías de teléfonos que me llaman cuando notan que me van a perder como cliente; vigilancia de mis audiencias; de mis pertenencias; demasiada vigilancia soportamos toda la vida como para que tengamos que aguantar a la agencia de calificación Moody's. Hala, a cascarla por ahí. Pasen buen día.