China seduce al mundo, y ayer no pudo escoger mejor fecha para lanzar su última ofensiva amorosa internacional. Claro que ahora, con las potencias occidentales sumidas en su enésima crisis, es el gigante asiático el que se hace de rogar a pesar de las 'flores' que recibe. El vicepresidente y próximo líder supremo, Xi Jinping, certificó en Washington su poder y el cambio de orden mundial con el encuentro que mantuvo con Barack Obama. Pero en la capital norteamericana no hubo muchos arrumacos porque ambos gigantes mantienen un tempestuoso matrimonio de conveniencia y su relación es ya de iguales.
En Pekín, sin embargo, la Unión Europea sí que trató de conquistar al primer ministro chino, Wen Jiabao, con sus mejores galas: los presidentes del Consejo de Europa, Herman Van Rompuy, y de la Comisión Europea, José Manuel Barroso. En la capital china celebraron la decimocuarta cumbre China-UE, pospuesta en octubre por los achaques de la Unión, con el objetivo de estrechar lazos «para dar solución a los problemas comunes y ahondar en la cooperación estratégica, que entra en una importante etapa de su desarrollo».
Pero detrás de las neutras palabras del comunicado redactado por ambas partes está la nada velada necesidad europea de que China adquiera deuda del Viejo Continente. Para ello, Bruselas está dispuesta a reconocer el estatus de 'economía de mercado' al país comunista. Pero aunque en las arcas chinas se guardan casi 3,5 billones de euros en reservas de divisas, Wen de dinero no habla. «Necesitamos trabajar juntos para enviar un mensaje positivo y conseguir así contribuciones que promuevan la unidad de ambas partes, y también la del mundo», dijo.
Van Rompuy trató de arrancar algo más al anfitrión advirtiendo que «las dos economías son tan interdependientes que el cambio en el crecimiento de una tiene un impacto directo y palpable en la otra». Los datos le avalan: la caída en las exportaciones chinas a la UE están dañando gravemente el tejido empresarial de zonas manufactureras como las provincias de Guangdong y Zhejiang. Pero ni por esas. «China está dispuesta a participar más activamente en la solución de los problemas europeos», concedió Wen sin decir cómo. A primeros de mes, no obstante, el primer ministro avanzo que su país podría apoyar al FMI y participar en fondos de rescate. Nada más.
Lou Jiwei, director del fondo soberano chino CIC, que maneja 410.000 millones de dólares, ya anunció la pasada semana que China invertirá en Europa, pero en empresas y en propiedades, no en bonos de los Estados. El aliento del Gran Dragón ya se siente en el sector industrial, donde abundan ahora las gangas. Porque la UE está de rebajas. «Las grandes oportunidades pueden encontrarse en la construcción de infraestructuras y en proyectos industriales, que ayudarían a la recuperación económica», apuntó Lou.
«En cuanto a la deuda, incluidos los bonos del Tesoro de Italia y España, solo los bancos centrales pueden decidir comprar», añadió después de reconocer que la canciller Merkel había pedido en su pasada visita a China que fondos como el suyo ayudasen a dar esquinazo a la crisis. Pero, de momento, CIC solo se ha rascado el bolsillo para adquirir acciones de Thames Water, la compañía que provee de agua a Londres. Así que Europa tendrá que barrer la casa por su cuenta.