Cierto. La buena praxis dicta que las sensaciones inmediatas deben dejarse al margen pero, al diablo con ella, aquí y ahora tengo que confesarles que 'Declaración de guerra' me ha emocionado. No sólo por su sinceridad y elegancia plástica, sino también por su raquítica cuota de sensiblería y el excepcional punto de vista desde el que Valérie Donzelli desvela la autobiografía diferida de su relación con Jérémie Elkaïm, coguionista, protagonista y padre del niño por el que ambos le declararon la guerra al cáncer.
Conocedora plena de la tradición cinematográfica francesa -y de los sabores que más afectan al paladar del público de clase media-, Donzelli aborda su segundo largometraje con la clara intención de intervenir en la memoria (pasada o futura) del espectador tomando como referencia a Truffaut, Demy y Godard, aunque su feminización de la mirada autoral de aquellos, y una exquisita dosis de sensibilidad propia, la coloquen en un terreno que no es tanto el de los homenajes como el de la pacífica y armoniosa integración del legado de sus maestros en un discurso de su propia cosecha. En 'Declaración de guerra' todo son celebraciones, incluso los tramos menos amables, porque Donzelli exalta con admiración cinéfila pasajes que son identificables por cualquier espectador.
Mal acostumbrados a la dramaturgia del cinema de hospitales con olor a salas de quimioterapia, la radical interpretación (cuasi en off) del melodrama metastático por la que apuesta la obra de Donzelli nos obliga a desarmarnos de prejuicios antes de ubicarla bajo el epígrafe de un nuevo cine francés -abanderado por Arnaud Desplechin- en el que la directora está llamada a brillar con luz propia. Exuberante en el plano emotivo y soberbia en la interacción entre el texto y los recursos audiovisuales, 'Declaración de guerra' es una declaración de amor al cine en la que suena una melodía que nos transporta hasta los escenarios de 'Las señoritas de Rochefort' y 'Une femme est une femme'.