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La furia de Arantxa

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La furia de Arantxa

Habla con más cariño de sus perros y sus peluches que de sus padres. La tenista golpea en su biografía

09.02.12 - 02:04 -
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Arantxa Sánchez Vicario guarda más cariño a un muñeco de su infancia que a sus propios padres y hermanos: «Él fue el único testigo de mis muchas lágrimas vertidas día tras día». Un conejo de peluche, una imitación de Bugs Bunny, que se convirtió en el fiel compañero de la niña Arantxa. Tenía 13 años cuando sus padres la 'abandonaron' en la escuela Klaus Hofsäss de Marbella, un centro de alto rendimiento deportivo en el que entrenaban figuras del tenis mundial como Boris Becker o Steffi Graf. Así se sintió ella entonces y así se siente hoy en las páginas de 'Arantxa, ¡Vamos', el libro autobiográfico en el que la tenista golpea a su familia con la misma furia con la que devolvía las bolas en las pistas del circuito mundial. Allí, en la Klaus Hofsäss, un Babel en el que todo el mundo hablaba un ininteligible alemán, en el que había que levantarse cuando aún no había amanecido y acostarse a las seis de la tarde, las noches empezaban para Arantxa «con la almohada mojada por las lágrimas... Me dormía abrazada a él (su peluche, el mismo que hoy conserva su hija), buscando cierta protección y, sobre todo, consuelo».
La tenista pone en el punto de mira a sus progenitores, a los que acusa de expoliarle los 45 millones de euros ganados a lo largo de su carrera; pero no es el único combate que se libra en las páginas de '¡Vamos!' (y que la autora 'amenaza' con prolongar en un blog). Hay en él muchos reproches a toda la familia, la misma que no le apoyó ni en su retirada en 2002. Habla de falta de cariño, de 'abandono', de una niñez convertida en un camino de espinas hacia la cima del éxito... Sus padres apenas se acercaban a verla a Marbella. «Algún fin de semana. Solo en contadas ocasiones». El cocinero de la escuela, el único que hablaba castellano, se convirtió en el otro pañuelo de lágrimas de la niña prodigio del tenis español. Arantxa hasta le robó la moto en varias ocasiones para huir de su 'cárcel dorada' y poder visitar a unos amigos de sus padres con un hijo de su edad. Aunque, al echar la vista atrás, Arantxa también es justa: «Fue duro, sí. Muy duro. Pero valió la pena. Tal vez sin aquello nunca hubiera sido la que soy».
Lo más 'tierno' que Arantxa le dice a su madre Marisa en el libro es que «desempeñaba eficientemente» su papel de madre. «Para ella la disciplina y la victoria pasaban por delante de cualquier otra consideración, cuando tal vez lo que yo precisaba era cariño». A su padre Emilio, hoy enfermo de cáncer y alzheimer, le acusa del «expolio» de su fortuna, de inmiscuirse en sus entrenamientos, de ser el responsable del desfile de preparadores que pasaron por su carrera y de ejercer junto a Marisa de «cancerbero» y controlador «implacable y obsesivo» de su vida y trayectoria. Sus hermanos tampoco se libran. Arantxa confiesa su decepción con Emilio, al principio su ídolo, el hermano al que «siendo una niña miraba con embeleso» y convertido al final en un títere más de la familia de la que ahora reniega. Y a Javier, sencillamente casi lo ignora, que dicen que es el mayor de los desprecios. Lo cita apenas para lamentar que hoy tiene mucho más dinero que ella, a pesar de que en su carrera «ha ganado muchísimo menos que yo». Revés, volea y 'smash', uno detrás de otro.
Su amado Pep
El discurso de Arantxa no se suaviza ni con su confesada religiosidad, de misa todos los domingos. Solo se endulza al recordar a Elvira Vázquez, la directora de Pastas La Familia (la marca suena hoy casi a sorna...), la firma que patrocinó a los hermanos Sánchez Vicario, que impulsó su carrera y se convirtió en «una segunda madre» para la pequeña de la casa, bautizada como Aránzazu Isabel María y reducida a Arantxa en honor a sus padrinos vascos.
La tenista catalana también sube con fuerza a la red para golpear a la Federación de Tenis y al Comité Olímpico. A la primera por su «apatía y falta de interés» hacia el tenis femenino y por no recoger lo sembrado por ella y Conchita Martínez. Al segundo, por no permitirle cumplir su sueño de ser abanderada olímpica, «una decisión que está en manos de unos pocos, que suelen tener diversas motivaciones políticas».
Incluso a sus perros les dedica Arantxa un recuerdo más cariñoso que a sus padres. O a su lagarto Lucas, un reptil que se convirtió en su mascota tras colarse en su habitación, en Senegal, durante un viaje con la ONG Fundación Sos. Aún reprocha a sus progenitores que no la dejaran tener perros. Y habla con pasión del yorkshire 'Roland', del samoyedo 'Garros' o de los chihuahuas 'Tina', 'Max' y 'Lucky'.
Arantxa se reserva sus mejores golpes para defender a Pep Santacana, su marido y el padre de sus dos hijos: «El hombre de mi vida». Le dedica todo un capítulo, en el que también desvela que lleva tatuada una P (de Pep) en su cuerpo y él, una A de Arantxa. El hombre de la discordia para muchos en esta historia. Sus detractores le acusan de estar con ella por dinero, de buscar en Arantxa la salida a sus agobios financieros y de ser el responsable del último empujón a la tenista para emprender esta guerra familiar. «Mucho se ha mentido de él», escribe su esposa. Luego asesta otro 'drive' a su familia por no aceptarle, «como nunca hicieron desde mis primeros romances adolescentes, porque nunca escogía a la persona adecuada»; subraya que conoció los problemas económicos de boca del propio Pep y que para escribir el libro «nadie me ha manipulado».
«Rozado el desprecio»
'De la sorpresa a la decepción' es el capítulo final del libro. El arreón definitivo. Donde la tenista reserva los raquetazos más severos contra los suyos. «Me han hecho sufrir mucho más de lo que nadie puede imaginarse»; «han gobernado mi destino»; «su comportamiento ha rozado el desprecio»... Arantxa lanza bolas envenenadas contra sus padres, acusándoles de dilapidar su fortuna de 17 años de carrera, de comprar pisos o hacer inversiones en su nombre y a sus espaldas, de engañarla para fijar su residencia en Andorra y enfangarla así en un fraude de tres millones a Hacienda. No deja ni una bola en campo propio. Se ajusta la muñequera. Y anuncia un 'tie-break' largo y penoso: «Una vez más me toca luchar con todas mis fuerzas; antes era con la ilusión de ganar un partido; ahora es por defender lo que me pertenece».
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