María Candelas Lorenzo San Miguel, hermana de Victoria y Francisco, al que todos conocen por su dilatada trayectoria al frente del Haro Deportivo bajo el sobrenombre ya histórico de Pacopín; madre de cuatro hijos y dos gemelas que sucumbieron a la elevada tasa de mortalidad infantil que sufrió este país siglos atrás (Vega, Encarni, Carmen y Néstor que se atrevió a vestirse de negro y pasearse de 'refere' por los campos de fútbol de la región durante años); abuela de diez nietos y bisabuela de 14 bisnietos que completan, por ahora el árbol genealógico de su extensa rama.
En términos estrictamente vegetativos, de implantación generacional, ése es el bagaje de la jarrera que acaba de incorporarse a la reducida relación de vecinos centenarios.
En el campo vital, de vida y fuerza, es el resumen risueño, coqueto, pícaro y brillante, de una vida marcada por la necesidad y, en justa correspondencia, la capacidad de superación de una mujer que se vio obligada de chica, con apenas ocho inviernos a cuestas, a trabajar de alpargatera junto a su madre cuando en esta ahora ciudad y hace siglos villa, a este gremio se les escribían coplillas, antes de decidirse por cuidar de la criatura de una vecina para que ocupara su plaza con el punzón, la aguja y el esparto, una trilogía que, reconoce sin complejos, nunca llegó a convencerla en exceso.
Tampoco tener que buscarse las habichuelas como buenamente podía durante la postguerra que hubo en este país y en la que tiró para adelante gracias al estraperlo, ese recurso de supervivencia que la llevó, después de haber servido en una docena de casas, lavar ropa cargando hasta los lavaderos de piedra con un canastón más grande que ella, y servir comidas en el Bar Pío a los diez años, a tomar el tren del Bobadilla un día sí y otro también para comprar pan en Baños y Castañares y colocarlo en Haro, Bilbao y Vitoria, saltando en ocasiones del vagón en marcha para evitar que los inspectores le quitasen los sacos de pan blanco en los que invertía más de la mitad de los escasos beneficios que obtenía.
Es cierto, reconoce a los suyos con una frescura mental que envidia el personal, que con ello salió adelante sin más y tuvo la satisfacción personal de ver cómo por su casa pasaban «muchos vecinos que siempre se llevaron un mendrugo» con que engañar al hambre. Y que hasta dispuso de puesto de fruta en el Mercado de Abastos que se convirtió en joya arquitectónica y acabó demolida allá en los setenta. Y que vive con su hijo Néstor y estos días anda como chiquillo con zapatos nuevos por cumplir los cien como si tal cosa aunque le dé «pena» no poder salir a la calle al vivir en las escalerillas de Santa Lucía, sin ascensor que la lleve a tierra. Pero más que este domingo sentó a los suyos y se sintió como nunca.